agosto 10, 2014

Roce I / Andrea Maturana

 
 
 
 
Nadia camina cansada por la calle. el cansancio se le nota en los ojos, en la mirada torcida y en el andar sin norte; camina como si le hiciera falta equilibrio; como sino tuviera centro. La lluvia le cae libremente por el pelo, escurriéndole por el abrigo. cada cierto rato se sacude el exceso de agua, sin poner en ello demasiada atención.
Siente en la piel el dolor de haber sido musa inspiradora de tantos hombres que nunca dieron la vida por ella, que nunca le hicieron sentir placer, que no pudieron penetrarla. Ese dolor se le nota en el gesto de sobarse los brazos a sí misma, como buscándose el contacto desconocido.
En otro tiempo se habría sentido orgullosa. En otros tiempos se sintió, efectivamente, orgullosa de ser el motivo del que partía el color en decenas de cuadros, de ser personaje de novelas, de que su mirada (ahora torcida), fuera tema de innumerables  poesías. Ahora sólo le queda el dolor; a veces algo de rabia; también mucho de soledad.
Tiene todas sus cosas repartidas; su ropa circula entre los armarios de sus parientes y bajo la cama de algunos amigos; sus sensaciones en boca y piel de otros; su cuerpo en fotografías, telas y letras; sus ojos en los ojos de los que se inspiraron en ella; sus hijos en cualquier parte, con cualquier hombre que no amó y que ya no recuerda bien.
Rodrigo camina lento, tratando de disimular que está triste. Se nota en el no levantar la vista y en la longitud de sus pasos, que uno a uno parecen mantenerlo donde mismo. El pelo mojado se le pega en las mejillas, pero no le incomoda.
Piensa en todas las mujeres que se le escurrieron entre los brazos; piensa que ninguna se sintió hembra a su lado; que todas fueron madre o hermana o amiga;  piensa que el sexo le fue concebido siempre como un favor, y que nunca lo dio él como un favor a nadie. No ha dejado jamás a una mujer. Ellas lo han dejado ir, calificando de práctico, de concreto. Un tiempo caminó mirando como un perdido en todas direcciones, con la esperanza de encontrar, en el gesto, la mujer que pudiera tocarlo con propiedad y con fuerza, la que no le pidiera regalos ni palabras. Camina sin demasiado rumbo sólo para hacer tiempo. 
Nadia y Rodrigo se acercan poco a poco caminando en sentido contrario, sin saber el uno de la existencia del otro. Nadia con la mirada torcida y Rodrigo con la vista baja, entre millones de personas de gesto indistinguible.
Por un segundo Rodrigo ve los pies de ella demasiado cerca, y Nadia ve su figura o su pelo enfrente, pero llevan el impulso de miles de años y no alcanzan a detenerse. En el choque no se miran. Rodrigo siente en su pecho los pechos de Nadia. Se sienten firmes, vivos, reales. Siente en la cara el pelo de Nadia que con el impulso se le entremete en la boca y en los ojos, siente uno de los brazos de ella que se adelantó y le rozó el costado, y que podría quedarse ahí por un tiempo indefinido, que ese abrazo lo sostiene, que ella es su igual.
Nadia esperaba que él hiciera alusión a su belleza, a sus ojos, a su incorporeidad. Pero él no la mira y Nadia sólo percibe el contacto de su cuerpo, firme, ancho, abarcador. la pierna de Rodrigo entre las dos piernas de Nadia abriéndole un espacio, la mano de Rodrigo en la cintura de Nadia para detener el impacto. Permanecen así un momento, quietos, incrédulos,  abrazando él una mujer con cuerpo y abrazando ella un hombre que la incursiona sin mirarla. Permanecen  así un momento con la esperanza de que algo suceda que los congele ahí, mirando de frente el camino que deberían tomar.
Después se separan, lentamente, en un afán de eternizar el encuentro; se ordenan las ropas y las sensaciones y retoman de a poco el ritmo de los pasos, alejándose, con cada uno, del otro.
Rodrigo, con la vista baja, llora porque fue hermoso.
Nadia , con la mirada torcida, llora porque fue efímero.

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