septiembre 24, 2014

Canto del macho anciano / Pablo de Rokha.



Sentado a la sombra inmortal de un sepulcro, o enarbolando el gran anillo matrimonial herido a la manera de palomas que se deshojan como congojas, escarbo los últimos atardeceres.
 
Como quien arroja un libro de botellas tristes a la Mar-Océano o una enorme piedra de humo echando sin embargo espanto a los acantilados de la historia o acaso un pájaro muerto que gotea llanto, voy lanzando los peñascos inexorables del pretérito contra la muralla negra.
 
Y como ya todo es inútil, como los candados del infinito crujen en goznes mohosos, su actitud llena la tierra de lamentos.
 
Escucho el regimiento de esqueletos del gran crepúsculo, del gran crepúsculo cardíaco o demoníaco, maníaco de los enfurecidos ancianos, la trompeta acusatoria de la desgracia acumulada, el arriarse descomunal de todas las banderas, el ámbito terriblemente pálido de los fusilamientos, la angustia del soldado que agoniza entre tizanas y frazadas, a quinientas leguas abiertas del campo de batalla, y sollozo como un pabellón antiguo.
 
Hay lágrimas de hierro amontonadas, pero por adentro del invierno se levanta el hongo infernal del cataclismo personal, y catástrofes de ciudades que murieron y son polvo remoto, aullan.

Ha llegado la hora vestida de pánico en la cual todas las vidas carecen de sentido, carecen de destino, carecen de estilo y de espada, carecen de dirección, de voz, carecen de todo lo rojo y terrible de las empresas o las epopeyas o las vivencias ecuménicas, que justificarán la existencia como peligro y como suicidio; un mito enorme, equivocado, rupestre, de rumiante fue el existir; y restan las chaquetas solas del ágape inexorable, las risas caídas y el arrepentimiento invernal de los excesos, en aquel entonces antiquísimo con rasgos de santo y de demonio, cuando yo era hermoso como un toro negro y tenía las mujeres que quería y un revólver de hombre a la cintura.

Fallan las glándulas y el varón genital intimidado por el yo rabioso, se recoge a la medida del abatimiento o atardeciendo araña la perdida felicidad en los escombros; el amor nos agarró y nos estrujó como a limones desesperados, yo ando lamiendo su ternura, pero ella se diluye en la eternidad, se confunde en la eternidad, se destruye en la eternidad y aunque existo porque batallo y "mi poesía es mi militancia", todo lo eterno me rodea amenazándome y gritando desde la otra orilla.
 
Busco los musgos, las cosas usadas y estupefactas, lo pospretérito y difícil, arado de pasado e infinitamente de olvido, polvoso y mohoso como las panoplias de antaño, como las familias de antaño, como las monedas de antaño, con el resplandor de los ataúdes enfurecidos, el gigante relincho de los sombreros muertos, o aquello únicamente aquello que se está cayendo en las formas, el yo público, la figura atronadora del ser que se ahoga contradiciéndose.
 
Ahora la hembra domina, envenenada, y el vino se burla de nosotros como un cómplice de nosotros, emborrachándonos, cuando nos llevamos la copa a la boca dolorosa, acorralándonos y aculatándonos contra nosotros mismos como mitos.
 
Estamos muy cansados de escribir universos sobre universos y la inmortalidad que otrora tanto amaba el corazón adolescente, se arrastra como una pobre puta envejeciendo; sabemos que podemos escalar todas las montañas de la literatura como en la juventud heroica, que nos aguanta el ánimo el coraje suicida de los temerarios, y sin embargo yo, definitivamente viudo, definitivamente solo, definitivamente viejo,  y apuñalado de padecimientos, ejecutando la hazaña desesperada de sobrepujarme, el autorretrato de todo lo heroico de la sociedad y la naturaleza me abruma; ¿qué les sucede a los ancianos con su propia ex-combatiente sombra? se confunden con ella ardiendo y son fuego rugiendo sueño de sombra hecho de sombra, lo sombrío definitivo y un ataúd que anda llorando sombra sobre sombra.
 
Viviendo del recuerdo, amamantándome del recuerdo, el recuerdo me envuelve y al retornar a la gran soledad de la adolescencia padre y abuelo, padre de innumerables familias, rasguño los rescoldos, y la ceniza helada agranda la desesperación en la que todos están muertos entre muertos, y la más amada de las mujeres, retumba en la tumba de truenos y héroes labrada con palancas universales o como bramando.

¿En qué bosques de fusiles nos esconderemos de aquellos pellejos ardiendo? porque es terrible el seguirse a sí mismo cuando lo hicimos todo, lo quisimos todo, lo pudimos todo y se nos quebraron las manos, las manos y los dientes mordiendo hierro con fuego; y ahora como se desciende terriblemente de lo cuotidiano a lo infinito, ataúd por ataúd, desbarrancándonos como peñascos o como caballos mundo abajo, vamos con extraños, paso a paso y tranco a tranco midiendo el derrumbamiento general, calculándolo, a la sordina, y de ahí entonces la prudencia que es la derrota de la ancianidad; vacías restan las botellas, gastados los zapatos y desaparecidos los amigos más queridos, nuestro viejo tiempo, la época y tú, Winétt, colosal e inexorable.
 
Todas las cosas van siguiendo mis pisadas, ladrando desesperadamente, como un acompañamiento fúnebre, mordiendo el siniestro funeral del mundo, como el entierro nacional de las edades, y yo voy muerto andando.

