diciembre 16, 2014

Selección de poemas de Armando Roa Vial.




Ejercicio de Astronomía. Relectura de W.C. Williams.

Y digo noche
sin saber
como deletrear a las estrellas
(locuciones ateridas, negociando una palabra
en manos de la oscuridad)
sobre el yerto firmamento del poema.
El resuello sofocante de la almohada
muda de rostro
y zarpa: el corazón es un estibador de soledades
sobre la proa de un cuerpo
que no puede bañarse dos veces
ni en el mismo sueño ni en la misma noche.



Memoria. Relectura de Albert Camus.

Memoria, mujer inconstante,
no te asomes al olvido suplicando una plegaria.
Tus horas galopan
junto al río
entre abandonados brezales.
y aunque "el pensamiento de un hombre
sea ante todo su nostalgia"
ya no puedes abrevar
tus recuerdos en la orilla:
agua que no has de beber
déjala correr.



Alcantarillados. Relectura de Celine.

Lascivos alcantarillados
para corazones en desague:
la solidez de los buenos sentimientos
empozada en arsenales de retórica en descomposición
para acuñar falsas monedas
por los traficantes del amor.
Y entonces el maquillaje comienza a apestar.



Arenales. Relectura de Jack Kerouac.

Días, telegramas sombríos,
desfiladeros al deterioro
en los arenales de la vejez.
Desde las escolleras de los recuerdos
se agolpan como retoños difuntos
y saplican sus arrugas
en soledades madrugadas con antelación
y que miran de reojo al desencanto
en la linde fronteriza de la vida,
cuando el porvenir ampolla
el pies desclazo de la ilusión
sin nada más por testimoniar,
sin nada más por aguardar.



Pajarístico. Relectura de Juan Luis Martínez.

El peso humano
de los pájaros
los hace hablar en español,
no en pajarístico.
La persuación de la palabra
los hace cambiar de ciudadanía
para remonatr cielos más altos.
Entiéndase bien:
al lenguaje, con vuelo firme y veloz
también le brotan alas.



Sótano.

De tanto jugar con el lenguaje
olvidé cerrar la puerta de la palabra sótano
y la noche se desbarrancó escaleras abajo
entre paredes que se ajaban en silencio
y estertores de relojes
y baúles polvorientos
y un vago tumulto de pensamientos muertos.
Todo se volvió subterráneo
hasta perder sus raíces en medio de la oscuridad.
Y entonces sentí que algo se despeñaba
en la profundidad devoradora de mi boca
hasta convertirse en forma sombría,
en opresión de tierra
y en proximidad de huesos.

Tres poemas de Jonathan Ramos





Yo

Yo vine a este mundo de convicto,
cesárea y conflicto al despertar,
crecí unigénito y malcriado
deje de lado la mediocridad,
navegue en mi mundo de acuarelas,
no buscaba escuelas para caminar,
Llego tarde al punto de partida,
y en la ida tardo un poco más,
aprendí a convivir conmigo mismo
y hay un abismo con mi integridad,
autenticidad desde pequeño
y en mi sueños originalidad,
música, filosofía y poemas
y un teorema por descabezar,
la idea del viejo sistema
de buscar en otros la felicidad.....
El fabricante no me hizo de mitad
y es verdad que no se como encajar,
a mujeres siempre tan normales
y mis modales de sinceridad......
El menú no propone dietas nuevas
solo pruebas con dificultad,
el porvenir sonríe con muecas macabras
y con amenazas esta soledad.

Un pequeño diablo me entretiene
y me tiene de soldado universal
a conversar con mi "si mismo"
donde él mismo sabe dominar,
tomo decisiones de sorpresa
y mi cabeza no entiende la señal
mi voluntad tiene vida propia
y se copia de la tempestad.

cuatro y ocho versos
y este cuento no tiene final
sólo una herida moribunda
que fecunda mi caducidad.
 


Tu cuerpo mi país

Caminando por tus faldas,
llego siempre al sur de Italia
gritando con tu garganta
de viaje por Nueva España,
Subiendo tus cordilleras,
recorro el mundo entero,
saltando por tus veredas,
naufrago porque te quiero,

No hay lugar que no conozca
al introducirme en tu hermosura,
Ni Armenia Ni Verona,
están ausentes de tu figura....

Buceando por tus ojitos
descubro los Himalayas,
detrás de tu bretel,
hasta el Tíbet se desmaya,
No hay cueva ni cantero
que en ti no pueda encontrar
ni Ushuaia ni Varadero
de ti se van a ocultar.

No hay norte en mi país
mi cielo es tu tanga roja
mi sede esta en Paris
mi pueblo el sur de Baroja,
no tengo d.n.i.
me inscribo en tu cintura
para poder vivir
contigo hasta en la luna.

 

Sin titulo.


Yo no soy ese animal que se desparpaja por lo absurdo
no soy el que ruega por amor en el sendero de lo burdo
manifiesto intenciones aunque nunca este despierto
cuestiono mis iniciativas en el terreno de lo incierto...
Tengo reproches con mi orgullo y mi falta de sinceridad...
soy culpable del fracaso de mi propia ingenuidad.

Nunca he dicho que superaría mis expectativas
caigo hondo en las nebladas desde un túnel sin salida...
Odio los paredones que mi carácter crea en lo oscuro
salgo a flote por las noches no puedo aunque lo juro...
Me mantiene viva la esperanza de seguir,
aunque si sigo este


sendero no hay ni esperanza de vivir..

Ya no se cómo vivir,
aunque no viva sin saber...
cargo con mi cuerpo
sin saber muy bien porqué.


noviembre 05, 2014

Selección de poemas de Mario Benedetti




Currículum

El cuento es muy sencillo
usted nace
contempla atribulado
el rojo azul del cielo
el pájaro que emigra
el torpe escarabajo
que su zapato aplastará
valiente

usted sufre
reclama por comida
y por costumbre
por obligación
llora limpio de culpas
extenuado
hasta que el sueño lo descalifica

usted ama
se transfigura y ama
por una eternidad tan provisoria
que hasta el orgullo se le vuelve tierno
y el corazón profético
se convierte en escombros

usted aprende
y usa lo aprendido
para volverse lentamente sabio
para saber que al fin el mundo es esto
en su mejor momento una nostalgia
en su peor momento un desamparo
y siempre siempre
un lío

entonces
usted muere.



Conjugaciones

5 (Después)

El futuro no es
una página en blanco
es una fé
de erratas.


8 (Previsión)

De vez en cuando es bueno
ser consciente
de que hoy
de que ahora
estamos fabricando
las nostalgias
que descongelarán
algún futuro.


9 (Plurales)

Hay
ayeres
y mañanas
pero no hay
hoyes.



Contra Los Puentes levadizos

1

Nos han contado a todos
cómo eran los crepúsculos
de hace noventa o novecientos años

cómo al primer disparo los arrepentimientos
echaban a volar como palomas
cómo hubo siempre trenzas que colgaban
un poco sucias pero siempre hermosas
cómo los odios eran antiguos y elegantes
y en su barbaridad venturosa latían
cómo nadie moría de cáncer o de asco
sino de tisis breves o de espinas de rosa

otro tiempo otra vida otra muerte otra tierra
donde los pobres héroes iban siempre a caballo
y no se apeaban ni en la estatua propia

otro ocaso otro nunca otro siempre otro modo
de quitarle a la hembra su alcachofa de ropas

otro fuego otro asombro otro esclavo otro dueño
que tenía el derecho y además del derecho
la propensión a usar sus látigos sagrados

abajo estaba el mundo
abajo los de abajo
los borrachos de hambre
los locos de miseria
los ciegos de rencores
los lisiados de espanto

comprenderán ustedes que en esas condiciones
eran imprescindibles los puentos movedizos.


2

No sé si es el momento
de decirlo
en este punto muerto
en este año desgracia

por ejemplo
decírselo a esos mansos
que no pueden
resignarse a la muerte
y se inscriben a ciegas
caracoles de miedo
en la resurrección
qué garantía

por ejemplo
a esos ásperos
no exactamente ebrios
que alguna vez gritaron
y ahora no aceptan
la otra
la imprevista
reconvención del eco

o a los espectadores
casi profesionales
esos viciosos
de la lucidez
esos inconmovibles
que se instalan
en la primera fila
así no pierden
ni un solo efecto
ni el menor indicio
ni un solo espasmo
ni el menor cadáver

o a los sonrientes lúgubres
los exiliados de lo real
los duros
metidos para siempre en su campana
de pura sílice
egoísmo insecto
ésos los sin hermanos
sin latido
los con mirada acero de desprecio
los con fulgor y labios de cuchillo

en este punto muerto
en este año desgracia
no sé si es el momento
de decirlo
con los puentes a medio descender
o a medio levantar
que no es lo mismo.


3

Puedo permanecer en mi baluarte
en ésta o en aquella soledad sin derecho
disfrutando mis últimos
racimos de silencio
puedo asomarme al tiempo
a las nubes al río
perderme en el follaje que está lejos

pero me consta y sé
nunca lo olvido
que mi destino fértil voluntario
es convertirme en ojos boca manos
para otras manos bocas y miradas

que baje el puente y que se quede bajo
que entren amor y odio y voz y gritos
que venga la tristeza con sus brazos abiertos
y la ilusión con sus zapatos nuevos
que venga el frío germinal y honesto
y el verano de angustias calcinadas
que vengan los rencores con su niebla
y los adioses con su pan de lágrimas
que venga el muerto y sobre todo el vivo
y el viejo olor de la melancolía

que baje el puente y que se quede bajo
que entren la rabia y su ademán oscuro
que entren el mal y el bien
y lo que media
entre uno y otro
o sea
la verdad ese péndulo
que entre el incendio con o sin la lluvia
y las mujeres con o sin historia
que entre el trabajo y sobre todo el ocio
ese derecho al sueño
ese arco iris

que baje el puente y que se quede bajo
que entren los perros
los hijos de perra
las comadronas los sepultureros
los ángeles si hubiera
y si no hay
que entre la luna con su niño frío

que baje el puente y que se quede bajo
que entre el que sabe lo que no sabemos
y amasa pan
o hace revoluciones
y el que no puede hacerlas
y el que cierra los ojos

en fin
para que nadie se llame a confusiones
que entre mi prójimo ese insoportable
tan fuerte y frágil
ese necesario
ése con dudas sombra rostro sangre
y vida a término
ese bienvenido

que sólo quede afuera
el encargado
de levantar el puente

a esta altura
no ha de ser un secreto
para nadie

yo estoy contra los puentes levadizos.


