octubre 18, 2013

Tres poemas de Oscar Hahn.




Fuego fatuo

Es el instante de morir.
Ahora,
cuando la noche desmadeja
constelado
rocío de silencio;
cuando se me acurruca el esqueleto
al fondo de la médula,
hecho un feto fosforescente
y asustado, E
es el instante de morir:
de morirse tan profundamente,
como si caravanas de cirios
agonizantes
pudieran aparecer en los ojos
y cantar:
"Es la luz, es la luz, es la única luz".
 
 
Esta rosa negra
 
Esta muerte,
esta rosa negra,
llenándome de párpados el cuerpo
porque se cierra como un caracol,
¿Es el luminoso signo de un mañana invisible?
¿Es la señal del alma
apagada
por el bostezo de la muerte?

Porque la muerte tiene lengua
de camaleón,
para cazarnos como a insectos
en vuelo.

Pero a mis palabras les crecerán
alas intemporales;
a los besos desbocados
que coloqué
en unos labios dulces,
les brotarán cascos para cabalgar
más allá del exterminio.
Alguien guardará mis sollozos
en un cofre del oído.

Esta muerte,
esta rosa negra:
a mí te debes;
y agradéceme,
que cuando yo comience a morir,
tú estarás naciendo.

 

El cuerpo le pregunta al ama.

¿Te acordarás de mí cuando me muera?
¿Recordarás la cara que tenías
cuando habitabas en mi carne y yo era
morada de tus noches y tus días?

Liberada del tiempo y del espacio
¿en qué momento me echarás de menos?
¿y en que lugar recordarás despacio
al amor con su miel y sus venenos?

Alma que te disuelves en el todo
cuando perdida en lo incommesurable
sueñes conmigo y yo seré ceniza

Extrañarás mi corazón de lodo
y anhelarás impúdica y sumiza
ser otra vez materia deleznable