febrero 18, 2015

Selección de poemas de Denise Levertov

 


Contrabando.

El árbol del conocimiento era el árbol de la razón.
Por eso, al probarlo fuimos arrojados del Edén.

El destino de ese fruto era ser secado y molido
hasta convertirlo en un fino polvo
usando una pizca cada vez, a modo de condimento.


Dios probablemente tenía planeado hablarnos más adelante
sobre este nuevo deleite.


Con la fruta henchimos nuestras bocas
hasta atragantarnos de pero, y si, y por qué, una y otra vez,
sin saber.


Resulta tóxico en grandes cantidades; los vapores
se arremolinaban sobre nuestras cabezas y en torno a nosotros
formando una densa nube que se endureció como el acero,
un muro entre nosotros y Dios, que era el Paraíso.
No es que Dios sea injusto, sino que la razón en tal exceso era tiranía
y nos encerró en sus propios límites, una celda pulida
donde se reflejaban nuestros propios rostros.

Dios permanece al otro lado del espejo;
sin embargo, a través de una rendija por donde la barrera
no llega a tocar el suelo, logra colarse como una luz filtrada,
como chispas de fuego, como una extraña música que se oye,
luego se pierde, y de nuevo vuelve a escucharse.




Espero

En los bancos, en las esquinas
de las salas de espera de la tierra,
al lado de árboles cuya savia se eleva, se eleva
para escapar en hojas grises y perderse
en el aire último.


Espero
por quien viene al fin,
tarde, perdido, por siempre
añorado, avanzando
no por mi camino sino cruzando
la esquina donde yo espero.




Estancias en el mundo paralelo.

Vivimos nuestras vidas de humanas pasiones,
de crueldades, sueños, pensamientos,
delitos y práctica de la virtud
al lado de otro mundo carente
de nuestras preocupaciones, libre
de ansiedad –aunque afectado,
sin duda, por nuestras actividades.


Un mundo paralelo al nuestro, aunque superpuesto.
Lo llamamos “Naturaleza” y sólo a regañadientes
admitimos ser también nosotros “Naturaleza”.


Cuando dejamos de lado nuestras propias obsesiones,
nuestros egoísmos, porque divagamos durante un minuto,
una hora incluso, surge pura (casi pura) la propuesta de una vida plácida:
nube, pájaro, zorro, el flujo de la luz, la danza
del agua peregrina, la gran quietud
de las efímeras hechizadas en una ventana iluminada,
las voces de los animales, el ruido mineral, el viento conversando con la lluvia, el océano con la roca, el tartamudeo
del fuego con el carbón– Luego, algo ligado
a nosotros, maniatado como un asno a su metro
de cardo y hierba roída, se libera.


Nadie sabe en verdad dónde hemos estado,
mas de nuevo regresamos, quedando atrapados
en nuestra propia esfera (adonde es preciso
volver, sin duda, para continuar nuestros destinos).


-Pero hemos cambiado, un poco.



La certeza.

Han perfeccionado los medios de destrucción,
la ciencia abstracta casi visiblemente brilla,
tan refinadamente pulida.
Armas inmateriales
que nunca nadie podría tener en las manos
se abren paso por la oscuridad, atraviesan grandes
distancias,
introduciéndose por laberintos hasta llegar
a blancos que son conceptos.


Pero una antigua certeza
se mantiene: la guerra
significa sangre que se derrama de los cuerpos vivos,
significa extremidades cortadas, ceguera, terror,
significa duelo, agonía, huérfanos, hambruna,
prolongada desdicha, permanente resentimiento

y odio y culpa,
significa todo esto multiplicado,
significa muerte, muerte, muerte y muerte.




La tercera dimensión,

Quién me creería
si dijera, “Me agarraron y
me abrieron
del cráneo a la entrepierna, y
todavía estoy viva, y
me paseo complacida con
el sol y con toda
la generosidad del mundo.”

La sinceridad
no es tan simple:
una sinceridad simple
no es más que una mentira.
¿Acaso los árboles
no esconden el viento
entre sus hojas y
murmuran?


La tercera dimensión
se esconde.
Si los obreros de la calle
parten las piedras,
las piedras son piedras:
a mí el amor
me partió en dos
y estoy
viva para
contar el cuento

pero no sinceramente:
las palabras lo cambian.

 
Deja que sea
aquí bajo el dulce sol
una ficción,
mientras yo
respiro, y cambio el paso.




 

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