Cumpleaños en Manhattan

Todos caminan
yo también camino

es lunes y venimos con la saliva amarga
mejor dicho
son ellos los que vienen

a la sombra de no sé cuántos pisos
millones de mandíbulas
que mastican su goma
sin embargo son gente de este mundo
con todo un corazón bajo el chaleco
hace treinta y nueve años
yo no estaba
tan solo y tan rodeado
ni podía mirar a las queridas
de los innumerables ex-sargentos
de ex-sargentísimo Batista 
que hoy sacan a mear
sus perros de abolengo
en las esquinas de la democracia
hace treinta y nueve años
allá abajo
más debajo de lo que hoy se conoce
como Fidel Castro o como Brasilia
abrí los ojos y cantaba un gallo
tiene que haber cantado
necesito
un gallo que le cante al Empire State Building
con toda su pasión
y la esperanza
de parecer iguales
o de serlo
todos caminan
yo también camino
a veces me detengo
ellos no
no podrían
espiro y me siento
respirar
eso es bueno
tengo sed y me cuesta
diez centavos de dólar
otro jugo de fruta
con gusto a Guatemala
este cumpleaños
no es
mi verdadero
porque este alrededor
no es
mi verdadero
los cumpliré más tarde
n febrero o en marzo
con los ojos que siempre me miraron
las palabras que siempre me dijeron
con un cielo de ayer sobre mis hombros
y el corazón deshilachado y terco
los cumpliré más tarde
o no los cumplo
pero éste no es mi verdadero
todos caminan
yo también camino
y cada dos zancadas poderosas
doy un modesto paso melancólico
entonces los becarios colombianos
y los taximetristas andaluces
y los napolitanos que venden pizza y cantan
y el mexicano que aprendió a mascar chicles
y el brasileño de insolente fotómetro
y la chilena con su amante gringo
y los puertorriqueños que pasean
su belicosos miedo colectivo
miran y reconocen mi renguera
y ellos también se aflojan un momento
y dan un solo paso melancólico
como los autos de la misma marca
que se hacen una seña con las luces
nunca estuvo tan lejos
ese cielo
nunca estuvo tan lejos
y tan chico
un triángulo isósceles nublado
que ni siquiera es una nube entera
tengo unas ganas cursis
dolorosas
de ver algo de mar
de sentir como llueve en Andes y Colonia
de oír a mi mujer diciendo cualquier cosa
de escuchar las bocinas
y de putear con eco
de conseguir un tango
un pedazo de tango
tocado por cualquiera
que no sea Kostelanetz
pero también es bueno
sentir alguna vez un poco de ternura
hacia este chorro enorme
poderoso
indefenso
de humanidad dócilmente apurada
con la cruz del confort sobre su frente
un poco de imprevista ternura sin raíces
digamos por ejemplo hacia una madre equis
que ayer en el zoológico de Central Park
le decía a su niño con preciosa nostalgia
look Johnny this is a cow
porque claro
no hay vacas entre los rascacielos
y otro poco de fe
que es mi único folklore
para agitar como un pañuelo blanco
cuando pasen o simplemente canten
las tres clases de seres más vivos de este Norte
quiero decir los negros
las negras
los negritos
todos caminan
pero yo
me he sentado
un yanqui de doce años me lustra los zapatos
él no sabe que hoy es mi cumpleaños
ni siquiera que no es mi verdadero
por mi costado pasan todos ellos
paso yo podría ser un dios provisorio
que contemplara inerme su rebaño
o podría ser un héroe más provisorio aún
y disfrutar mis trece minutos estatuarios
pero todo está claro
y es más dulce
más útil
sobre todo más dulce
reconocer que el tiempo está pasando
que está pasando el tiempo y hace ruido
y sentirse de una vez para siempre
olvidado y tranquilo
como un cero a la izquierda.
 
Nueva York,
14 de setiembre de 1959



octubre 25, 2014

Selección de poemas de Olga Orozco.





Esa es tu pena.

Esa es tu pena.
Tiene la forma de un cristal de nieve que no podría existir si no existieras
y el perfume del viento que acarició el plumaje de los amaneceres que no vuelven.
Colócala a la altura de tus ojos
y mira cómo irradia con un fulgor azul de fondo de leyenda,
o rojizo, como vitral de insomnio ensangrentado por el adiós de los amantes,
o dorado, semejante a un letárgico brebaje que sorbieron los ángeles.
Si observas al trasluz verás pasar el mundo rodando en una lágrima..
Al respirar exhala la preciosa nostalgia que te envuelve,
un vaho entretejido de perdón y lamentos que te convierte en reina del reverso del cielo. Cuando la soplas crece como si devorara la íntima sustancia de una llama
y se retrae como ciertas flores si la roza cualquier sombra extranjera.
No la dejes caer ni la sometas al hambre y al veneno;
sólo conseguirás la multiplicación, un erial, la bastarda maleza en vez de olvido.
Porque tu pena es única, indeleble y tiñe de imposible cuanto miras.
No hallarás otra igual, aunque te internes bajo un sol cruel entre columnas rotas,
aunque te asuma el mármol a las puertas de un nuevo paraíso prometido.
No permitas entonces que a solas la disuelva la costumbre,
no la gastes con nadie.
Apriétala contra tu corazón igual que a una reliquia salvada del naufragio;
sepúltala en tu pecho hasta el final, hasta la empuñadura.



Esfinges suelen ser.

Una mano, dos manos nada más.
Todavía me duelen las manos que me faltan,
esas que se quedaron adheridas a la barca fantasma que me trajo
y sacuden la costa con golpes de tambor,
con puñados de arena contra el agua de migraciones y nostalgias.
Son manos transparentes que deslizan el mundo debajo de mis pies,
que vienen y se van.
Pero estas que prolongan mi espesa anatomía
más allá de cualquier posible hoguera,
un poco más acá de cualquier imposible paraíso,
no son manos que sirvan para entreabrir las sombras,
para quitar los velos y volver a cerrar.
Yo no entiendo estas manos
Sí, demasiado próximas,
demasiado distantes,
ajenas como mi propio vuelo acorralado adentro de otra piel,
como el insomnio de alguien que huye inalcanzable por mis dedos.
A veces las encuentro casi a punto de ocultarme de mí
o de apostar el resto en favor de otro cuerpo,
de otro falso plumaje que conspira con la noche y el sol.
Me inquietan estas manos que juegan al misterio y al azar.
Cambian mis alimentos por regueros de hormigas,
buscan una sortija en el desierto,
transforman la inocencia en un cuchillo,
perseveran absortas como valvas en la malicia y el error.
Cuando las miro pliegan y despliegan abanicos furtivos,
una visión errante que se pierde entre plumas, entre alas de saqueo,
mientras ellas se siguen, se persiguen,
crecen hasta cubrir la inmensidad o reducen a polvo el cuenco de mis días.
Son como dos esfinges que tejen mi condena con la mitad del crimen,
con la mitad de la misericordia.
! Y esa expresión de peces atrapados,
de pájaros ansiosos,
de impasibles arpías con que asisten a su propio ritual !
Esta es la ceremonia del contagio y la peste hasta la idolatría.
Una caricia basta para multiplicar esas semillas negras que propagan la lepra,
esas fosforescencias que propagan la seda y el ardor,
esos hilos errantes que propagan el naufragio y la sed.
! Y esa brasa incesante que deslizan de la una a la otra
como un secreto al rojo,
como una llama que quema demasiado!
Me pregunto, me digo
qué trampa están urdiendo desde mi porvenir estas dos manos
Y sin embargo son las mismas manos.
Nada más que dos manos extrañamente iguales a dos manos en su oficio de manos,
desde el principio hasta el final.



En el bosque sonoro.

Cada día me despierta este doble cuerno de cazador que parece atravesar mi cabeza lado a lado. Aspira el bosque entero. Lo convoca hacia adentro como un viento donde flotan inasibles combates y roces y resistencias y caídas. Lo ausculta como a un cuerpo contagioso que denunciara la enfermedad con tales estertores.
Pero no somos mutuos las legiones y yo. Mi presente es pasivo y no se ramifica. Acata sin defensas la conmovida inmensidad, el estado de sitio, la alarma que establece su feroz batería sobre rieles frenéticos y los lanza, sin más, a lo desconocido.
Es un tropel de intrusos que irrumpen en mis cámaras secretas. Violan los sellos, derriban los tabiques, estampan la protesta en las paredes de este negro anfiteatro donde hace sus disecciones el silencio.
¡Equívoca invasión! Unas veces propaga el terciopelo como una nervadura de tormenta que me fulmina hasta los huesos o una antena de insecto que vibra entre los filamentos de la luz y me ensordece. Y otras, como si nada, sofoca con tapices o sandalias de nieve la explosión y la gangrena.
Y por mi lado siempre esta forzosa, forzada intimidad con un secreto a voces que emana desde el fondo de cada intimidad; esta avasalladora convivencia de oreja contra el mundo; esta equívoca participación en la cárcel ajena.
No hay rigor ni medida, ni siquiera para escuchar el propia corazón, los propios dientes.
Aquí la resonancia que exagera con su coro demente el golpe en el vacío, o el alfabeto casi restaurado que se escurre de pronto en polvo demasiado fino o estalla en grandes bloques de vociferaciones. Boquetes y obstrucción.
Y debajo estas bocas que se abren en el muro, contra toda esperanza, y que musitan siempre la palabra. Palabra inaudible, palabra empecinada, palabra terrible - mi mantra del ascenso y del retorno -, palabra como un ángel suspendido entre la aniquilación y la caída, como la trompeta del juicio que se rompe contra el fragor, contra el acantilado, bajo la irremediable rompiente que me aturde y me envuelve y me tritura desde los alaridos de mi sangre y me impide escuchar.


Animal que respira.

