julio 10, 2015

Selección de poemas de Enrique Lihn.




Cámara de tortura.

Su ayuda es mi sueldo
Su sueldo es la cuadratura de mí círculo,
que saco con los dedos para mantener su agilidad
Su calculadora es mi mano a la que le falta un dedo con el que me prevengo de los errores de cálculo
Su limosna es el capital con que me pongo cuando se la pido

Su aparición en el Paseo Ahumada es mi estreno en sociedad
Su sociedad es secreta en lo que toca a mi tribu
Su seguridad personal es mi falta de decisión
Su pañuelo en el bolsillo es mi bandera blanca
Su corbata es mi nudo gordiano
Su terno de Falabella es mi telón de fondo
Su zapato derecho es mi zapato izquierdo doce años después
La línea de su pantalón es el límite que yo no podría franquear aunque me disfrazara de usted después de empelotarlo a la fuerza
Su ascensión por la escalinata del Banco de Chile es mi sueño de Jacob por el que baja un án gel rubio y de alas pintadas a pagar, cuerpo a cuerpo, todas mis deudas
Su chequera es mi saco de papeles cuando me pego una volada
Su firma es mi entretención de analfabeto
Su dos más dos son cuatro es mi dos menos dos
Su ir y venir es mi laberinto en que yo rumiante me pierdo perseguido por una mosca
Su oficina es el entretelón en que se puede condenar a muerte mi nombre y su traspaso a otro cadáver que lo lleve en un país amigo
Su consultorio es mi cámara de tortura
Su cámara de tortura es el único hotel en que puedo ser recibido a cualquier hora sin previo aviso de su parte
Su orden es mi canto
Su lapicera eléctrica es lo que hace de mí un autor copioso un maldito iluminado o el cojonudo que muere pollo, según quien sea yo en ese momento
Su mala leche es mi sangre
Su patada en el culo es mi ascensión a los cielos que son lo que son y no lo que Dios quiere
Su tranquilidad es mi muerte por la espalda
Su libertad es mi perpétua
Su paz es la mía siempre y cuando yo goce de ella eternamente y usted de por vida
Su vida real es el fin de mi imaginación cuando me pego una volada
Su mujer es en tal caso mi gatita despanzurrada
Su mondadientes es ahora mi tenedor
Su tenedor es mi cuchara
Su cuchillo es mi tentación de degollarlo cuando me mamo un cogollo
Su policial es el guardián de mi impropiedad
Su ovejero es mi degollador a la puerta de su casa como si yo no fuera una maldita oveja extraviada
Su metralleta es mi novia con la que tiro en sueños
Su casco es el molde en el que vaciaron la cabeza de mi hijo cuando nazca
Su retreta es mi marcha nupcial
Su basural es mi panteón mientras no se lleven los cadáveres.




Canto General.

Mi canto particular (que te interprete, pingüino), producto de la
recesión y de otras restricciones/
Soy un cantante limitado, un minusválido de la canción.
Canto General al Paseo Ahumada
vuestro monumento viviente (Habrá otros, habrá otros: la
inmortalidad no es impaciente)/
Canto General de esta toma parcial de la naturaleza muriente de
Santiago/
y de los productos que producen a los hombres made in Taiwán
ellos se desviven/
enfervorizados por venderlos a cien pesos la unidad que
viven de los artificios naturalizados en Taiwán, la Gran Madre
Plástico/
Ella nos inunda el Rastro de sus deyecciones y babas
(y lo digo como consumidor eventual de algunos de estos
productos)/
Se te ofrecen, Pingüino, tres pares de calcetines por cien pesos/
un tomacorrientes por la misma suma, de tres arranques, de
esos que se derriten como un/
queso si se los hace funcionar con toda su capacidad instalada
Pero decir que canto es mucho pecaría de ingratitud si dijera
que me he visto en la dura/
necesidad de cantar
y/o derretirme como un queso electrificado
o de envolver a la carrera mi mercadería en un pliego de papel
así lo hacen esos/
subproductos de Taiwán los vendedores de plástico
cada vez que el pelotón y sus perros de caza se vuelven para
ahuyentarlos/
Corretean indolentemente hacia ellos como en una caleta de
pescadores una pedrada un/
golpe de remo los perros
echan a volar a las gaviotas de rapiña que se disputan el
deshecho de la pesca/
En una lengua muda tendría que cantar y que no generalizara
Para eso basta con nuestro monumento/
el Paseo Ahumada; en una lengua de plástico debiera
intrínsecamente amordazada y, por supuesto, desechable. Usted
le da cuerda/
y ella dice su Canto General sin necesidad de la pila eléctrica,
únicamente por cien pesos/
(la Flaca lo hizo por mucho más)
“Glolia al señol” diría ella y “Viva Chile mielda”.
La novedad del año como lo fue ese escupitajo taiwanés un
pulpo de plástico del tamaño de/
un huevo de paloma que pegado a una muralla de marmolina
descendía sin/
cuerda, avanzando con sus bracitos.
Nuestro modelo inaccesible cantó desde lo alto de la montaña
sagrada nosotros buscando/
el ras del suelo según nuestra adhesiva manera de dejarnos
caer como/
escupitajos de plástico
porque las condiciones están dadas de otra manera y así
nosotros dados de otra manera/
dados de otra madera plástico de Taiwán que caen sin un golpe
y mueren en el azar/
sobre la mesa húmeda en que se juega al cacho Nueva York
calle adentro/
Sí, Canto General a la pauperización que nos recorta el lenguaje
a un manoteo de sordomudos/
no alfabetizados.
Fíjese usted en la cantidad de palabras que vamos a necesitar
para leer de corrido una página del diccionario/
¿Dónde están? En la lista de los desaparecidos ¿detrás de qué
eufemismos se esconden?/
¿con qué máscaras recorren el Paseo Ahumada?
Escribir, por ejemplo, Democracia Ahora
significó un enorme costo social en el Estrato Bajo a esa frase
ingresaron/
cantidad de muertos casuales muchos de ellos niños algunos,
qué sé yo, y tan fácil que/
parecía repetirla
Los vendedores de esa idea por su parte, en el Estrato Medio,
se negaron a envolverla en el/
lienzo en que la exhibían cuando vinieron a ahuyentarlos
de la escalinata de la Catedral.
Toda una escena que recuerda la televisión europea
más de un parahéroe y yo palidecimos cuando la cabeza del
pelotón inició tropezando en/
los sentados su carga de la caballería escalinatas arriba
arrancándonos el lienzo a los parados de las manos
(el detalle de la palidez no lo registra la televisión)
Pero ésas no son más que palabras
qué son, por lo demás, nuestras metáforas
peones movidos como si uno cogiera piedras con que matar
dos pájaros de una amenaza.
No hacemos nada, no decimos nada
¿Con qué ropa subir ahora el Macchu Picchu
y abarcar, con tan buena acústica, el pastel entero de la historia/
siendo que ella se nos está quemando en las manos?
Los héroes negativos gozan de lo que padecemos: su libertad
incondicional/
una llama graneada y cada veinte metros un polvorín en pie de
guerra/
¿Quién paternalizaría con el cortapiedras o el hijo de la
turquesa/
como si esos desaparecidos no figuraran en la guía telefónica?/
Los muertos de nuestro tiempo acostumbran a suicidarse
Canto General a los héroes, que caen como grandes actores
desconocidos en el campo del/
simulacro defendiendo a sus ajusticiadores de la luz pública
a los desfigurados que sirven de combustible para que rebrote la
llama/
a las momias prematuras
Canto General y no caso por caso
porque el cantante está afásico
Guarda cama de sólo pensar en el río y de pensar en el río a esos
cuerpos cortados que/
derivan hacia su segunda muerte
la muerte de sus nombres en el mar
anonimato en grande y for ever.