Infinitamente cansado, desengañado, errado, con la sensación categórica de haberme equivocado en lo ejecutado o desperdiciado o abandonado o atropellado al avatar del destino en la inutilidad de existir y su gran carrera despedazada; comprendo y admiro a los líderes, pero soy el coordinador de la angustia del universo, el suicida que apostó su destino a la baraja de la expresionalidad y lo ganó perdiendo el derecho a perderlo, el hombre que rompe su época y arrasándola, le da categoría y régimen, pero queda hecho pedazos y a la expectativa; rompiente de jubilaciones, ariete y símbolo de piedra, anhelo ya la antigua plaza de provincia y la discusión con los pájaros, el vagabundaje y la retreta apolillada en los extramuros.
 
Está lloviendo, está lloviendo, está lloviendo, ¡ojalá siempre esté lloviendo, esté lloviendo siempre y el vendaval desenfrenado que yo soy íntegro, se asocie a la personalidad popular del huracán!

A la manera de la estación de ferrocarriles, mi situación está poblada de adioses y de ausencia, una gran lágrima enfurecida derrama tiempo con sueños y águilas tristes; cae la tarde en la literatura y no hicimos lo que pudimos, cuando hicimos lo que quisimos con nuestro pellejo.

El aventurero de los océanos deshabitados, el descubridor, el conquistador, el gobernador de naciones y el fundador de ciudades tentaculares, como un gran capitán frustrado, rememorando lo soñado como errado y vil o trocando en el escarnio celestial del vocabulario espadas por poemas, entregó la cuchilla rota del canto al soñador que arrastraría adentro del pecho universal muerto, el cadáver de un conductor de pueblos, con su bastón de mariscal tronchado y echando llamas.
 
El "borracho, bestial, lascivo e iconoclasta" como el cíclope de Eurípides, queriendo y muriendo de amor, arrasándola a la amada en temporal de besos, es ya nada ahora más que un león herido y mordido de cóndores.

Caduco en "la República asesinada" y como el dolor nacional es mío, el dolor popular me horada la palabra, desgarrándome, como si todos los niños hambrientos de Chile fueran mis parientes; el trágico y el dionisíaco naufragan en este enorme atado de lujuria en angustia, y la acometida agonal se estrella la cabeza en las murallas enarboladas de sol caído, trompetas botadas, botellas quebradas, banderas ajadas, ensangrentadas por el martirio del trabajo mal pagado; escucho la muerte roncando por debajo del mundo a la manera de las culebras, a la manera de las escopetas apuntándonos a la cabeza, a la manera de Dios, que no existió nunca.

Hueso de estatua gritando en antiguos panteones, amarillo y aterido como crucifijo de prostituta, llorando estoy, botado, con el badajo de la campana del corazón hecho pedazos,
entre cabezas destronadas, trompetas enlutadas y cataclismos, como carreta de ajusticiamiento, como espada de batallas perdidas en montañas, desiertos y desfiladeros, como zapato loco.

Anduve todos los caminos preguntando por el camino, e intuyó mi estupor que una sola ruta, la muerte adentro de la muerte edificaba su ámbito adentro de la muerte, reintegrándose en oleaje oscuro a su epicentro; he llegado adonde partiera, cansado y sudando sangre como el Jesucristo de los olivos, yo que soy su enemigo; y sé perfectamente que no va a retornar ninguno de los actos pasados o antepasados, que son el recuerdo de un recuerdo como lloviendo años difuntos del agonizante ciclópeo, porque yo siendo el mismo soy distinto, soy lo distinto mismo y lo mismo distinto; todo lo mío ya es irreparable; y la gran euforia alcohólica en la cual naufragaría el varón conyugal de entonces, conmemorando los desbordamientos felices, es hoy por hoy un vino terrible despedazando las vasijas o clavo ardiendo.

Tal como esos molos muertos del atardecer, los deseos y la ambición catastrófica, están rumiando verdad deshecha y humo en los sepulcros de los estupendos panteones extranjeros, que son ríos malditos a la orilla del mar de ceniza que llora abriendo su boca de tromba.

El garañón desenfrenado y atrabiliario, cuyos altos y anchos veinte años meaban las plazas públicas del mundo, dueño del sexo de las doncellas más hermosas y de los lazos trenzados de doce coriones, da la lástima humilladora del cazador de leones decrépito y dramático, al cual la tormenta de las pasiones acumuladas como culebras en un torreón hundido, lo azota; me repugna la sexualidad pornográfica, y el cadáver de pan enamorado de la niña morena; pero el viejo es de intuición y ensoñación e imaginación cínica como el niño o el gran poeta a caballo en el espanto, tremendamente amoral y desesperado, y como es todo un hombre a esas alturas, anda levantándoles las polleras a las hembras chilenas e internacionales y cayendo de derrota en derrota en la batalla entre los hechos y los sueños; es mentira la ancianidad agropecuaria y de égloga, porque el anciano se está vengando, cuando el anciano se está creando su pirámide; como aquellos vinos añejos, con alcohol reconcentrado en sus errores y ecos de esos que rugen como sables o como calles llenas de suburbio, desgarraríamos los toneles si pudiese la dinamita adolorida del espíritu arrasar su condensación épica, y sol caído, su concentración trágica, pero los abuelos sonríen en equivalente frustrados, no porque son gangochos enmohecidos, sino rol marchito, pero con fuego adentro del ánimo.