Aspirar y exhalar. Tal es la estratagema en esta mutua transfusión con todo el universo.
Día y noche, como dos organismos esponjosos fijados a la pared de lo visible por este doble soplo de vaivén que sostiene en el aire las cosmogonías, nos expandemos y nos contraemos sin sentido aparente, el universo y yo. Lo absorbo hacia mi lado en el azul, lo exhalo en un depósito de brumas y lo vuelvo a aspirar. Me incorpora a su vez a la asamblea general, me expulsa luego a la intemperie ajena que es la mía, al filo del umbral, y me inhala de nuevo. Sobrevivimos juntos a la misma distancia, cuerpo a cuerpo, uno en favor del otro, uno a expensas del otro - algo más que testigos -, igual que en el asedio, igual que en ciertas plantas, igual que en el secreto, como en Adán y Dios.
¿Quién pretende vencer? Bastaría un error para trocar las suertes por el planeo de una pluma en la vacía inmensidad. Mi orgullo está tan sólo en la evidencia del apego feroz, en mi costado impar - tan ínfimo y sin duda necesario- que crece en la medida de su pequeñez.
Cumplo con mi papel. Conservo mi modesto lugar a manera de pólipo cautivo. Me empino a duras penas en alguna saliente para hallar un nivel de intercambio al ras del bajo vuelo, un punto donde ceda dignamente mi propia construcción.
Más corta que mis ojos, más veloz que mis manos, más remota que el gesto de otra cara esta errónea nariz que me arranca de pronto de la lisa paciencia de la piel y me estampa en el mundo de los otros, siempre desconocida y extranjera.
Y sin embargo me precede. Me encubre con aparente solidez, con intención de roca, y me expone a los vientos invasores a través de unas fosas precarias, vulnerables, apenas defendidas por la sospecha o el temblor.
Y así, sin más, olfateando costumbres y peligros, pegada como un perro a los talones del futuro, almaceno fantasmas como nubes, halos en vez de bienes, borras que se combinan en nostálgicos puertos, en ciudades flotantes que amenazan volver, en jardines que huelen a la loca memoria del paraíso prometido.
¡Ah, perfumes letárgicos, emanaciones de lluvias y de cuerpos, vahos que se deslizan como un lazo de asfixia en torno a la garganta de mi porvenir!
Una alquimia volátil se hacina poco a poco en los resquicios, evapora las duras condensaciones de los años, y me excava y me sofoca y me respira en grandes transparencias que son la forma exangüe de mi última armazón.
Y aunque aún continúe la mutua transfusión con todo el universo, sé que "allí, en ese sitio, en el oscuro musgo soy mortal, y en mis sueños husmea interminablemente un hocico de bestia", un hocico implacable que me extrae el aliento hasta el olor final.


Mi fósil.

Guárdame, duro armazón tallado por la muerte en el polvo de Adán.
Pliégame a la obediencia,
incrústame otra vez en lo visible con esas nervaduras de terror
que delatan mi número incompleto, mi especie miserable.
Apenas me retienes por un lazo de sombra debajo de los pies,
apenas por un jirón de luz helada entre los dientes,
y no obstante persevero contigo en el desierto contra la voz que clama,
me aferro como a un mástil contra el ciclón de plumas que me aspira,
me adhiero como un náufrago al tablón que corre hacia el abismo.
Porque eres aún la encrucijada,
las gradas hasta el fin y la escalera rota,
ese extraño lugar donde se hallan la maldición y el exorcismo.
Te han arrojado aquí
para que me enseñaras con tu duro evangelio la salida.
Te han encerrado a oscuras
para que me acecharas con mi propio fantasma sin remedio.
Te han jugado a perderme.
Te han prometido el sol de mi destierro,
mi feroz horizonte replegado debajo de la hierba,
la sábana de espumas en alguna intemperie en que no estoy.
Y tú en paz con tus huesos,
como momia de perro en el museo donde empieza mi infierno.
Sí, tú, mi Acrópolis de sal,
mi pregunta de nube sepultada,
mi respuesta de cera,
mi patíbulo errante lavado por las olas de una misma sentencia.



Las muertes.

He aquí unos muertos cuyos huesos no blanqueará la lluvia,
lápidas donde nunca ha resonado el golpe tormentoso de la piel del lagarto,
inscripciones que nadie recorrerá encendiendo la luz de alguna lágrima;
arena sin pisadas en todas las memorias.
Son los muertos sin flores.
No nos legaron cartas, ni alianzas, ni retratos.
Ningún trofeo heroico atestigua la gloria o el oprobio.
Sus vidas se cumplieron sin honor en la tierra,
mas su destino fue fulmíneo como un tajo;
porque no conocieron ni el sueño ni la paz en los infames lechos vendidos por la dicha,
porque sólo acataron una ley más ardiente que la ávida gota de salmuera.
Ésa y no cualquier otra.
Ésa y ninguna otra.
Por eso es que sus muertes son los exasperados rostros de nuestra vida.



Gail Hightower.
No quería más que paz y pagué sin regatear el precio que me pidieron.
William Faulkner (Luz de Agosto).
 
Yo fui Gail Hightower,
Pastor y alucinado,
para todos los hombres un maldito
y para Dios ¡quién sabe!
Mi vida no fue amor, ni piedad, ni esperanza.
Fue tan sólo la dádiva salvaje que alimentó el reinado de un fantasma.
Todos mis sacrilegios, todos mis infortunios,
no fueron más que el precio de una misma ventana en cada atardecer.
¿Qué aguardaba allí el réprobo? ¿Qué paz lo remunera?
Un zumbido de insectos fermentando en la luz como en un fruto,
la armonía de un coro sostenido por la expiación y la violencia,
y después el estruendo de una caballería que alcanza entre los
(tiempos ese único instante en que el cielo y la tierra se
[abismaron como por un relámpago;
esa gloria fulmínea que arde entre el estampido de una bala y el trueno de un galope.
Aquélla fue la muerte de mi abuelo.
Aquél es el momento en que yo,
Gail Hightower veinte años antes de mi nacimiento,
soy todo lo que fui:
un ciego remolino que alienta para siempre en la aridez de aquella polvareda.
¿Qué perdón, qué condena,
alumbrarán el paso de una sombra?

septiembre 30, 2014

Tres poemas de Néstor Perlongher.




Cadáveres.

Bajo las matas
En los pajonales
Sobre los puentes
En los canales
Hay Cadáveres

En la trilla de un tren que nunca se detiene
En la estela de un barco que naufraga
En una olilla, que se desvanece
En los muelles los apeaderos los trampolines los malecones
Hay Cadáveres

En las redes de los pescadores
En el tropiezo de los cangrejales
En la del pelo que se toma
Con un prendedorcito descolgado
Hay Cadáveres
En lo preciso de esta ausencia
En lo que raya esa palabra
En su divina presencia
Comandante, en su raya
Hay Cadáveres

En las mangas acaloradas de la mujer del pasaporte que se arroja
por la ventana del barquillo con un bebito a cuestas
En el barquillero que se obliga a hacer garrapiñada
En el garrapiñiero que se empana
En la pana, en la paja, ahí
Hay Cadáveres

Precisamente ahí, y en esa richa
de la que deshilacha, y
en ese soslayo de la que no conviene que se diga, y
en el desdén de la que no se diga que no piensa, acaso
en la que no se dice que se sepa...
Hay Cadáveres

Empero, en la lingüita de ese zapato que se lía disimuladamente, al
espejuelo, en la
correíta de esa hebilla que se corre, sin querer, en el techo, patas
arriba de ese monedero que se deshincha, como un buhón, y, sin
embargo, en esa c... que, cómo se escribía? c. .. de qué?, mas, Con
Todo
Sobretodo
Hay Cadáveres

En el tepado de la que se despelmaza, febrilmente, en la
menea de la que se lagarta en esa yedra, inerme en el
despanzurrar de la que no se abriga, apenas, sino con un
saquito, y en potiche de saquitos, y figurines anteriores, modas
pasadas como mejas muertas de las que
Hay Cadáveres

Se ven, se los despanza divisantes flotando en el pantano:
en la colilla de los pantalones que se enchastran, símilmente;
en el ribete de la cola del tapado de seda de la novia, que no se casa
porque su novio ha
…............................!

Hay Cadáveres
En ese golpe bajo, en la bajez
de esa mofleta, en el disfraz
ambiguo de ese buitre, la zeta de
esas azaleas, encendidas, en esa obscuridad
Hay Cadáveres

Está lleno: en los frasquitos de leche de chancho con que las
campesinas
agasajan sus fiolos, en los
fiordos de las portuarias y marítimas que se dejan amanecer, como a
escondidas, con la bombacha llena; en la
humedad de esas bolsitas, bolas, que se apisonan al movimiento de
los de
Hay Cadáveres

Parece remanido: en la manea
de esos gauchos, en el pelaje de
esa tropa alzada, en los cañaverales (paja brava), en el botijo
de ese guacho, el olor a matorra de ese juiz
Hay Cadáveres

Ay, en el quejido de esa corista que vendía "estrellas federales"
Uy, en el pateo de esa arpista que cogía pequeños perros invertidos,
Uau, en el peer de esa carrera cuando rumbea la cascada, con
una botella de whisky "Russo" llena de vidrio en los breteles, en ésos,
tan delgados,
Hay Cadáveres

En la finura de la modistilla que atara cintas do un buraco hubiere
En la delicadeza de las manos que la manicura que electriza
las uñas salitrosas, en las mismas
cutículas que ella abre, como en una toilette; en el tocador, tan
...indeciso..., que
clava preciosamente los alfiles, en las caderas de la Reina y
en los cuadernillos de la princesa, que en el sonido de una realeza
que se derrumba, oui
Hay Cadáveres

Yes, en el estuche de alcanfor del precho de esa
¡bonita profesora!
Ecco, en los tizones con que esa ¡bonita profesora! traza el rescoldo
de ese incienso;
Da, en la garganta de esa ajorca, o en lo mollejo de ese moretón
atravesado por un aro, enagua, en
Ya
Hay Cadáveres

En eso que empuja
lo que se atraganta,
En eso que traga
lo que emputarra,
En eso que amputa
lo que empala,
En eso que ¡puta!
Hay Cadáveres

Ya no se puede sostener: el mango
de la pala que clava en la tierra su rosario de musgos,
el rosario
de la cruz que empala en el muro la tierra de una clava,
la corriente
que sujeta a los juncos el pichido - tin, tin . . . - del son-
ajero, en el gargajo que se esputa...
Hay Cadáveres

En la mucosidad que se mamosa, además, en la gárgara; en la también
glacial amígdala; en el florete que no se succiona con fruición
porque guarda una orla de caca; en el escupitajo
que se estampa como sobre en un pijo,
en la saliva por donde penetra un elefante, en esos chistes de
la hormiga,
Hay Cadáveres

En la conchita de las pendejas
En el pitín de un gladiador sureño, sueño
En el florín de un perdulario que se emparrala, en unas
brechas, en el sudario del cliente
que paga un precio desmesuradamente alto por el polvo,
en el polvo
Hay Cadáveres

