enero 15, 2014

Tres poemas de Juan Gelman.


 
 
 
I. Arte poética

Entre tantos oficios ejerzo éste que no es mío, 
como un amo implacable
me obliga a trabajar de día, de noche,
con dolor, con amor,
bajo la lluvia, en la catástrofe,
cuando se abren los brazos de la ternura o del, alma,
cuando la enfermedad hunde las manos. 
A este oficio me obligan los dolores ajenos,
las lágrimas, los pañuelos saludadores,
las promesas en medio del otoño o del fuego,
los besos del encuentro, los besos del adiós,
todo me obliga a trabajar con las palabras, con la sangre. 
Nunca fui el dueño de mis cenizas, mis versos,
rostros oscuros los escriben como tirar contra la muerte.


 
II. Lo que pasa

Yo te entregué mi sangre, mis sonidos,
mis manos, mi cabeza,
y lo que es más, mi soledad, la gran señora,
como un día de mayo dulcísimo de otoño,
y lo que es más aún, todo mi olvido
para que lo deshagas y dures en la noche, en la
tormenta, en la desgracia,
y más aún, te di mi muerte,
veré subir tu rostro entre el oleaje de las sombras,
y aún no puedo abarcarte, sigues creciendo como
un fuego, y me destruyes, me construyes, eres oscura como
la luz.

 

III. Lluvia

Hoy llueve mucho, mucho,
y pareciera que están lavando el mundo
mi vecino de al lado mira la lluvia
y piensa escribir una carta de amor
una carta a la mujer que vive con él
y le cocina y le lava la ropa y hace el amor con él
y se parece a su sombra/
mi vecino nunca le dice palabras de amor a la mujer
entra a la casa por la ventana y no por la puerta
por una puerta se entra a muchos sitios
al trabajo, al cuartel, a la cárcel,
a todos los edificios del mundo
pero no al mundo
ni a una mujer
ni al alma
es decir a ese cajón o nave o lluvia que llamamos así
como hoy
que llueve mucho
y me cuesta escribir la palabra amor
porque el amor es una cosa y la palabra amor es otra cosa
y sólo el alma sabe dónde las dos se encuentran
y cuándo
y cómo
pero el alma qué puede explicar
por eso mi vecino tiene tormentas en la boca
palabras que naufragan
palabras que no saben que hay sol porque nacen y
mueren la misma noche en que amó
y dejan cartas en el pensamiento que él nunca escribirá
como el silencio que hay entre dos rosas
o como yo
que escribo palabras para volver
a mi vecino que mira la lluvia
a la lluvia
a mi corazón desterrado.

enero 14, 2014

Sueño azul / Elicura Chihuailaf.