Sabemos que tenemos el coraje de los asesinados y los crucificados por ideas, la dignidad antigua y categórica de los guerreros de religión, pero los huesos síquicos saquean, el espanto cruje de doliente y se caen de bruces los riñones, los pulmones, los cojones de las médulas categóricas.

Agarrándonos a la tabla de salvación de la poesía, que es una gran máquina negra, somos los santos carajos y desocupados de aquella irreligiosidad horrenda que da vergüenza porque desapareció cuando desapareció el último "dios" de la tierra, y la nacionalidad de la personalidad ilustre, se pudre de eminente y de formidable como divino oro judío; todo lo miramos en pasado, y el pasado, el pasado, el pasado es el porvenir de los desengañados y los túmulos; yo, en este instante, soy como un navío que avanza mar afuera con todo lo remoto en las bodegas y acordeones de navegaciones; querríamos arañar la eternidad y a patadas, abofeteándola, agujerear su acerbo y colosal acero; olorosos a tinajas y a tonelería o a la esposa fiel, a lágrima deshabitada, a lo chileno pospretérito o como ruinoso y relampagueante, nuestros viejos sueños de antaño ya hogaño son delirio, nuestros viejos sueños de antaño, son llanto usado y candelabros de espantajos, valores de orden y categorías sin vivencias.
 
Envejeciendo con nosotros, la época en desintegración entra en coma, entra en sombra, entra toda la gran tiniebla de quien rodase periclitando, pero por adentro le sacamos los nuevos estilos contra los viejos estilos arrastrándolos del infierno de los cabellos restableciendo lo inaudito de la juventud, el ser rebelde, insurgente, silvestre e iconoclasta.
 
La idolatrábamos, e idolatrándola, nos revolcábamos en la clandestinidad de la mujer ajena y retornábamos como sudando lo humano, chorreando lo humano, llorando lo humano, o despavoridos o acaso más humanos que lo más humano entre lo más humano, más bestias humanas, más error, más dolor, más terror, porque el hombre es precisamente aquello, lo que deviene sublimidad en la gran caída, flor de victorias-derrotas llamando, gritando, llorando por lo desaparecido, como grandes, tremendos mares-océanos degollándose en oleajes, criatura de aventura contra el destino, voz de los naufragios en los naufragios resplandeciendo, estrella de tinieblas, ahora no caemos porque no podemos y como no caemos, a la misma altura, morimos, porque el cuero del cuerpo, como los viejos veleros, se prueba en la tormenta; del dolor del error salió la poesía, del dolor del error y el hombre enorme, contradictorio, deforme, acumulado, el hombre es el eslabón perdido de una gran cadena de miserias, el hombre expoliado y azotado por el hombre, y hoy devuelvo a la especie la angustia individual; adentro del corazón ardiendo nosotros la amamantamos con fracasos que son batallas completamente ganadas en literatura, contra la literatura; la amamos y la amábamos con todo lo hondo del espíritu, furiosos con nosotros, hipnotizados, horrorizados, idiotizados, con el ser montañés que éramos, agrario-oceánicos de Chile, ahora es ceniza, ceniza y convicción materialista, ceniza y desesperación helada, lo trágico enigmático, paloma del mundo e historia del mundo, y aquella belleza inmensa e idolatrada, Luisa Anabalón, entrañas.

Ruge la muerte con la cabeza ensangrentada y sonríe pateándonos, y yo estoy solo, terriblemente solo, medio a medio de la multitud que amo y canto, solo y funeral como en la adolescencia, solo, solo entre los grandes murallones de las provincias despavoridas, solo y vacío, solo y oscuro, solo y remoto, solo y extraño, solo y tremendo, enfrentándome a la certidumbre de hundirme para siempre en las tinieblas sin haberla inmortalizado con barro llorado, y extraño como un lobo de mar en las lagunas.

Los años náufragos escarban, arañan, espantan son demoníacos y ardientes como serpientes de azufre, porque son besos rugiendo, pueblos blandiendo la contradicción, gestos mordiendo, el pan candeal quemado del presente, esta cosa hueca y siniestra de saberse derrumbándose, cayendo al abismo abierto por nosotros mismos, adentro de nosotros mismos, con nosotros mismos que nos fuimos cavando y alimentando de vísceras.

Así se está rígido, en círculo, como en un ataúd redondo y como de ida y vuelta, aserruchando sombra, hachando sombra, apuñalando sombra, viajando en un tren desorbitado y amargo que anda tronchado en tres mitades y llora inmóvil, sin itinerario ni línea, ni conductor, ni brújula, y es como si todo se hubiese cortado la lengua entera con un pedazo de andrajo.
 
Muertas las personas, las costumbres, las palabras, las ciudades en las que todas las murallas están caídas, como guitarras de desolación, y las hojas profundas, yertas, yo ando tronando, desorientado, y en gran cantidad melancólicamente uncido a antiguas cosas arcaicas que periclitaron, a maneras de ser que son yerbajos o lagartos de ruinas, y me parece que las vías públicas son versos añejos y traicionados o cirios llovidos; la emotividad épica se desgarra universalmente en el asesinato general del mundo, planificado por los verdugos de los pueblos, a la espalda de los pueblos entre las grandes alcantarillas de dólares, o cuando miramos al mistificador, ahíto de banquetes episcopales hartarse de condecoraciones y dinero con pelos, hincharse y doparse enmascarándose en una gran causa humana y refocilándose como un gran demonio y un gran podrido y un gran engendro de Judas condecorado de bienestar burgués sobre el hambre gigante de las masas, relajándolas y humillándolas.
 