En el desierto de los consultorios
En la polvareda de los divanes "inconcientes"
En lo incesante de ese trámite, de ese "proceso" en hospitales
donde el muerto circula, en los pasillos
donde las enfermeras hacen SHHH! con una aguja en los ovarios,
en los huecos
de los escaparates de cristal de orquesta donde los cirujanos
se travisten de ''hombre drapeado",
laz zarigueyaz de dezhechoz, donde tatúase, o tajéase (o paladea)
un paladar, en tornos
Hay Cadáveres
En las canastas de mamá que alternativamente se llenan o vacían de
esmeraldas, canutos, en las alforzas de ese
bies que ciñe-algo demás-esos corpiños, en el azul Iunado del cabe-
llo, gloriamar, en el chupazo de esa teta que se exprime, en el
recIinatorio, contra una mandolina, salamí, pleta de tersos caños . ..
Hay Cadáveres

En esas circunstancias, cuando la madre se
lava los platos, el hijo los pies, el padre el cinto, la
hermanita la mancha de pus, que, bajo el sobaco, que
va "creciente", o
Hay Cadáveres

Ya no se puede enumerar: en la pequeña ''riela" de ceniza
que deja mi caballo al fumar por los campos (campos, hum…),o por
los haras, eh, harás de cuenta de que no
Hay Cadáveres

Cuando el caballo pisa
los embonchados pólderes,
empenachado se hunde
en los forrajes;
cuando la golondrina, tera tera,
vola en circuitos, como un gallo, o cuando la bondiola
como una sierpe 'leche de cobra" se
disipa,
los miradores llegan todos a la siguiente
conclusión:
Hay Cadáveres

Cuando los extranjeros, como crápulas, ("se les ha volado la
papisa, y la manotean a dos cuerpos"), cómplices,
arrodíllanse (de) bajo la estatua de una muerta,
y ella es devaluada!
Hay Cadáveres
Cuando el cansancio de una pistola, la flaccidez de un ano,
ya no pueden, el peso de un carajo, el pis de un
''palo borracho", la estirpe real de una azalea que ha florecido
roja, como un seibo, o un servio, cuando un paje
la troncha, calmamente, a dentelladas, cuando la va embutiendo
contra una parecita, y a horcajadas, chorrea, y
Hay Cadáveres
Cuando la entierra levemente, y entusiasmado por el su-
ceso de su pica, más
atornilla esa clava, cuando "mecha"
en el pistilo de esa carroña el peristilo de una carroza
chueca, cuando la va dándola vuelta
para que rase todos.. . los lunares, o
Sitios,
Hay Cadáveres

Verrufas, alforranas (de teflón), macarios muermos: cuando sin...
acribilla, acrisola, ángeles miriados' de peces espadas, mirtas
acneicas, o sólo adolescentes, doloridas del
dedo de un puntapié en las várices, torreja
de ubre, percal crispado, romo clít ...
Hay Cadáveres
En el país donde se yuga el molinero
En el estado donde el carnicero vende sus lomos, al contado,
y donde todas las Ocupaciones tienen nombre….
En las regiones donde una piruja voltèa su zorrito de banlon,
la huelen desde lejos, desde antaño
Hay Cadáveres

En la provincia donde no se dice la verdad
En los locales donde no se cuenta una mentira
-Esto no sale de acá-
En los meaderos de borrachos donde aparece una pústula roja en
la bragueta del que orina-esto no va a parar aquí -, contra los
azulejos, en el vano, de la 14 o de la 15, Corrientes y
Esmeraldas,
Hay Cadáveres

Y se convierte inmediatamente en La Cautiva,
los caciques le hacen un enema,
le abren el c... para sacarle el chico,
el marido se queda con la nena,
pero ella consigue conservar un escapulario con una foto borroneada
de un camarín donde...
Hay Cadáveres
Donde él la traicionó, donde la quiso convencer que ella
era una oveja hecha rabona, donde la perra
lo cagó, donde la puerca
dejó caer por la puntilla de boquilla almibarada unos pelillos
almizclados, lo sedujo,
Hay Cadáveres

Donde ella eyaculó, la bombachita toda blanda, como sobre
un bombachón de muñequera como en
un cáliz borboteante-los retazos
de argolla flotaban en la "Solución Humectante" (método agua por
agua),
ella se lo tenía que contar
Hay Cadáveres

El feto, criándose en un arroyuelo ratonil,
La abuela, afeitándose en un bols de lavandina,
La suegra, jalándose unas pepitas de sarmiento,
La tía, volviéndose loca por unos peines encurvados
Hay Cadáveres

La familia, hurgándolo en los repliegues de las sábanas
La amiga, cosiendo sin parar el desgarrón de una "calada"
El gil, chupándose una yuta por unos papelitos desleídos
Un chongo, cuando intentaba introducirla por el caño de escape de
una Kombi,
Hay Cadáveres

La despeinada, cuyo rodete se ha raído
por culpa de tanto "rayito de sol", tanto "clarito";
La martinera, cuyo corazón prefirió no saberlo;
La desposeída, que se enganchó los dientes al intentar huir de un taxi;
La que deseó, detrás de una mantilla untuosa, desdentarse
para no ver lo que veía:
Hay Cadáveres

La matrona casada, que le hizo el favor a la muchacho pasándole un
buen punto;
la tejedora que no cánsase, que se cansó buscando el punto bien
discreto que no mostrara nada
- y al mismo tiempo diera a entender lo que pasase -;
la dueña de la fábrica, que vio las venas de sus obreras urdirse
táctilmente en los telares-y daba esa textura acompasada...
lila...
La lianera, que procuró enroscarse en los hilambres,
las púas
Hay Cadáveres

La que hace años que no ve una pija
La que se la imagina, como aterciopelada, en una cuna (o cuña)
Beba, que se escapó con su marido, ya impotente, a una quinta
donde los
vigilaban, con un naso, o con un martillito, en las rodillas, le
tomaron los pezones, con una tenacilla (Beba era tan bonita como una
profesora…)
Hay Cadáveres

Era ver contra toda evidencia
Era callar contra todo silencio
Era manifestarse contra todo acto
Contra toda lambida era chupar
Hay Cadáveres

Era: "No le digas que lo viste conmigo porque capaz que se dan
cuenta"
O: "No le vayas a contar que lo vimos porque a ver si se lo toma a
pecho"
Acaso: "No te conviene que lo sepa porque te amputan una teta"
Aún: "Hoy asaltaron a una vaca"
"Cuando lo veas hacé de cuenta que no te diste cuenta de nada
...y listo"
Hay Cadáveres

Como una muletilla se le enchufaba en el pezcuello
Como una frase hecha le atornillaba los corsets, las fajas
Como un titilar olvidadizo, eran como resplandores de mangrullo, como
una corbata se avizora, pinche de plata, así
Hay Cadáveres

En el campo
En el campo
En la casa
En la caza
Ahí
Hay Cadáveres

En el decaer de esta escritura
En el borroneo de esas inscripciones
En el difuminar de estas leyendas
En las conversaciones de lesbianas que se muestran la marca de la liga,
En ese puño elástico,
Hay Cadáveres

Decir "en" no es una maravilla?
Una pretensión de centramiento?
Un centramiento de lo céntrico, cuyo forward
muere al amanecer, y descompuesto de
El Túnel
Hay Cadáveres

Un área donde principales fosas?
Un loro donde aristas enjauladas?
Un pabellón de lolas pajareras?
Una pepa, trincada, en el cubismo
de superficie frívola...?

Hay Cadáveres
Yo no te lo quería comentar, Fernando, pero esa vez que me mandaste
a la oficina, a hacer los trámites, cuando yo
curzaba la calle, una viejita se cayó, por una biela, y los
carruajes que pasaban, con esos crepés tan anticuados (ya preciso,
te dije, de otro pantalón blanco), vos creés que se iban a
dedetener, Fernando? Imaginá…
Hay Cadáveres

Estamos hartas de esta reiteración, y llenas
de esta reiteración estamos.
Las damiselas italianas
pierden la tapita del Luis XV en La Boca!
Las ''modelos"-del partido polaco-
no encuentran los botones (el escote cerraba por atrás) en La Matanza!
Cholas baratas y envidiosas - cuya catinga no compite-en Quilmes!
Monas muy guapas en los corsos de Avellaneda!
Barracas!
Hay Cadáveres

Ay, no le digas nada a doña Marta, ella le cuenta al nieto que es
colimba!
Y si se entera Misia Amalia, que tiene un novio federal!
Y la que paya, si callase!
La que bordona, arpona!
Ni a la vitrolera, que es botona!
Ni al lustrabotas, cachafaz!
Ni a la que hace el género "volante"!
NI
Hay Cadáveres

Féretros alegóricos!
Sótanos metafóricos!
Pocillos metonímicos!
Ex-plícito !
Hay Cadáveres

Ejercicios
Campañas
Consorcios
Condominios
Contractus
Hay Cadáveres

Yermos o Luengos
Pozzis o Westerleys
Rouges o Sombras
Tablas o Pliegues
Hay Cadáveres

-Todo esto no viene así nomás
-Por qué no?
-No me digas que los vas a contar
-No te parece?
-Cuándo te recibiste?
-Militaba?
-Hay Cadáveres?

Saliste Sola
Con el Fresquito de la Noche
Cuando te Sorprendieron los Relámpagos
No Llevaste un Saquito
Y
Hay Cadáveres

Se entiende?
Estaba claro?
No era un poco demás para la época?
Las uñas azuladas?
Hay Cadáveres

Yo soy aquél que ayer nomás...
Ella es la que...
Veíase el arpa...
En alfombrada sala...
Villegas o
Hay Cadáveres
.....................................
.....................................
.....................................
.....................................
No hay nadie?, pregunta la mujer del Paraguay.
Respuesta: No hay cadáveres.


Canción de amor para los nazis en Baviera.

Marlene Dietrichcantaba en Londres una canción entre la guerra:
Oh no no no es cierto que me quieras
Oh no no no es cierto que me quieras

Sólo quieres a tu padre, Nelson, que murió en Trafalgar y ese amor es sospechoso,
Nelson porque tu papá era nazi!
Era el apogeo de la aliado filia
debajo de las mesas aplastábamos soldados alemanes
pero yo estaba sentada junto a ti,
Nelson que eras un agente nazi
Y me dabas puntapiés

Oh no no no es cierto que me quieras Ay ay ay me dabas puntapiés
Ceremoniosamente me pedías perdón posabas una estola de visón sobre mis hombros
y nos íbamos a hacer el amor a mi buhardilla.