 La casa azul en que nací está situada en una colina
 rodeada de hualles, un sauce, castaños nogales
 un aromo primaveral en invierno -un sol
 con dulzor a miel de ulmos-
 chilcos rodeados a su vez de picaflores
 que no sabíamos si eran realidad o visión ¡tan efímeros!
 En invierno sentimos caer los robles partidos por los rayos
 En los atardeceres salimos, bajo la lluvia o los arreboles, a
 buscar las ovejas
 (a veces tuvimos que llorar la muerte de alguna de ellas,
 navegando sobre las aguas).
 Por las noches oímos los cantos,
 cuentos y adivinanzas a orillas del fogón
 respirando el aroma del pan horneado por mi abuela,
 mi madre, o la tía María
 mientras mi padre y mi abuelo
 -Lonko de la comunidad-
 observaban con atención y respeto.
 Hablo de la memoria de mi niñez
 y no de una sociedad idílica.
 Allí, me parece, aprendí lo que era la poesía
 las grandezas de la vida cotidiana,
 pero sobre todo sus detalles
 el destello del fuego,
 de los ojos,
 de las manos.
 Sentado en las rodillas de mi abuela
 oí las primeras historias de árboles
 y piedras que dialogan entre sí,
 con los animales y con la gente
 Nada más, me decía, hay que aprender
 a interpretar sus signos
 y a percibir sus sonidos que suelen esconderse
 en el viento
 tal como mi madre ahora,
 ella era silenciosa y tenía una paciencia a toda prueba
 Solía verla caminar de un lugar a otro,
 haciendo girar el huso, retorciendo la blancura de la lana
 Hilos que en el telar de las noches
 se iban convirtiendo en hermosos tejidos.
 Como mis hermanos y hermanas -más de una
 vez- intenté aprender ese arte, sin éxito
 pero guardé en mi memoria el contenido
 de los dibujos
 que hablaban de la creación y resurgimiento del mundo mapuche
 de fuerzas protectoras, de volcanes, de flores y aves.
 También con mi abuelo compartimos muchas noches a la intemperie
 Largos silencios, largos relatos que nos
 hablaban del origen de la gente nuestra
 del primer espíritu mapuche arrojado desde
 el Azul de las almas que colgaban en el infinito
 como estrellas.
 Nos enseñaba los caminos del cielo, sus ríos, sus señales.
 Cada primavera lo veía portando flores en sus
 orejas y en la solapa de su vestón
 o caminando descalzo sobre el rocío de la mañana.
 También lo recuerdo cabalgando bajo la lluvia
 torrencial de un invierno entre bosques enormes.
 Era un hombre delgado y firme
 Vagando entre riachuelos, bosques y nubes
 veo pasar las estaciones:
 brotes de Luna fría
 (invierno),
 Luna del verdor (primavera).
 Luna de los primeros frutos
 (fin de la primavera y comienzo del verano)
 Luna de los frutos abundantes
 (verano)
 y Luna de los brotes cenicientos 
 (otoño)
 Salgo con mi madre y mi padre a buscar
 remedios y hongos
 La menta para el estómago, 
 el toronjil para la pena
 el matico para el hígado y para las heridas
 el coralillo para los riñones 
 -iba diciendo ella bailan, bailan, los remedios de la montaña
 -agregaba él haciendo que levantara las hierbas entre mis manos.
 Aprendo entonces los nombres de las flores y de las plantas.
 Los insectos cumplen su función.
 Nada está de más en este mundo
 El universo es una dualidad:
 lo bueno no existe sin lo malo
 La Tierra no pertenece a la gente
 Mapuche significa Gente de la Tierra
 -me iban diciendo:
 En el otoño los esteros comenzaban a brillar
 El espíritu del agua moviéndose sobre el lecho pedregoso
 el agua emergiendo desde los ojos de la Tierra.
 Cada año corría yo a la montaña para asistir
 a la maravillosa ceremonia de la naturaleza.
 Luego llegaba el invierno a purificar la Tierra
 para el inicio de los nuevos sueños y sembrados
 A veces los guairaos pasaban anunciándonos
 la enfermedad o la muerte
 Sufría yo pensando que alguno de los
 mayores que amaba
 tendría que encaminarse hacia las orillas
 del Río de las Lágrimas
 a llamar al balsero de la muerte
 para ir a encontrarse con los antepasados
 y alegrarse en el País Azul.
 Una madrugada partió mi hermano Carlitos
 Lloviznaba, era un día ceniciento.
 Salí a perderme en los bosques de la
 imaginación
 (en eso ando aún).
 El sonido de los esteros nos abraza en el otoño.
 Hoy, les digo a mis hermanas Rayén y América:
 Creo que la poesía es sólo un respirar en paz
 -como nos lo recuerda nuestro Jorge Teillier-
 mientras como Avestruz del Cielo por todas
 las tierras hago vagar mi pensamiento triste
 y a Gabi Caui Malen y Beti, les voy diciendo:
 ahora estoy en el Valle de la Luna,
 en Italia junto al poeta Gabriele Milli.
 Ahora estoy en Francia, junto a mi hermano Arauco.
 Ahora estoy en Suecia junto a Juanito Cameron
 y a Lasse Söderberg
 Ahora estoy en Alemania, junto a mi querido
 Santos Chávez y a Doris.
 Ahora estoy en Holanda, junto a Marga
 a Gonzalo Millán y a Jimena, Jan y Aafke,
 Juan y Kata.
 Llueve, llovizna, amarillea el viento en Amsterdam
 Brillan los canales en las antiguas lámparas
 de hierro y en los puentes levadizos
 Creo ver un tulipán azul, un molino cuyas
 aspas giran y despegan
 Tenemos deseos de volar:
 Vamos, que nada turbe mis sueños -me digo
 Y me dejo llevar por las nubes hacia lugares
 desconocidos por mi corazón.