Encima de bancos de palo que resuenan como tabernas, como mítines, como iglesias o como sepulcros, como acordeones de ladrones de mar en las oceanías de las cárceles o como átomos en desintegración, sentados los ancianos me aguardan desde cinco siglos hace con los brazos cruzados a la espalda, a la espalda de las montañas huracanadas que les golpean los testículos, arrojándolos a la sensualidad de la ancianidad, que es terrible, arrojándolos a patadas de los hogares y de las ciudades, porque estos viejos lesos son todos trágicos, arrojándolos, como guiñapos o pingajos, a la nada quebrada de los apátridas a los que nadie quiere porque nadie teme.
 
Entiendo el infierno universal, y como no estoy viviendo en el techo del cielo, me ofende personalmente la agresión arcangélica de la Iglesia y del Estado, el "nido de ratas", y la clínica metafísica de "el arte por el arte", la puñalada oscuramente aceitada de flor y la cuchillada con serrucho de los contemporáneos, que son panteón de arañas, el ojo de lobo del culebrón literario, todo amarillo, elaborando con desacatos la bomba cargada de versiones horizontales, la manzana y la naranja envenenadas; contemplo los incendios lamiendo los penachos muertos, apuñalada la montaña en el estómago y el torreón de los extranjeros derrumbándose, veo como fuegos de gas formeno, veo como vientos huracanados los fenómenos, y desde adentro de las tinieblas a las que voy entrando por un portalón con intuición de desesperación y costillares de ataúdes, la antigua vida se me revuelve en las entrañas.
 
La miseria social me ofende personalmente, y al resonar en mi corazón las altas y anchas masas humanas, las altas y anchas masas de hoy, como una gran tormenta me va cruzando, apenas soy yo mismo íntegro porque soy mundo humano, soy el retrato bestial de la sociedad partida en clases, y hoy por hoy trabajo mi estilo arando los descalabros.
 
Las batallas ganadas son heridas marchitas, pétalos de una gran rosa sangrienta, por lo tanto combato de acuerdo con mi condición de insurgente, dando al pueblo voz y estilo,  sabiendo que perderé la guerra eterna, que como el todo me acosa y soy uno entero, mientras más persona del cosmos asuma, será más integral la última ruina; parece que encienden lámparas en otro siglo del siglo, en otro mundo del mundo ya caído, el olvido echa violetas muertas en las tumbas y todo lo oscuro se reúne en torno a mi sombra, mi sombra, mi sombra a edad remota comparable o a batea de aldea en la montaña, y el porvenir es un sable de sangre.
 
No atardeciendo paz, sino el sino furioso de los crepúsculos guillotinados, la batalla campal de los agonizantes, y la guerra oscura del sol contra sí mismo, la matanza que ejecuta la naturaleza inmortal y asesina, como comadrona de fusilamientos.
 
Esculpí el mito del mundo en las metáforas, la imagen de los explotados y los azotados de mi época y di vocabulario al ser corriente sometido al infinito, multitudes y muchedumbres al reflejar mi voz su poesía, la poesía se sublimó en expresión de todos los pueblos, el anónimo y el decrépito y el expósito hablaron su lengua y emergió desde las bases la mitología general de Chile y el dolor colonial enarbolando su ametralladora; militante del lenguaje nuevo, contra el lenguaje viejo enfilo mi caballo; ahora las formas épicas que entraron en conflicto con los monstruos usados como zapatos de tiburón muerto, o dieron batalla a los sirvientes de los verdugos de los sirvientes, transforman las derrotas en victorias, que son derrotas victoriosas y son victorias derrotosas, el palo de llanto del fracaso en una rosa negra, pero yo estoy ansioso a la ribera del suceder dialéctico, que es instantáneamente pretérito, sollozando entre vinos viejos, otoños viejos, ritos viejos de las viejas maletas de la apostasía universal, protestando y pateando, y el pabellón de la juventud resplandece de huracanes despedazados, su canción vecinal y trágica como aquella paloma enferma, como un puñal de león enfurecido, como una sepultura viuda o un antiguo difunto herido que se pusiera a llorar a gritos.

Ya no se trilla a yegua ni se traduce a Heráclito, y Demócrito es desconocido del gran artista, nadie ahora lee a Teognis de Megara, ni topea en la ramada coral, amamantado con la guañaca rural de la República, el subterráneo familiar es la sub-conciencia o la in-conciencia que alumbran pálidas o negras lámparas, y todos los viajeros de la edad estamos como acuchillados y andamos como ensangrentados de fantasmas y catástrofes, quemados, chorreados, apaleados del barro con llanto de la vida, con la muleta de la soledad huracanando las veredas y las escuelas.

Avanza el temporal de los reumatismos y las arterias endurecidas son látigos que azotan el musgoso y mohoso y lúgubre caminar del sesentón, su cara de cadáver apaleado, porque se van haciendo los viejos piedras de sepulcros, tumba y respetuosidad, es decir: la hoja caída y la lástima el sexo del muerto que está boca-arriba adentro de la tierra, como vasija definitivamente vacía.