Tuyú

La historia, es un lenguaje?
Tiene que ver este lenguaje con el lenguaje de la historia
o con la historia del lenguaje en donde balbuceó
tiene que ver con este verso?
lenguas vivas lamiendo lenguas muertas
lenguas menguadas como medias
lenguas,
luengas,
fungosas:
este lenguaje de la historia
cuál historia?
si no se tiene por historia la larga historia de la lengua
Cuentan
en un fogón:
Ña-Rudecinda
no roció el apero el ánima?
no se hizo jabón el chajá?
(Gauchos fundidos, con sus lenguas de vaca,
con sus trancas,
con sus coyundas y sus rastras
Gaucho fundido: él clava sus espuelas en el dorso fundido de la lengua, como atrapado en una vizcachera).

A unos kilómetros de San Clemente,
en el Tuyú
está la tumba de Santos Vega,
adonde acuden las toninas
y los surfistas en sus jabas,
sobre las olas de cristal
Roto cristal,
tercas toninas de la historia:
van donde los arponeros con sus garfios:
van donde los zafarranchos cachan:
donde fundido el gaucho
saca el facón y se disgracia:
era la historia, esa disgracia!
disgracia de yacer en el Tuyú,
de un yacer general.
Los caníbales en ese cristal las rudas olas asaetan;
y tú, en esa pereza de la yertez, no jalas?
Jalas de crestas cristalinas y empenachadas?



septiembre 24, 2014

Canto del macho anciano / Pablo de Rokha.



Sentado a la sombra inmortal de un sepulcro, o enarbolando el gran anillo matrimonial herido a la manera de palomas que se deshojan como congojas, escarbo los últimos atardeceres.
 
Como quien arroja un libro de botellas tristes a la Mar-Océano o una enorme piedra de humo echando sin embargo espanto a los acantilados de la historia o acaso un pájaro muerto que gotea llanto, voy lanzando los peñascos inexorables del pretérito contra la muralla negra.
 
Y como ya todo es inútil, como los candados del infinito crujen en goznes mohosos, su actitud llena la tierra de lamentos.
 
Escucho el regimiento de esqueletos del gran crepúsculo, del gran crepúsculo cardíaco o demoníaco, maníaco de los enfurecidos ancianos, la trompeta acusatoria de la desgracia acumulada, el arriarse descomunal de todas las banderas, el ámbito terriblemente pálido de los fusilamientos, la angustia del soldado que agoniza entre tizanas y frazadas, a quinientas leguas abiertas del campo de batalla, y sollozo como un pabellón antiguo.
 
Hay lágrimas de hierro amontonadas, pero por adentro del invierno se levanta el hongo infernal del cataclismo personal, y catástrofes de ciudades que murieron y son polvo remoto, aullan.

Ha llegado la hora vestida de pánico en la cual todas las vidas carecen de sentido, carecen de destino, carecen de estilo y de espada, carecen de dirección, de voz, carecen de todo lo rojo y terrible de las empresas o las epopeyas o las vivencias ecuménicas, que justificarán la existencia como peligro y como suicidio; un mito enorme, equivocado, rupestre, de rumiante fue el existir; y restan las chaquetas solas del ágape inexorable, las risas caídas y el arrepentimiento invernal de los excesos, en aquel entonces antiquísimo con rasgos de santo y de demonio, cuando yo era hermoso como un toro negro y tenía las mujeres que quería y un revólver de hombre a la cintura.

Fallan las glándulas y el varón genital intimidado por el yo rabioso, se recoge a la medida del abatimiento o atardeciendo araña la perdida felicidad en los escombros; el amor nos agarró y nos estrujó como a limones desesperados, yo ando lamiendo su ternura, pero ella se diluye en la eternidad, se confunde en la eternidad, se destruye en la eternidad y aunque existo porque batallo y "mi poesía es mi militancia", todo lo eterno me rodea amenazándome y gritando desde la otra orilla.
 
Busco los musgos, las cosas usadas y estupefactas, lo pospretérito y difícil, arado de pasado e infinitamente de olvido, polvoso y mohoso como las panoplias de antaño, como las familias de antaño, como las monedas de antaño, con el resplandor de los ataúdes enfurecidos, el gigante relincho de los sombreros muertos, o aquello únicamente aquello que se está cayendo en las formas, el yo público, la figura atronadora del ser que se ahoga contradiciéndose.
 
Ahora la hembra domina, envenenada, y el vino se burla de nosotros como un cómplice de nosotros, emborrachándonos, cuando nos llevamos la copa a la boca dolorosa, acorralándonos y aculatándonos contra nosotros mismos como mitos.
 
Estamos muy cansados de escribir universos sobre universos y la inmortalidad que otrora tanto amaba el corazón adolescente, se arrastra como una pobre puta envejeciendo; sabemos que podemos escalar todas las montañas de la literatura como en la juventud heroica, que nos aguanta el ánimo el coraje suicida de los temerarios, y sin embargo yo, definitivamente viudo, definitivamente solo, definitivamente viejo,  y apuñalado de padecimientos, ejecutando la hazaña desesperada de sobrepujarme, el autorretrato de todo lo heroico de la sociedad y la naturaleza me abruma; ¿qué les sucede a los ancianos con su propia ex-combatiente sombra? se confunden con ella ardiendo y son fuego rugiendo sueño de sombra hecho de sombra, lo sombrío definitivo y un ataúd que anda llorando sombra sobre sombra.
 
Viviendo del recuerdo, amamantándome del recuerdo, el recuerdo me envuelve y al retornar a la gran soledad de la adolescencia padre y abuelo, padre de innumerables familias, rasguño los rescoldos, y la ceniza helada agranda la desesperación en la que todos están muertos entre muertos, y la más amada de las mujeres, retumba en la tumba de truenos y héroes labrada con palancas universales o como bramando.

¿En qué bosques de fusiles nos esconderemos de aquellos pellejos ardiendo? porque es terrible el seguirse a sí mismo cuando lo hicimos todo, lo quisimos todo, lo pudimos todo y se nos quebraron las manos, las manos y los dientes mordiendo hierro con fuego; y ahora como se desciende terriblemente de lo cuotidiano a lo infinito, ataúd por ataúd, desbarrancándonos como peñascos o como caballos mundo abajo, vamos con extraños, paso a paso y tranco a tranco midiendo el derrumbamiento general, calculándolo, a la sordina, y de ahí entonces la prudencia que es la derrota de la ancianidad; vacías restan las botellas, gastados los zapatos y desaparecidos los amigos más queridos, nuestro viejo tiempo, la época y tú, Winétt, colosal e inexorable.
 
Todas las cosas van siguiendo mis pisadas, ladrando desesperadamente, como un acompañamiento fúnebre, mordiendo el siniestro funeral del mundo, como el entierro nacional de las edades, y yo voy muerto andando.

Infinitamente cansado, desengañado, errado, con la sensación categórica de haberme equivocado en lo ejecutado o desperdiciado o abandonado o atropellado al avatar del destino en la inutilidad de existir y su gran carrera despedazada; comprendo y admiro a los líderes, pero soy el coordinador de la angustia del universo, el suicida que apostó su destino a la baraja de la expresionalidad y lo ganó perdiendo el derecho a perderlo, el hombre que rompe su época y arrasándola, le da categoría y régimen, pero queda hecho pedazos y a la expectativa; rompiente de jubilaciones, ariete y símbolo de piedra, anhelo ya la antigua plaza de provincia y la discusión con los pájaros, el vagabundaje y la retreta apolillada en los extramuros.
 
Está lloviendo, está lloviendo, está lloviendo, ¡ojalá siempre esté lloviendo, esté lloviendo siempre y el vendaval desenfrenado que yo soy íntegro, se asocie a la personalidad popular del huracán!

A la manera de la estación de ferrocarriles, mi situación está poblada de adioses y de ausencia, una gran lágrima enfurecida derrama tiempo con sueños y águilas tristes; cae la tarde en la literatura y no hicimos lo que pudimos, cuando hicimos lo que quisimos con nuestro pellejo.

El aventurero de los océanos deshabitados, el descubridor, el conquistador, el gobernador de naciones y el fundador de ciudades tentaculares, como un gran capitán frustrado, rememorando lo soñado como errado y vil o trocando en el escarnio celestial del vocabulario espadas por poemas, entregó la cuchilla rota del canto al soñador que arrastraría adentro del pecho universal muerto, el cadáver de un conductor de pueblos, con su bastón de mariscal tronchado y echando llamas.
 
El "borracho, bestial, lascivo e iconoclasta" como el cíclope de Eurípides, queriendo y muriendo de amor, arrasándola a la amada en temporal de besos, es ya nada ahora más que un león herido y mordido de cóndores.

Caduco en "la República asesinada" y como el dolor nacional es mío, el dolor popular me horada la palabra, desgarrándome, como si todos los niños hambrientos de Chile fueran mis parientes; el trágico y el dionisíaco naufragan en este enorme atado de lujuria en angustia, y la acometida agonal se estrella la cabeza en las murallas enarboladas de sol caído, trompetas botadas, botellas quebradas, banderas ajadas, ensangrentadas por el martirio del trabajo mal pagado; escucho la muerte roncando por debajo del mundo a la manera de las culebras, a la manera de las escopetas apuntándonos a la cabeza, a la manera de Dios, que no existió nunca.

Hueso de estatua gritando en antiguos panteones, amarillo y aterido como crucifijo de prostituta, llorando estoy, botado, con el badajo de la campana del corazón hecho pedazos,
entre cabezas destronadas, trompetas enlutadas y cataclismos, como carreta de ajusticiamiento, como espada de batallas perdidas en montañas, desiertos y desfiladeros, como zapato loco.

Anduve todos los caminos preguntando por el camino, e intuyó mi estupor que una sola ruta, la muerte adentro de la muerte edificaba su ámbito adentro de la muerte, reintegrándose en oleaje oscuro a su epicentro; he llegado adonde partiera, cansado y sudando sangre como el Jesucristo de los olivos, yo que soy su enemigo; y sé perfectamente que no va a retornar ninguno de los actos pasados o antepasados, que son el recuerdo de un recuerdo como lloviendo años difuntos del agonizante ciclópeo, porque yo siendo el mismo soy distinto, soy lo distinto mismo y lo mismo distinto; todo lo mío ya es irreparable; y la gran euforia alcohólica en la cual naufragaría el varón conyugal de entonces, conmemorando los desbordamientos felices, es hoy por hoy un vino terrible despedazando las vasijas o clavo ardiendo.

