febrero 20, 2015

Selección de poemas de Francisco Ide Wolleter (del libro Poemas para Michael Jordan).





1
La tersura porosa del balón
me hace pensar en la piel humana
nostalgia por el contacto
aunque el contacto sea siempre ilusorio:
lo cierto es que estamos formados de átomos
hechos de vacío
y que los átomos se repelen entre sí
por eso no nos mezclamos con las cosas,
por eso cuando tocamos
realmente no tocamos nada



2
He visto la belleza insignificante de un insecto
que a pesar del balón contra el tablero
permanece inmóvil
como una mancha de sol en el reverso de la mano
o un tatuaje en la piel de Dennis Rodman



3
Cada movimiento mío implica
volver el estadio una vía láctea:
los flash de las cámaras fotográficas
son nubes plateadas que me sirven de escalera
ensayo figuras en el aire,
salto ciego a clavar el balón en el aro
y el tiempo se alarga, dramático
juego sólo, como Kasparov contra la máquina



19
Los niños toman algo entre sus manos y le
imponen un relato:
una cachorro aterroriza la ciudad o sirve de
vehículo a otro juguete
después de un tiempo necesitan romperlos
para saber su mecanismo,
proceden entonces a la disección (no importa si
robot
o animalito)
improvisé la vestimenta de cirujano y clavé un
chuchillo de cocina
en mi balón de básquetbol con la esperanza de
encontrar adentro
un ave, un motor, un helicóptero, pero: aire,
aire comprimido sobre mi cara
como el aliento de dios sobre el océano
en ese momento pensé: quiero volverme de
aire
o navegarlo al menos
igual que cristo desplazándose sobre la tabla
de surf transparente
que era el aliento de su padre alisando las olas
quería ser como la sombra de un aeroplano
en la fachada de un rascacielos
“Aire Jordan”, “Su Aireza Real” o “Aire”,
simplemente,
apodos que gané durante mi carrera
soy el rey del aire y como todos
fantaseo con la muerte:
imagino el relato que impone el médico forense
mientras manipula mi cuerpo liviano sobre la
bandeja metálica
¿qué fantasía elegirá para hurgar en mis
entrañas?
¿seré el monstruo vencido que aterrorizaba a
los tranquilos ciudadanos?
quizás me trata con indiferencia, como a un
simple balón abandonado
en la infancia de alguien que perdió el interés
sobre el mecanismo de las cosas



20
Cuando era un joven deportista
solo concebía mi muerte ejecutando
una clavada perfecta ante los ojos maravillados
de los fanáticos
o sobre una tabla de surf
tragado por el túnel de una ola
(lo último que se ve es un sol que encandila
reflejado en las paredes de cristal
del túnel de la ola)
una muerte épica
pero uno se hace viejo, se adapta, se vuelve
empresario


21
Se sale a pescar en el lago
o a explorar el bosque, respirar el aire puro,
sentir la brisa con los hijos
con esnórquel o sobre la rama del ciprés
siempre se cuela un paparazzi
el mundo, entonces, se vuelve pequeño
los flash de las cámaras eran nubes plateadas
que me servían de escalera
ahora son neblina sobrenatural
o la sombra de la muerte
sobre las mejillas coloradas de mis hijos
es entonces cuando pienso que el daño es
incalculable
no debí desafiar a la física con mis saltos
ni lanzarme a la fama
no pensé en ese momento que estaba
condenándolos a todos


27
Piensa en esto: un enjambre de avispas
devora a un tigre de bengala medio
descompuesto
dos simetrías enfrentadas
la sinestesia de la avispa con un tigre
en su aparato digestivo
es un préstamo, una especie de
desdoblamiento,
negociación y plasticidad de la materia
no se me ocurre un ejemplo mejor
algo así pasa cuando vistes el toro de los
Chicago Bull’s
cuando los poros de tus manos tocan los poros
del balón
cuando el resorte de los músculos te despega
de la tierra
y te mezcla con el aire

febrero 18, 2015

Selección de poemas de Denise Levertov

 


Contrabando.

El árbol del conocimiento era el árbol de la razón.
Por eso, al probarlo fuimos arrojados del Edén.