Como si fuera otro volveré a las aldeas de la adolescencia, y besaré la huella difunta de su pie florido y divino como el vuelo den picaflor o un prendedor de brillantes, pero su cintura de espiga melancólica ya no estará en mis brazos.
 
No bajando, sino subiendo al final secular, gravita la senectud despavorida, son los dientes caídos como antiguos acantilados a la orilla del mar innumerable que deviene un panteón ardiendo, la calavera erosionada y la pelambrera como de choclo abandonado en las muertas bodegas, esas están heladas y telarañosas en las que el tiempo aúlla como perro solo, y el velamen de los barcos sonando a antaño está botado en las alcantarillas del gusano; es inútil ensillar la cabalgadura de otrora, y galopar por el camino real llorando y corcoveando con caballo y todo o disparar un grito de revólver, los aperos crujen porque sufren como el costillar del jinete que no es la bestia chilena y desenfrenada con mujeres sentadas al anca, estremeciendo los potreros de sus capitanías.
 
La gran quimera de la vida humana como un lobo crucificado o aquella dulce estrella a la cual mataran todos los hijos yace como yacen yaciendo los muertos adentro del universo.
 
"Caín, Caín, ¿qué hiciste de tu hermano?", dice el héroe de la senectud cavando con ensangrentado estupor su sepulcro, la historia le patea la cabeza como una vaca rubia derrumbándolo barranca abajo, pero es leyenda él, categoría, sueño del viento acariciando los naranjos atrabiliarios de su juventud, don melancólico, y la última cana del alma se le derrama como la última hoja del álamo o la última gota de luz estremeciendo los desiertos.
 
Parten los trenes del destino, sin sentido, como navíos de fantasmas.
 
Los victoriosos están muertos, los derrotados están muertos, cuando la ancianidad apunta la escopeta negra, estupenda, en los órganos desesperados como caballo de soldado desertor, todos, no nosotros en lo agonal agonizantes, todos están agonizando, todos pero el agonizante soy yo, yo soy el agonizante entre batallas, entre congojas, entre banderas y fusiles, solo, completamente solo, y lúgubre, sin editor, plagiado y abandonado en el abismo, peleando con escombros azotados, peleando con el pretérito, por el pretérito, adentro del pretérito, en pretericiones horribles, peleando con el futuro, completamente desnudo hasta la cintura, peleando y peleando con todos vosotros, por la grandeza y la certeza de la pelea, peleando y contra-peleando a la siga maldita de la inmortalidad ajusticiada.

Entre colchones que ladran y buques náufragos con dentadura de prostitutas enfurecidas o sapos borrachos, ladrones y cabrones empapelados con pedazos de escarnio, agarrándose a una muralla por la cual se arrastran enormes arañas con ojo viscoso o hermafroditas con cierto talento de caracol haciendo un arte mínimo con pedacitos de atardecer amarillo, nos batimos a espada con el oficio del estilo, cuando en los andamios de los transatlánticos como pequeños simios con chaleco despavorido, juegan a la ruleta los grandes poetas de ahora.

Cien puñales de mar me apuñalaron y la patada estrangulada de lo imponderable, fue la ley provincial del hombre pobre que se opone al pobre hombre y es maldito, vi morir, refluir a la materia enloquecida, llorando a la más amada de las mujeres, tronchado, funerario, estupefacto, mordido de abismos, baleado y pateado por los fusileros del horror, y en tales instantes espero los acerbos días de la calavera que adviene cruzando los relámpagos con la cuchilla entre los dientes.

Voy a estallar adentro del sepulcro suicidándome en cadáver.

Como si rugiera desde todo lo hondo de los departamentos y las provincias de pétalos y jergones de aldea o mediaguas descomunales, o por debajo de los barrios sobados como látigos de triste jinete, embadurnados con estiércol de ánimas o siúticos ajusticiados, con sinuosidades y bellaquerías de una gran mala persona, acomodado a las penumbras y las culebras, clínico, el complejo de inferioridad y resentimiento se asoma roncando en las amistosidades añejas, con el gran puñal-amistad chorreado de vino, chorreado de adulaciones, chorreado de sebo comunal, y al agarrar la misericordia, y azotar con afecto al fantasma, sonríe el diente de oro de la envidia, la joroba social, lo inhibidísimo, la discordia total, subterránea, en la problemática del fracasado, escupiéndonos los zapatos abandonados en las heroicas bravuras antiguas.

Todos los ofidios hacen los estilos disminuidos de las alcobas e invaden la basura de la literatura, de la literatura universal, que es la pequeña cabeza tremenda del jíbaro de la época, agarrándose del cogote del mundo, agarrándose de los calzoncillos de "Dios", agarrándose de los estropajos del sol, de la literatura del éxito, el aguardiente pálido y pornográfico de los académicos o formalistas u onanistas o figuristas o asesinos descabezados o pervertidos sexuales con el vientre rugiente como una catedral o una diagonal entre Sodoma y Gomorra, la cama de baba con las orejas negras como un huevo de difunto o un veneno letal administrado por carajos eclesiásticos, y el arte grande y popular les araña la guata de murciélagos del infierno con fierros ardiendo, el abdomen de rana o de ramera para el día domingo.
 