Tal como esos molos muertos del atardecer, los deseos y la ambición catastrófica, están rumiando verdad deshecha y humo en los sepulcros de los estupendos panteones extranjeros, que son ríos malditos a la orilla del mar de ceniza que llora abriendo su boca de tromba.

El garañón desenfrenado y atrabiliario, cuyos altos y anchos veinte años meaban las plazas públicas del mundo, dueño del sexo de las doncellas más hermosas y de los lazos trenzados de doce coriones, da la lástima humilladora del cazador de leones decrépito y dramático, al cual la tormenta de las pasiones acumuladas como culebras en un torreón hundido, lo azota; me repugna la sexualidad pornográfica, y el cadáver de pan enamorado de la niña morena; pero el viejo es de intuición y ensoñación e imaginación cínica como el niño o el gran poeta a caballo en el espanto, tremendamente amoral y desesperado, y como es todo un hombre a esas alturas, anda levantándoles las polleras a las hembras chilenas e internacionales y cayendo de derrota en derrota en la batalla entre los hechos y los sueños; es mentira la ancianidad agropecuaria y de égloga, porque el anciano se está vengando, cuando el anciano se está creando su pirámide; como aquellos vinos añejos, con alcohol reconcentrado en sus errores y ecos de esos que rugen como sables o como calles llenas de suburbio, desgarraríamos los toneles si pudiese la dinamita adolorida del espíritu arrasar su condensación épica, y sol caído, su concentración trágica, pero los abuelos sonríen en equivalente frustrados, no porque son gangochos enmohecidos, sino rol marchito, pero con fuego adentro del ánimo.

Sabemos que tenemos el coraje de los asesinados y los crucificados por ideas, la dignidad antigua y categórica de los guerreros de religión, pero los huesos síquicos saquean, el espanto cruje de doliente y se caen de bruces los riñones, los pulmones, los cojones de las médulas categóricas.

Agarrándonos a la tabla de salvación de la poesía, que es una gran máquina negra, somos los santos carajos y desocupados de aquella irreligiosidad horrenda que da vergüenza porque desapareció cuando desapareció el último "dios" de la tierra, y la nacionalidad de la personalidad ilustre, se pudre de eminente y de formidable como divino oro judío; todo lo miramos en pasado, y el pasado, el pasado, el pasado es el porvenir de los desengañados y los túmulos; yo, en este instante, soy como un navío que avanza mar afuera con todo lo remoto en las bodegas y acordeones de navegaciones; querríamos arañar la eternidad y a patadas, abofeteándola, agujerear su acerbo y colosal acero; olorosos a tinajas y a tonelería o a la esposa fiel, a lágrima deshabitada, a lo chileno pospretérito o como ruinoso y relampagueante, nuestros viejos sueños de antaño ya hogaño son delirio, nuestros viejos sueños de antaño, son llanto usado y candelabros de espantajos, valores de orden y categorías sin vivencias.
 
Envejeciendo con nosotros, la época en desintegración entra en coma, entra en sombra, entra toda la gran tiniebla de quien rodase periclitando, pero por adentro le sacamos los nuevos estilos contra los viejos estilos arrastrándolos del infierno de los cabellos restableciendo lo inaudito de la juventud, el ser rebelde, insurgente, silvestre e iconoclasta.
 
La idolatrábamos, e idolatrándola, nos revolcábamos en la clandestinidad de la mujer ajena y retornábamos como sudando lo humano, chorreando lo humano, llorando lo humano, o despavoridos o acaso más humanos que lo más humano entre lo más humano, más bestias humanas, más error, más dolor, más terror, porque el hombre es precisamente aquello, lo que deviene sublimidad en la gran caída, flor de victorias-derrotas llamando, gritando, llorando por lo desaparecido, como grandes, tremendos mares-océanos degollándose en oleajes, criatura de aventura contra el destino, voz de los naufragios en los naufragios resplandeciendo, estrella de tinieblas, ahora no caemos porque no podemos y como no caemos, a la misma altura, morimos, porque el cuero del cuerpo, como los viejos veleros, se prueba en la tormenta; del dolor del error salió la poesía, del dolor del error y el hombre enorme, contradictorio, deforme, acumulado, el hombre es el eslabón perdido de una gran cadena de miserias, el hombre expoliado y azotado por el hombre, y hoy devuelvo a la especie la angustia individual; adentro del corazón ardiendo nosotros la amamantamos con fracasos que son batallas completamente ganadas en literatura, contra la literatura; la amamos y la amábamos con todo lo hondo del espíritu, furiosos con nosotros, hipnotizados, horrorizados, idiotizados, con el ser montañés que éramos, agrario-oceánicos de Chile, ahora es ceniza, ceniza y convicción materialista, ceniza y desesperación helada, lo trágico enigmático, paloma del mundo e historia del mundo, y aquella belleza inmensa e idolatrada, Luisa Anabalón, entrañas.

Ruge la muerte con la cabeza ensangrentada y sonríe pateándonos, y yo estoy solo, terriblemente solo, medio a medio de la multitud que amo y canto, solo y funeral como en la adolescencia, solo, solo entre los grandes murallones de las provincias despavoridas, solo y vacío, solo y oscuro, solo y remoto, solo y extraño, solo y tremendo, enfrentándome a la certidumbre de hundirme para siempre en las tinieblas sin haberla inmortalizado con barro llorado, y extraño como un lobo de mar en las lagunas.

Los años náufragos escarban, arañan, espantan son demoníacos y ardientes como serpientes de azufre, porque son besos rugiendo, pueblos blandiendo la contradicción, gestos mordiendo, el pan candeal quemado del presente, esta cosa hueca y siniestra de saberse derrumbándose, cayendo al abismo abierto por nosotros mismos, adentro de nosotros mismos, con nosotros mismos que nos fuimos cavando y alimentando de vísceras.

Así se está rígido, en círculo, como en un ataúd redondo y como de ida y vuelta, aserruchando sombra, hachando sombra, apuñalando sombra, viajando en un tren desorbitado y amargo que anda tronchado en tres mitades y llora inmóvil, sin itinerario ni línea, ni conductor, ni brújula, y es como si todo se hubiese cortado la lengua entera con un pedazo de andrajo.
 
Muertas las personas, las costumbres, las palabras, las ciudades en las que todas las murallas están caídas, como guitarras de desolación, y las hojas profundas, yertas, yo ando tronando, desorientado, y en gran cantidad melancólicamente uncido a antiguas cosas arcaicas que periclitaron, a maneras de ser que son yerbajos o lagartos de ruinas, y me parece que las vías públicas son versos añejos y traicionados o cirios llovidos; la emotividad épica se desgarra universalmente en el asesinato general del mundo, planificado por los verdugos de los pueblos, a la espalda de los pueblos entre las grandes alcantarillas de dólares, o cuando miramos al mistificador, ahíto de banquetes episcopales hartarse de condecoraciones y dinero con pelos, hincharse y doparse enmascarándose en una gran causa humana y refocilándose como un gran demonio y un gran podrido y un gran engendro de Judas condecorado de bienestar burgués sobre el hambre gigante de las masas, relajándolas y humillándolas.
 
Encima de bancos de palo que resuenan como tabernas, como mítines, como iglesias o como sepulcros, como acordeones de ladrones de mar en las oceanías de las cárceles o como átomos en desintegración, sentados los ancianos me aguardan desde cinco siglos hace con los brazos cruzados a la espalda, a la espalda de las montañas huracanadas que les golpean los testículos, arrojándolos a la sensualidad de la ancianidad, que es terrible, arrojándolos a patadas de los hogares y de las ciudades, porque estos viejos lesos son todos trágicos, arrojándolos, como guiñapos o pingajos, a la nada quebrada de los apátridas a los que nadie quiere porque nadie teme.
 
Entiendo el infierno universal, y como no estoy viviendo en el techo del cielo, me ofende personalmente la agresión arcangélica de la Iglesia y del Estado, el "nido de ratas", y la clínica metafísica de "el arte por el arte", la puñalada oscuramente aceitada de flor y la cuchillada con serrucho de los contemporáneos, que son panteón de arañas, el ojo de lobo del culebrón literario, todo amarillo, elaborando con desacatos la bomba cargada de versiones horizontales, la manzana y la naranja envenenadas; contemplo los incendios lamiendo los penachos muertos, apuñalada la montaña en el estómago y el torreón de los extranjeros derrumbándose, veo como fuegos de gas formeno, veo como vientos huracanados los fenómenos, y desde adentro de las tinieblas a las que voy entrando por un portalón con intuición de desesperación y costillares de ataúdes, la antigua vida se me revuelve en las entrañas.
 
La miseria social me ofende personalmente, y al resonar en mi corazón las altas y anchas masas humanas, las altas y anchas masas de hoy, como una gran tormenta me va cruzando, apenas soy yo mismo íntegro porque soy mundo humano, soy el retrato bestial de la sociedad partida en clases, y hoy por hoy trabajo mi estilo arando los descalabros.
 
Las batallas ganadas son heridas marchitas, pétalos de una gran rosa sangrienta, por lo tanto combato de acuerdo con mi condición de insurgente, dando al pueblo voz y estilo,  sabiendo que perderé la guerra eterna, que como el todo me acosa y soy uno entero, mientras más persona del cosmos asuma, será más integral la última ruina; parece que encienden lámparas en otro siglo del siglo, en otro mundo del mundo ya caído, el olvido echa violetas muertas en las tumbas y todo lo oscuro se reúne en torno a mi sombra, mi sombra, mi sombra a edad remota comparable o a batea de aldea en la montaña, y el porvenir es un sable de sangre.
 
No atardeciendo paz, sino el sino furioso de los crepúsculos guillotinados, la batalla campal de los agonizantes, y la guerra oscura del sol contra sí mismo, la matanza que ejecuta la naturaleza inmortal y asesina, como comadrona de fusilamientos.
 
