septiembre 26, 2013

Depuración del amor / Braulio Arenas

 
 
 
El sueño cumple una especie de circuito en el amor. Cualquier objeto, la muerte, la fiebre, los ritos en los claros de bosque, le da su fulgor preciso, su mampara batiente, por la que entran y salen los objetos y las apariencias de los objetos. Nosotros sabemos qué luna inmensa absorbe celosamente sus elementos y durante la noche entra en actividad el cerebro-estómago que suelta a la realidad sus larvas luminosas. Estas pequeñas larvas a la orilla del mar se desarrollan como merced a la temperatura de la fiebre. Pequeños ojos nadan dentro de la materia luminosa donde es frecuente (gracias a la oscuridad) que choquen entre ellos. Estos pequeños ojos nadan dentro de un gran ojo, metal sin propiedades descubiertas aun, metal de saturno, de Neptuno, de Mercurio, De Júpiter, como en la oscuridad de la isla de los cíclopes se ve una lámpara-minera inspeccionando su terreno. Este ojo minero recién sube de las entrañas submarinas de la tierra y apenas lo ve, una estrella carnívora desciende a toda prisa, se aferra sin soltarlo. El hombre lucha en pleno sueño, se sacude de su poder con todas sus fuerzas pero sin lograr desprender de sus párpados a ese animal feroz y centelleante, el ave de la muerte armada de sus propios cantos, mientras su voz (una garganta invisible hace dilatarse el mundo para contener sus gritos y sus ecos) mientras una voz se escucha a la que el responde: nadie me ha herido.
nadie inspecciona en el sueño.
Se balancea mientras su ojo despedazado por la estrella que lo ha sacado de su órbita a picotazos, cuelga desde su nuca, como la coleta de un mandarín chino.
 
 

septiembre 22, 2013

Poema de las manos muertas / Mahfud Massis

 
 
 
Toma mi mano, este hueso que estará un día podrido.
Apriétala, ponla sobre tu corazón mientras dura la noche.
Con ella escribo esta estrofa muerta, reviento una mariposa cada mañana.
Con ella te digo adiós, pájaro viejo.
Mira mis manos. Sólo así comprenderás mi tristeza.
Si te rompieran el corazón, si te comieran el cerebro, tendrías estas mismas manos
coronadas de aire invisible, de pámpanos muertos. Con ellas beberías
la sopa enlutada del invierno, rodeado de escarabajos y de hijos.
Perro nuestro que estás en los cielos, ¡defiéndeme estas manos !
Que no se cubran de gusanos sino en la hora
en que los hurones levantan sus patas al tardecer, otras
manos escriban : “fue un extraño salvaje en la tierra”.
Encontrarás mi mano sobre el velador alguna noche,
rodeada de carbón, incapaz de abrazar tu cintura,
agarrando la sombra, el tabaco
del cigarro funeral en el viento.
En mi rostro -despiadado y distante -
hallarás sólo una pagoda de hueso, el resto
de una verdad enterrada.