Aquellas personas horrendas, revolcándose en el pantano de los desclasados del idealismo o masturbándose o suicidándose a patadas ellos contra ellos, mientras el denominador común humano total se muere de hambre en las cavernas de la civilización, y "la cultura capitalista" desgarra a dentelladas la desgracia de la infancia proletaria con el Imperialismo, o la tuberculosis es una gran señora que se divierte fotografiando los moribundos estimulándose las hormonas con la caridad sádico-metafísica, especie de brebaje de degolladores, y la clase rectora, tan idiota como habilísima e imbécil, nos alarga un litro de vino envenenado o un gobierno de carabinas...
 
Medio a medio de este billete con heliotropos agusanados o demagogos de material plástico o borrachos anti-dionisíacos simoníacos o demoníacos, nuestra heroicidad vieja de labriegos se afirma en los estribos huracanados y afila la cuchilla, pero pelea con la propia, terrible sombra enfrentándose al cosmopolita desde todo lo hondo de la nacionalidad a la universalidad lanzada y estrujándose el corazón, se extrae el lenguaje.
 
La soledad heroica nos confronta con la ametralladora y el ajenjo del inadaptado y nos enfrenta a la bohemia del piojo sublime del romanticismo, entonces, o ejecutamos como ejecutamos, la faena de la creación oscura y definitiva en el anonimato universal arrinconándonos, o caemos de rodillas en el éxito por el éxito, aclamados y coronados por picaros y escandalosos, vivientes y sirvientes del banquete civil, acomodados a la naipada, comedores en panteones de panoplias y botellas metafísicas, porque el hombre ama la belleza y la mujer retratándolas y retratándose como proceso y como complejo, en ese vórtice que sublima lo cuotidiano en lo infinito.

Completamente ahítos como queridos de antiguos monarcas más o menos pelados, desintegrados y rabones, caminan por encima de la realidad gesticulando, creyendo que el sueño es el hecho, que disminuyendo se logran síntesis y categorías, que la manea es la grandeza y aplaudidos por enemigos nos insultan, como cadáveres de certámenes enloquecidos que se pusiesen de pie de repente, rajando los pesados gangochos en los que estaban forrados y amortajados a la manera de antaño, llorando y pataleando, gritando y pataleando en mares de sangre inexorable, dopados con salarios robados en expoliaciones milenarias y cavernarias ejecuciones de cómplices.
 
El aullido general de la miseria imperialista da la tónica a mi rebelión, escribo con cuchillo y pólvora, a la sombra de las pataguas de Curicó, anchas como vacas, los padecimientos de mi corazón y del corazón de mi pueblo, adentro del pueblo y los pueblos del mundo y el relincho de los caballos desensillados o las bestias chúcaras.

Y como yo ando buscando los pasos perdidos de lo que no existió nunca, o el origen del hombre en el vocabulario, la raíz animal de la Belleza con estupor y errores labrada, y la tónica de las altas y anchas muchedumbres en las altas y anchas multitudes del país secular de Chile, el ser heroico está rugiendo en nuestra épica nueva, condicionado por el espanto nacional del contenido; como seguramente lloro durmiendo a lágrimas piramidales que estallan, las escrituras que son sueño sujeto a una cadena inexorable e imagen que nadie deshace ni comprendió jamás, arrastran las napas de sangre que corren por debajo de la Humanidad y al auto degollarse en el lenguaje, organizándolo, el lenguaje mío me supera, y mi cabeza es un montón de escombros que se incendian, una guitarra muerta, una gran casa de dolor abandonada; el junio o julio helado me abrigan de sollozos y aunque estos viejos huesos de acero vegetal se oponen a la invasión de la nada que avanza con su matraca espeluznante, comprendo que transformo fuerzas por aniquilamiento y devengo otro suceso en la naturaleza.
 
Oh! antiguo esplendor perdido entre monedas y maletas de cementerio, oh! pathos clásico, oh! atrabiliario corazón enamorado de una gran bandera despedazada, la desgracia total, definitiva está acechándonos con su bandeja de cabezas degolladas en el desfiladero.
 
Retornan los vacunos del crepúsculo tranco a tranco, a los establos lugareños, con heno tremendo, porque los asesinarán a la madrugada, y rumiando se creen felices al aguardar la caricia de la cuchilla, el hombre, como el toro o como el lobo se derrumba en su lecho que es acaso su sepulcro, contento como jumento de panadería.
 
Si todos los muertos se alzasen de adentro de todos los viejos, entre matanzas y campanas, se embanderaría de luz negra la tierra, e iría como un ataúd cruzando lo oceánico con las alas quebradas de las arboladuras.

A la agonía de la burguesía, le corresponde esta gran protesta social de la poesía revolucionaria, y los ímpetus dionisíacos tronchados o como bramando por la victoria universal del comunismo, o relampagueando a la manera de una gran espada o cantando como el pan en la casa modesta emergen de la sociedad en desintegración que reflejo en acusaciones públicas, levantadas como barricadas en las encrucijadas del arte; mis poemas son banderas y ametralladoras, salen del hambre nacional hacia la entraña de la explotación humana, y como rebota en Latinoamérica el impacto mundial de la infinita energía socialista que asoma en las auroras del proletariado rugiente, saludo desde adentro del anocheciendo la calandria madrugadora; y aunque me atore de adioses que son espigas y vendimias de otoños muy maduros, el levantamiento general de las colonias, los azotados y los fusilados de la tierra encima del ocaso de los explotadores y la caída de la esclavitud contra los propios escombros de sus verdugos, una gran euforia auroral satura mis padecimientos y resuena la trompeta de la victoria en los quillayes y los maitenes del sol licantenino.