Esculpí el mito del mundo en las metáforas, la imagen de los explotados y los azotados de mi época y di vocabulario al ser corriente sometido al infinito, multitudes y muchedumbres al reflejar mi voz su poesía, la poesía se sublimó en expresión de todos los pueblos, el anónimo y el decrépito y el expósito hablaron su lengua y emergió desde las bases la mitología general de Chile y el dolor colonial enarbolando su ametralladora; militante del lenguaje nuevo, contra el lenguaje viejo enfilo mi caballo; ahora las formas épicas que entraron en conflicto con los monstruos usados como zapatos de tiburón muerto, o dieron batalla a los sirvientes de los verdugos de los sirvientes, transforman las derrotas en victorias, que son derrotas victoriosas y son victorias derrotosas, el palo de llanto del fracaso en una rosa negra, pero yo estoy ansioso a la ribera del suceder dialéctico, que es instantáneamente pretérito, sollozando entre vinos viejos, otoños viejos, ritos viejos de las viejas maletas de la apostasía universal, protestando y pateando, y el pabellón de la juventud resplandece de huracanes despedazados, su canción vecinal y trágica como aquella paloma enferma, como un puñal de león enfurecido, como una sepultura viuda o un antiguo difunto herido que se pusiera a llorar a gritos.

Ya no se trilla a yegua ni se traduce a Heráclito, y Demócrito es desconocido del gran artista, nadie ahora lee a Teognis de Megara, ni topea en la ramada coral, amamantado con la guañaca rural de la República, el subterráneo familiar es la sub-conciencia o la in-conciencia que alumbran pálidas o negras lámparas, y todos los viajeros de la edad estamos como acuchillados y andamos como ensangrentados de fantasmas y catástrofes, quemados, chorreados, apaleados del barro con llanto de la vida, con la muleta de la soledad huracanando las veredas y las escuelas.

Avanza el temporal de los reumatismos y las arterias endurecidas son látigos que azotan el musgoso y mohoso y lúgubre caminar del sesentón, su cara de cadáver apaleado, porque se van haciendo los viejos piedras de sepulcros, tumba y respetuosidad, es decir: la hoja caída y la lástima el sexo del muerto que está boca-arriba adentro de la tierra, como vasija definitivamente vacía.

Como si fuera otro volveré a las aldeas de la adolescencia, y besaré la huella difunta de su pie florido y divino como el vuelo den picaflor o un prendedor de brillantes, pero su cintura de espiga melancólica ya no estará en mis brazos.
 
No bajando, sino subiendo al final secular, gravita la senectud despavorida, son los dientes caídos como antiguos acantilados a la orilla del mar innumerable que deviene un panteón ardiendo, la calavera erosionada y la pelambrera como de choclo abandonado en las muertas bodegas, esas están heladas y telarañosas en las que el tiempo aúlla como perro solo, y el velamen de los barcos sonando a antaño está botado en las alcantarillas del gusano; es inútil ensillar la cabalgadura de otrora, y galopar por el camino real llorando y corcoveando con caballo y todo o disparar un grito de revólver, los aperos crujen porque sufren como el costillar del jinete que no es la bestia chilena y desenfrenada con mujeres sentadas al anca, estremeciendo los potreros de sus capitanías.
 
La gran quimera de la vida humana como un lobo crucificado o aquella dulce estrella a la cual mataran todos los hijos yace como yacen yaciendo los muertos adentro del universo.
 
"Caín, Caín, ¿qué hiciste de tu hermano?", dice el héroe de la senectud cavando con ensangrentado estupor su sepulcro, la historia le patea la cabeza como una vaca rubia derrumbándolo barranca abajo, pero es leyenda él, categoría, sueño del viento acariciando los naranjos atrabiliarios de su juventud, don melancólico, y la última cana del alma se le derrama como la última hoja del álamo o la última gota de luz estremeciendo los desiertos.
 
Parten los trenes del destino, sin sentido, como navíos de fantasmas.
 
Los victoriosos están muertos, los derrotados están muertos, cuando la ancianidad apunta la escopeta negra, estupenda, en los órganos desesperados como caballo de soldado desertor, todos, no nosotros en lo agonal agonizantes, todos están agonizando, todos pero el agonizante soy yo, yo soy el agonizante entre batallas, entre congojas, entre banderas y fusiles, solo, completamente solo, y lúgubre, sin editor, plagiado y abandonado en el abismo, peleando con escombros azotados, peleando con el pretérito, por el pretérito, adentro del pretérito, en pretericiones horribles, peleando con el futuro, completamente desnudo hasta la cintura, peleando y peleando con todos vosotros, por la grandeza y la certeza de la pelea, peleando y contra-peleando a la siga maldita de la inmortalidad ajusticiada.

Entre colchones que ladran y buques náufragos con dentadura de prostitutas enfurecidas o sapos borrachos, ladrones y cabrones empapelados con pedazos de escarnio, agarrándose a una muralla por la cual se arrastran enormes arañas con ojo viscoso o hermafroditas con cierto talento de caracol haciendo un arte mínimo con pedacitos de atardecer amarillo, nos batimos a espada con el oficio del estilo, cuando en los andamios de los transatlánticos como pequeños simios con chaleco despavorido, juegan a la ruleta los grandes poetas de ahora.

Cien puñales de mar me apuñalaron y la patada estrangulada de lo imponderable, fue la ley provincial del hombre pobre que se opone al pobre hombre y es maldito, vi morir, refluir a la materia enloquecida, llorando a la más amada de las mujeres, tronchado, funerario, estupefacto, mordido de abismos, baleado y pateado por los fusileros del horror, y en tales instantes espero los acerbos días de la calavera que adviene cruzando los relámpagos con la cuchilla entre los dientes.

Voy a estallar adentro del sepulcro suicidándome en cadáver.

Como si rugiera desde todo lo hondo de los departamentos y las provincias de pétalos y jergones de aldea o mediaguas descomunales, o por debajo de los barrios sobados como látigos de triste jinete, embadurnados con estiércol de ánimas o siúticos ajusticiados, con sinuosidades y bellaquerías de una gran mala persona, acomodado a las penumbras y las culebras, clínico, el complejo de inferioridad y resentimiento se asoma roncando en las amistosidades añejas, con el gran puñal-amistad chorreado de vino, chorreado de adulaciones, chorreado de sebo comunal, y al agarrar la misericordia, y azotar con afecto al fantasma, sonríe el diente de oro de la envidia, la joroba social, lo inhibidísimo, la discordia total, subterránea, en la problemática del fracasado, escupiéndonos los zapatos abandonados en las heroicas bravuras antiguas.

Todos los ofidios hacen los estilos disminuidos de las alcobas e invaden la basura de la literatura, de la literatura universal, que es la pequeña cabeza tremenda del jíbaro de la época, agarrándose del cogote del mundo, agarrándose de los calzoncillos de "Dios", agarrándose de los estropajos del sol, de la literatura del éxito, el aguardiente pálido y pornográfico de los académicos o formalistas u onanistas o figuristas o asesinos descabezados o pervertidos sexuales con el vientre rugiente como una catedral o una diagonal entre Sodoma y Gomorra, la cama de baba con las orejas negras como un huevo de difunto o un veneno letal administrado por carajos eclesiásticos, y el arte grande y popular les araña la guata de murciélagos del infierno con fierros ardiendo, el abdomen de rana o de ramera para el día domingo.
 
Aquellas personas horrendas, revolcándose en el pantano de los desclasados del idealismo o masturbándose o suicidándose a patadas ellos contra ellos, mientras el denominador común humano total se muere de hambre en las cavernas de la civilización, y "la cultura capitalista" desgarra a dentelladas la desgracia de la infancia proletaria con el Imperialismo, o la tuberculosis es una gran señora que se divierte fotografiando los moribundos estimulándose las hormonas con la caridad sádico-metafísica, especie de brebaje de degolladores, y la clase rectora, tan idiota como habilísima e imbécil, nos alarga un litro de vino envenenado o un gobierno de carabinas...
 
Medio a medio de este billete con heliotropos agusanados o demagogos de material plástico o borrachos anti-dionisíacos simoníacos o demoníacos, nuestra heroicidad vieja de labriegos se afirma en los estribos huracanados y afila la cuchilla, pero pelea con la propia, terrible sombra enfrentándose al cosmopolita desde todo lo hondo de la nacionalidad a la universalidad lanzada y estrujándose el corazón, se extrae el lenguaje.
 
La soledad heroica nos confronta con la ametralladora y el ajenjo del inadaptado y nos enfrenta a la bohemia del piojo sublime del romanticismo, entonces, o ejecutamos como ejecutamos, la faena de la creación oscura y definitiva en el anonimato universal arrinconándonos, o caemos de rodillas en el éxito por el éxito, aclamados y coronados por picaros y escandalosos, vivientes y sirvientes del banquete civil, acomodados a la naipada, comedores en panteones de panoplias y botellas metafísicas, porque el hombre ama la belleza y la mujer retratándolas y retratándose como proceso y como complejo, en ese vórtice que sublima lo cuotidiano en lo infinito.

Completamente ahítos como queridos de antiguos monarcas más o menos pelados, desintegrados y rabones, caminan por encima de la realidad gesticulando, creyendo que el sueño es el hecho, que disminuyendo se logran síntesis y categorías, que la manea es la grandeza y aplaudidos por enemigos nos insultan, como cadáveres de certámenes enloquecidos que se pusiesen de pie de repente, rajando los pesados gangochos en los que estaban forrados y amortajados a la manera de antaño, llorando y pataleando, gritando y pataleando en mares de sangre inexorable, dopados con salarios robados en expoliaciones milenarias y cavernarias ejecuciones de cómplices.
 
El aullido general de la miseria imperialista da la tónica a mi rebelión, escribo con cuchillo y pólvora, a la sombra de las pataguas de Curicó, anchas como vacas, los padecimientos de mi corazón y del corazón de mi pueblo, adentro del pueblo y los pueblos del mundo y el relincho de los caballos desensillados o las bestias chúcaras.

Y como yo ando buscando los pasos perdidos de lo que no existió nunca, o el origen del hombre en el vocabulario, la raíz animal de la Belleza con estupor y errores labrada, y la tónica de las altas y anchas muchedumbres en las altas y anchas multitudes del país secular de Chile, el ser heroico está rugiendo en nuestra épica nueva, condicionado por el espanto nacional del contenido; como seguramente lloro durmiendo a lágrimas piramidales que estallan, las escrituras que son sueño sujeto a una cadena inexorable e imagen que nadie deshace ni comprendió jamás, arrastran las napas de sangre que corren por debajo de la Humanidad y al auto degollarse en el lenguaje, organizándolo, el lenguaje mío me supera, y mi cabeza es un montón de escombros que se incendian, una guitarra muerta, una gran casa de dolor abandonada; el junio o julio helado me abrigan de sollozos y aunque estos viejos huesos de acero vegetal se oponen a la invasión de la nada que avanza con su matraca espeluznante, comprendo que transformo fuerzas por aniquilamiento y devengo otro suceso en la naturaleza.
 