El destino de ese fruto era ser secado y molido
hasta convertirlo en un fino polvo
usando una pizca cada vez, a modo de condimento.


Dios probablemente tenía planeado hablarnos más adelante
sobre este nuevo deleite.


Con la fruta henchimos nuestras bocas
hasta atragantarnos de pero, y si, y por qué, una y otra vez,
sin saber.


Resulta tóxico en grandes cantidades; los vapores
se arremolinaban sobre nuestras cabezas y en torno a nosotros
formando una densa nube que se endureció como el acero,
un muro entre nosotros y Dios, que era el Paraíso.
No es que Dios sea injusto, sino que la razón en tal exceso era tiranía
y nos encerró en sus propios límites, una celda pulida
donde se reflejaban nuestros propios rostros.

Dios permanece al otro lado del espejo;
sin embargo, a través de una rendija por donde la barrera
no llega a tocar el suelo, logra colarse como una luz filtrada,
como chispas de fuego, como una extraña música que se oye,
luego se pierde, y de nuevo vuelve a escucharse.




Espero

En los bancos, en las esquinas
de las salas de espera de la tierra,
al lado de árboles cuya savia se eleva, se eleva
para escapar en hojas grises y perderse
en el aire último.


Espero
por quien viene al fin,
tarde, perdido, por siempre
añorado, avanzando
no por mi camino sino cruzando
la esquina donde yo espero.




Estancias en el mundo paralelo.

Vivimos nuestras vidas de humanas pasiones,
de crueldades, sueños, pensamientos,
delitos y práctica de la virtud
al lado de otro mundo carente
de nuestras preocupaciones, libre
de ansiedad –aunque afectado,
sin duda, por nuestras actividades.


Un mundo paralelo al nuestro, aunque superpuesto.
Lo llamamos “Naturaleza” y sólo a regañadientes
admitimos ser también nosotros “Naturaleza”.


Cuando dejamos de lado nuestras propias obsesiones,
nuestros egoísmos, porque divagamos durante un minuto,
una hora incluso, surge pura (casi pura) la propuesta de una vida plácida:
nube, pájaro, zorro, el flujo de la luz, la danza
del agua peregrina, la gran quietud
de las efímeras hechizadas en una ventana iluminada,
las voces de los animales, el ruido mineral, el viento conversando con la lluvia, el océano con la roca, el tartamudeo
del fuego con el carbón– Luego, algo ligado
a nosotros, maniatado como un asno a su metro
de cardo y hierba roída, se libera.


Nadie sabe en verdad dónde hemos estado,
mas de nuevo regresamos, quedando atrapados
en nuestra propia esfera (adonde es preciso
volver, sin duda, para continuar nuestros destinos).


-Pero hemos cambiado, un poco.



La certeza.

Han perfeccionado los medios de destrucción,
la ciencia abstracta casi visiblemente brilla,
tan refinadamente pulida.
Armas inmateriales
que nunca nadie podría tener en las manos
se abren paso por la oscuridad, atraviesan grandes
distancias,
introduciéndose por laberintos hasta llegar
a blancos que son conceptos.


Pero una antigua certeza
se mantiene: la guerra
significa sangre que se derrama de los cuerpos vivos,
significa extremidades cortadas, ceguera, terror,
significa duelo, agonía, huérfanos, hambruna,
prolongada desdicha, permanente resentimiento

y odio y culpa,
significa todo esto multiplicado,
significa muerte, muerte, muerte y muerte.




La tercera dimensión,

Quién me creería
si dijera, “Me agarraron y
me abrieron
del cráneo a la entrepierna, y
todavía estoy viva, y
me paseo complacida con
el sol y con toda
la generosidad del mundo.”

La sinceridad
no es tan simple:
una sinceridad simple
no es más que una mentira.
¿Acaso los árboles
no esconden el viento
entre sus hojas y
murmuran?


La tercera dimensión
se esconde.
Si los obreros de la calle
parten las piedras,
las piedras son piedras:
a mí el amor
me partió en dos
y estoy
viva para
contar el cuento

pero no sinceramente:
las palabras lo cambian.

 
Deja que sea
aquí bajo el dulce sol
una ficción,
mientras yo
respiro, y cambio el paso.