Parezco un general caído en las trincheras, ajusticiado y sin embargo acometedor en grande coraje: capaz de matar por la libertad o la justicia, dolorido y convencido de todo lo heroico del Arte Grande, bañando de recuerdos tu sepulcro que se parece a una inmensa religión atea, a plena conciencia de la inutilidad de todos los lamentos, porque ya queda apenas de la divina, peregrina, grecolatina flor, la voz de las generaciones.
 
Indiscutiblemente soy pueblo ardiendo, entraña de roto y de huaso, y la masa humana me duele, me arde, me ruge en la médula envejecida como montura de inquilino del Mataquito, por eso comprendo al proletariado no como pingajo de oportunidades bárbaras, sino como hijo y padre de esa gran fuerza concreta de todos los pueblos, que empuja la historia con sudor heroico y terrible sacando del arcano universal la felicidad del hombre, sacando del andrajo espigas y panales.

Los demonios enfurecidos con un pedazo de escopeta en el hocico, o el antiguo y eximio caimán de terror desensillándose, revolcándose, refocilándose, entre escobas de fuego y muelas de piedra y auroras de hierro gasificado piden que me fusilen, y mis plagiarios que me ahorquen con un sapo de santo en el cogote.

Luchando con endriagos y profetas emboscados en grandes verdades, con mártires de títeres hechos con zapatos viejos en material peligrosísimo y de pólvora, usados por debajo del cinturón reglamentario, enfermó mi estupor cordillerano de civilización urbana; en tristes, terribles sucesos, no siembro trigo como los abuelos, siembro gritos de rebelión en los pueblos hambrientos, la hospitalidad provincial empina la calabaza y nos emborrachamos como dioses que devienen pobres, se convierten en atardeceres públicos y echan la pena afuera dramáticamente, caballos de antaño, y emerge el jinete de la épica social americana todo creando solo; recuerdo al amigo Rabelais y al compadre Miguel de Cervantes, tomando mi cacho labrado en los mesones de las tabernas antiquísimas, las bodegas y las chinganas flor de invierno, y agarro de la solapa de la chaqueta a la retórico-poética del siútico edificado con escupitajos de cadáver, comparto con proletarios, con marineros, con empleados, con campesinos de "3a clase", mi causeo y mi botella, bebo con arrieros y desprecio a la intelectualidad podrida.
 
A la aldea departamental llegaron los desaforados, y un sigilo de alpargatas se agarró del caserón de los tatarabuelos, entre las monturas y las coyundas sacratísimas del polvoso antepasado remoto, la culebra en muletas del clandestina je habita, el tinterillo y el asesino legal hacen sonar sus bastones de ladrones y de camaleones de la gran chancleta y la mala persona arrojó a las mandíbulas del can aventurero la heredad desgarradoramente familiar de las montañas de Licantén y las vegas nativas de los costinos en donde impera la lenteja real de Jacob y Esaú y la pregunta blanca de la gaviota.
 
Como billete sucio en los bolsillos del pantalón del alma el tiempo inútil va dejando su borra de toneles desocupados, y echando claveles de acaeceros marchitos a la laguna de la amargura; buscamos lo rancio en las despensas y en la tristeza: el queso viviendo muerto en los múltiplos de las oxidaciones que estallan como palancas, las canciones arcaicas y la penicilina de los hongos remotos, con sombrero de catástrofes.
 
El nombre rugiente va botado, encadenado, ardiendo como revólver rojo a la cintura del olvido, como ramo de llanto, como hueso de viento, como saco de cantos o consigna ineluctable, como biblioteca sin bibliotecario, como gran botella oceánica, como bandera de quijadas de oro, y dicen las gentes por debajo del poncho: "renovó con "Los Gemidos" la literatura castellana", como quien hablara de un muerto ilustre a la orilla del mar desaparecido.

Contra la garra bárbara de Yanquilandia que origina la poesía del colonialismo en los esclavos y los cipayos ensangrentados, contra la guerra, contra la bestia imperial, yo levanto el realismo popular constructivo, la epopeya embanderada de dolor insular, heroica y remota en las generaciones, sirvo al pueblo en poemas y si mis cantos son amargos y acumulados de horrores ácidos y trágicos o atrabiliarios como océanos en libertad, yo doy la forma épica al pantano de sangre caliente clamando por debajo en los temarios americanos; la caída fatal de los imperios económicos refleja en mí su panfleto de cuatrero vil, yo lo escupo transformándolo en imprecación y en acusación poética, que emplaza las masas en la batalla por la liberación humana, y tallando el escarnio bestial del imperialismo lo arrojo a la cara de la canalla explotadora, a la cara de la oligarquía mundial, a la cara de la aristocracia feudal de la República y de los poetas encadenados con hocico de rufianes intelectuales; gente de fuerte envergadura, opongo la bayoneta de la insurgencia colonial a la retórica capitalista, el canto del macho anciano, popular y autocrítico tanto al masturbador arte purista, como al embaucador populachista, que entretiene a las muchedumbres y frena las masas obreras, y al anunciar la sociedad nueva, al poema enrojecido de dolor nacional, le emergen por adentro de las rojas pólvoras, grandes guitarras dulces, y la sandía colosal de la alegría

