febrero 25, 2014

Tres poemas de Miguel Arteche




I. El frío.

De mi matriz a la cuna
y de la cuna hacia el río:
y en el río vas al mar,
hijo.

Madre,
pero en el mar siento el frío.

De mi matriz a la tierra
no será largo el camino,
y en la tierra yo estaré
contigo

Madre,
pero en el mar siento el frío.

De la matriz a la noche
se va lo tuyo se va lo mío;
mas la noche será tierna
para nosotros, hijo.

Madre,
¿y si la noche es el frío?


II. Canción del río indiferente.

Cuando las soledades metálicas de las ruedas hicieron
vibrar tu cabeza rasgada por estrellas
-rápido, señorial, antiguo,
inmutable, prisionero por las islas de arena-,
reposaste fluyendo, en la noche, en la muerte.

Cuando la punta yerta de la flecha se hundió en tierra,
y el cuerpo sigiloso del conquistador, vencido, cayó en tierra
haciéndose igualmente hueso: tú entrabas en el mar,
te detenías huyendo, en la noche, en la muerte.

Cuando todo sea olvidado (porque todo será olvidado);
cuando no recordemos quiénes fuimos bajo ese árbol que ha de ser
una mesa,
y cuando la mesa se transforme en el fuego,
y cuando todo se restituya en ti -¡oh madre tierra!-, en tu terrón
amargo:
tú fluirás cantando, seguramente cantando
en la noche, en la muerte.

No hay tiempo si en el agua de diamante...

No hay tiempo si en el agua de diamante
que roza nuestros cuerpos
tú y yo nos sumergimos : el agua tuya con el agua mía
de tu boca , y apenas el hundir
de los secretos labios en el mar.
Sólo tu piel abierta
como la abierta noche de la noche
donde tus muslos amanecen.
Y el silencio en los olivos.

 

III. Aeropuerto.

Nada hay tan desolado como un aeropuerto al amanecer.
Si alguien dormita,
si parece que alguien lee,
si se encienden las pupilas rojas que indican la salida
de algún avión: si Londres, si Ginebra,
si Río, si Santiago, si
te llaman por los altavoces,
si llegas acezando, si pronuncias
un nombre: si abrazas y te odias,
si te queman las palabras que has guardado,
si el dinero que circula
entre un señor y otro señor.
No hay nada
tan desolado como un aeropuerto al amanecer.

Porque todos saben que tienen que partir, y no lo saben:
deben viajar hacia otros cielos, llegar hasta otras tierras,
y a eso llaman partir.
Pero no saben, o quieren olvidarlo,
o simplemente les da náuseas,
que no hay sino partidas desde que llegamos a este
mundo,
y una sola gran partida
donde no hay mano que te ayude, ni instrumentos de
vuelo,
ni tripulación que vele el largo viaje.

Y de pronto se han ido los viajeros,
cruzan soñolientos los pilotos.
Y como ya te has despedido
y te quedas sin compañía en el inmenso edificio,
parece que alguien te llama
en la desolación que nace de todo aeropuerto cuando
comienza a amanecer.

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