Oh! antiguo esplendor perdido entre monedas y maletas de cementerio, oh! pathos clásico, oh! atrabiliario corazón enamorado de una gran bandera despedazada, la desgracia total, definitiva está acechándonos con su bandeja de cabezas degolladas en el desfiladero.
 
Retornan los vacunos del crepúsculo tranco a tranco, a los establos lugareños, con heno tremendo, porque los asesinarán a la madrugada, y rumiando se creen felices al aguardar la caricia de la cuchilla, el hombre, como el toro o como el lobo se derrumba en su lecho que es acaso su sepulcro, contento como jumento de panadería.
 
Si todos los muertos se alzasen de adentro de todos los viejos, entre matanzas y campanas, se embanderaría de luz negra la tierra, e iría como un ataúd cruzando lo oceánico con las alas quebradas de las arboladuras.

A la agonía de la burguesía, le corresponde esta gran protesta social de la poesía revolucionaria, y los ímpetus dionisíacos tronchados o como bramando por la victoria universal del comunismo, o relampagueando a la manera de una gran espada o cantando como el pan en la casa modesta emergen de la sociedad en desintegración que reflejo en acusaciones públicas, levantadas como barricadas en las encrucijadas del arte; mis poemas son banderas y ametralladoras, salen del hambre nacional hacia la entraña de la explotación humana, y como rebota en Latinoamérica el impacto mundial de la infinita energía socialista que asoma en las auroras del proletariado rugiente, saludo desde adentro del anocheciendo la calandria madrugadora; y aunque me atore de adioses que son espigas y vendimias de otoños muy maduros, el levantamiento general de las colonias, los azotados y los fusilados de la tierra encima del ocaso de los explotadores y la caída de la esclavitud contra los propios escombros de sus verdugos, una gran euforia auroral satura mis padecimientos y resuena la trompeta de la victoria en los quillayes y los maitenes del sol licantenino.

Parezco un general caído en las trincheras, ajusticiado y sin embargo acometedor en grande coraje: capaz de matar por la libertad o la justicia, dolorido y convencido de todo lo heroico del Arte Grande, bañando de recuerdos tu sepulcro que se parece a una inmensa religión atea, a plena conciencia de la inutilidad de todos los lamentos, porque ya queda apenas de la divina, peregrina, grecolatina flor, la voz de las generaciones.
 
Indiscutiblemente soy pueblo ardiendo, entraña de roto y de huaso, y la masa humana me duele, me arde, me ruge en la médula envejecida como montura de inquilino del Mataquito, por eso comprendo al proletariado no como pingajo de oportunidades bárbaras, sino como hijo y padre de esa gran fuerza concreta de todos los pueblos, que empuja la historia con sudor heroico y terrible sacando del arcano universal la felicidad del hombre, sacando del andrajo espigas y panales.

Los demonios enfurecidos con un pedazo de escopeta en el hocico, o el antiguo y eximio caimán de terror desensillándose, revolcándose, refocilándose, entre escobas de fuego y muelas de piedra y auroras de hierro gasificado piden que me fusilen, y mis plagiarios que me ahorquen con un sapo de santo en el cogote.

Luchando con endriagos y profetas emboscados en grandes verdades, con mártires de títeres hechos con zapatos viejos en material peligrosísimo y de pólvora, usados por debajo del cinturón reglamentario, enfermó mi estupor cordillerano de civilización urbana; en tristes, terribles sucesos, no siembro trigo como los abuelos, siembro gritos de rebelión en los pueblos hambrientos, la hospitalidad provincial empina la calabaza y nos emborrachamos como dioses que devienen pobres, se convierten en atardeceres públicos y echan la pena afuera dramáticamente, caballos de antaño, y emerge el jinete de la épica social americana todo creando solo; recuerdo al amigo Rabelais y al compadre Miguel de Cervantes, tomando mi cacho labrado en los mesones de las tabernas antiquísimas, las bodegas y las chinganas flor de invierno, y agarro de la solapa de la chaqueta a la retórico-poética del siútico edificado con escupitajos de cadáver, comparto con proletarios, con marineros, con empleados, con campesinos de "3a clase", mi causeo y mi botella, bebo con arrieros y desprecio a la intelectualidad podrida.
 
A la aldea departamental llegaron los desaforados, y un sigilo de alpargatas se agarró del caserón de los tatarabuelos, entre las monturas y las coyundas sacratísimas del polvoso antepasado remoto, la culebra en muletas del clandestina je habita, el tinterillo y el asesino legal hacen sonar sus bastones de ladrones y de camaleones de la gran chancleta y la mala persona arrojó a las mandíbulas del can aventurero la heredad desgarradoramente familiar de las montañas de Licantén y las vegas nativas de los costinos en donde impera la lenteja real de Jacob y Esaú y la pregunta blanca de la gaviota.
 
Como billete sucio en los bolsillos del pantalón del alma el tiempo inútil va dejando su borra de toneles desocupados, y echando claveles de acaeceros marchitos a la laguna de la amargura; buscamos lo rancio en las despensas y en la tristeza: el queso viviendo muerto en los múltiplos de las oxidaciones que estallan como palancas, las canciones arcaicas y la penicilina de los hongos remotos, con sombrero de catástrofes.
 
El nombre rugiente va botado, encadenado, ardiendo como revólver rojo a la cintura del olvido, como ramo de llanto, como hueso de viento, como saco de cantos o consigna ineluctable, como biblioteca sin bibliotecario, como gran botella oceánica, como bandera de quijadas de oro, y dicen las gentes por debajo del poncho: "renovó con "Los Gemidos" la literatura castellana", como quien hablara de un muerto ilustre a la orilla del mar desaparecido.

Contra la garra bárbara de Yanquilandia que origina la poesía del colonialismo en los esclavos y los cipayos ensangrentados, contra la guerra, contra la bestia imperial, yo levanto el realismo popular constructivo, la epopeya embanderada de dolor insular, heroica y remota en las generaciones, sirvo al pueblo en poemas y si mis cantos son amargos y acumulados de horrores ácidos y trágicos o atrabiliarios como océanos en libertad, yo doy la forma épica al pantano de sangre caliente clamando por debajo en los temarios americanos; la caída fatal de los imperios económicos refleja en mí su panfleto de cuatrero vil, yo lo escupo transformándolo en imprecación y en acusación poética, que emplaza las masas en la batalla por la liberación humana, y tallando el escarnio bestial del imperialismo lo arrojo a la cara de la canalla explotadora, a la cara de la oligarquía mundial, a la cara de la aristocracia feudal de la República y de los poetas encadenados con hocico de rufianes intelectuales; gente de fuerte envergadura, opongo la bayoneta de la insurgencia colonial a la retórica capitalista, el canto del macho anciano, popular y autocrítico tanto al masturbador arte purista, como al embaucador populachista, que entretiene a las muchedumbres y frena las masas obreras, y al anunciar la sociedad nueva, al poema enrojecido de dolor nacional, le emergen por adentro de las rojas pólvoras, grandes guitarras dulces, y la sandía colosal de la alegría

No ingresaremos al huracán de silencio con huesos de las jubilaciones públicas, a conquistar criadas y a calumniar los polvorosos ámbitos jamás, el corazón sabrá rajarse en el instante preciso y definitivo como la castaña muy madura haciendo retumbar los extramuros, haciendo rodar, bramando, llorar la tierra inmensa de las sepulturas

Si no fui más que un gran poeta con los brazos quebrados y el acordeón del Emperador de los aventureros o el espanto del mar me llamaban al alma, soy un guerrero del estilo como destino, apenas, un soñador acongojado de haber soñado y estar soñando, un "expósito" y un "apátrida" de mi época, y el arrepentimiento de lo que no hicimos, corazón, nos taladra las entrañas como polilla del espíritu, aserruchándonos.
 
A la luz secular de una niña muerta, madre de hombres y mujeres, voy andando y agonizando.

El cadáver del sol y mi cadáver con la materia horriblemente eterna, me azotan la cara desde todo, lo hondo de los siglos, y escucho aquí, llorando, así, la espantosa clarinada migratoria.
 
No fui dueño de fundo, ni marino, ni atorrante, ni contrabandista o arriero cordillerano, mi voluntad no tuvo caballos ni mujeres en la edad madura y a mi amor lo arrasó la muerte azotándolo con su aldabón tronchado, despedazado e inútil y su huracán oliendo a manzana asesinada.

Contemplándome o estrellándome en todos los espejos rotos de la nada, polvoso y ultra remoto desde el origen.

El callejón de los ancianos muere donde mueren las últimas águilas...

Soy el abuelo y tú una inmensa sombra, el gran lenguaje de imágenes inexorables, nacional-internacional, inaudito y extraído del subterráneo universal, engendra la calumnia, la difamación, la mentira, rodeándome de chacales ensangrentados que me golpean la espalda, y cuando yo hablo ofendo el rencor anormal del pequeño; he llegado a esa altura irreparable en la que todos estamos solos, Luisa Anabalón, y como yo emerjo acumulando toda la soledad que me dejaste derrumbándote, destrozándote, desgarrándote contra la nada en un clamor de horror, me rodea la soledad definitiva; sé perfectamente que la opinión pública de Chile y todo lo humano están conmigo, que el pulso del mundo es mi pulso y por adentro de mi condición fatal galopa el potro del siglo la carretera de la existencia, que la desgarrada telaraña literaria está levantando un monumento a nuestra antigua heroicidad, pero no puedo superar lo insuperable.
 
Como los troncos añosos de la vieja alameda muerta, lleno de nidos y panales, voy amontonando inviernos sobre inviernos en las palabras ya cansadas con el peso tremendo de la eternidad ...

Tranqueo los pueblos rugiendo libros, sudando libros, mordiendo libros y terrores contra un régimen que asesina niños, mujeres, viejos con macabro trabajo esclavo, arrinconando en su ataúd a la pequeña madre obrera en la flor de su ternura, ando y hablo entre mártires tristes y héroes de la espoliación, sacando mi clarinada a la vanguardia de las épocas, oscura e imprecatoria de adentro del espanto local que levanta su muralla de puñales y de fusiles.

El Díaz y el Loyola de los arcaicos genes ibero-vascos están muriendo en mí como murieron cuando agonizaba tu perfil colosal, marino, grecolatino, vikingo, las antiguas diosas mediterráneas de los Anabalones del Egeo y las walkirias de Winétt-hidromiel, adiós! ... cae la noche herida en todo lo eterno por los balazos del sol decapitado que se derrumba gritando cielo abajo...