No ingresaremos al huracán de silencio con huesos de las jubilaciones públicas, a conquistar criadas y a calumniar los polvorosos ámbitos jamás, el corazón sabrá rajarse en el instante preciso y definitivo como la castaña muy madura haciendo retumbar los extramuros, haciendo rodar, bramando, llorar la tierra inmensa de las sepulturas

Si no fui más que un gran poeta con los brazos quebrados y el acordeón del Emperador de los aventureros o el espanto del mar me llamaban al alma, soy un guerrero del estilo como destino, apenas, un soñador acongojado de haber soñado y estar soñando, un "expósito" y un "apátrida" de mi época, y el arrepentimiento de lo que no hicimos, corazón, nos taladra las entrañas como polilla del espíritu, aserruchándonos.
 
A la luz secular de una niña muerta, madre de hombres y mujeres, voy andando y agonizando.

El cadáver del sol y mi cadáver con la materia horriblemente eterna, me azotan la cara desde todo, lo hondo de los siglos, y escucho aquí, llorando, así, la espantosa clarinada migratoria.
 
No fui dueño de fundo, ni marino, ni atorrante, ni contrabandista o arriero cordillerano, mi voluntad no tuvo caballos ni mujeres en la edad madura y a mi amor lo arrasó la muerte azotándolo con su aldabón tronchado, despedazado e inútil y su huracán oliendo a manzana asesinada.

Contemplándome o estrellándome en todos los espejos rotos de la nada, polvoso y ultra remoto desde el origen.

El callejón de los ancianos muere donde mueren las últimas águilas...

Soy el abuelo y tú una inmensa sombra, el gran lenguaje de imágenes inexorables, nacional-internacional, inaudito y extraído del subterráneo universal, engendra la calumnia, la difamación, la mentira, rodeándome de chacales ensangrentados que me golpean la espalda, y cuando yo hablo ofendo el rencor anormal del pequeño; he llegado a esa altura irreparable en la que todos estamos solos, Luisa Anabalón, y como yo emerjo acumulando toda la soledad que me dejaste derrumbándote, destrozándote, desgarrándote contra la nada en un clamor de horror, me rodea la soledad definitiva; sé perfectamente que la opinión pública de Chile y todo lo humano están conmigo, que el pulso del mundo es mi pulso y por adentro de mi condición fatal galopa el potro del siglo la carretera de la existencia, que la desgarrada telaraña literaria está levantando un monumento a nuestra antigua heroicidad, pero no puedo superar lo insuperable.
 
Como los troncos añosos de la vieja alameda muerta, lleno de nidos y panales, voy amontonando inviernos sobre inviernos en las palabras ya cansadas con el peso tremendo de la eternidad ...

Tranqueo los pueblos rugiendo libros, sudando libros, mordiendo libros y terrores contra un régimen que asesina niños, mujeres, viejos con macabro trabajo esclavo, arrinconando en su ataúd a la pequeña madre obrera en la flor de su ternura, ando y hablo entre mártires tristes y héroes de la espoliación, sacando mi clarinada a la vanguardia de las épocas, oscura e imprecatoria de adentro del espanto local que levanta su muralla de puñales y de fusiles.

El Díaz y el Loyola de los arcaicos genes ibero-vascos están muriendo en mí como murieron cuando agonizaba tu perfil colosal, marino, grecolatino, vikingo, las antiguas diosas mediterráneas de los Anabalones del Egeo y las walkirias de Winétt-hidromiel, adiós! ... cae la noche herida en todo lo eterno por los balazos del sol decapitado que se derrumba gritando cielo abajo...

 

septiembre 22, 2014

Tres poemas de Andrés Escalera.






Retroceso en verso.

Ellos aman
vosotros amaís
nosotros amamos
él ama
tú amas
yo no.



Clases de aves.

Caen una a una,
por las bermas del cielo amarillo,
se niegan a terminar en una cementerio de aves
que nunca ha existido,


el hecho de volar a gran altura
ha quedado en un pasado de aves,
son de esa clase que se mimetiza con el llanto,


nacen y dibujan una tercera ala,
que las guia hacia la conjetura del topo,
allí descansan, algunas mueren,


buscan la combinación exacta
entre una pluma natural y un sastre universal
y se prueban los sueños del mundo,


caen entre cadenas,
bajo un orden enfermo de aves
y no piden perdón al al depredador,


son esa clase de aves
que saben con exactitud su signo,
saben que nunca han nacido,


se alejan de la madre
actúan como un padre frente a los ritos,
se automutilan los dedos,


a veces, cuando ya no pueden ver
al inhóspito horizonte
vuelan con cierto instinto de aves,


dan vueltas en círculos
se marcan un código en la frente
y se dejan caer sin aureolas.


Entonces, cuando las veo venir sin rumbo,
despegadas de los nidos,
caigo en cuenta que yo soy esa clase de ave,


aquella que se despega las alas al morir,
incauta de tierra,
entre algunos imaginados relojes de rocío.



Muralla.

Ella contaba el dinero como nadie
cuando sentía que sus dedos astutos se ensuciaban
al punto de la inmundicia;
me fui hacia un pasaje sin final a pensar en ella,
en la repetida oportunidad cansada
y en todo los dedos que han cubierto.