Hay sólo dos países.
Hay sólo dos países: el de los sanos y el de los enfermos
por un tiempo se puede gozar de doble nacionalidad
pero, a la larga, eso no tiene sentido
Duele separarse, poco a poco, de los sanos a quienes
seguiremos unidos, hasta la muerte
separadamente unidos
Con los enfermos cabe una creciente complicidad
que en nada se parece a la amistad o el amor
(esas mitologías que dan sus últimos frutos a unos pasos del hacha)
Empezamos a enviar y recibir mensajes de nuestros verdaderos conciudadanos
una palabra de aliento
un folleto sobre el cáncer




Limitaciones del Lenguaje.

El lenguaje espera el milagro de una tercera persona
(que no sea el ausente de las gramáticas árabes)
ni un personaje ni una cosa ni un muerto
Un verdadero sujeto que hable de por sí, en una voz inhumana
de lo que ni yo ni tú podemos decir
bloqueados por nuestros pronombres personales

Tenemos aquí a un hombre, apretado el gatillo contra sus sienes
algo ve entre ese gesto y su muerte
Lo ve durante una partícula elemental del tiempo
tan corta que no formará parte de aquél
si algo pudiera alargarla sin temporalizarla
una droga (¡descúbranla!)
Se escucharían los primeros pálidos ecos
de una inédita descripción de lo que no es.




La ciudad del Yo.

La ciudad del Yo debiera paralizarse
cuando entra en ella la muerte
Toda su actividad es nada ante la nada
quiéranlo o no los agitados viajeros
que inútilmente siguen
entrando y saliendo de la ciudad
bajo la mano ahora
que convierte en sombras todo lo que toca
La mera inercia, sin embargo, despierta
en el gobernador una desahuciada esperanza
Ante la muerte se resiste a capitular
aunque tocado por ella es una sombra
pero una sombra de algo, aferrada
a la imitación de la vida.




Porque escribí.

 Ahora que quizás, en un año de calma,
 piense: la poesía me sirvió para esto:
 no pude ser feliz, ello me fue negado,
 pero escribí.


 Escribí: fui la víctima
 de la mendicidad y el orgullo mezclados
 y ajusticié también a unos pocos lectores;
 tendí la mano en puertas que nunca, nunca he visto;
 una muchacha cayó, en otro mundo, a mis pies.


 Pero escribí: tuve esta rara certeza,
 la ilusión de tener el mundo entre las manos
 -¡qué ilusión más perfecta! como un cristo barroco
 con toda su crueldad innecesaria-


 Escribí, mi escritura fue como la maleza
 de flores ácimas pero flores en fin,
 el pan de cada día de las tierras eriazas:
 una caparazón de espinas y raíces


 De la vida tomé todas estas palabras
 como un niño oropel, guijarros junto al río:
 las cosas de una magia, perfectamente inútiles
 pero que siempre vuelven a renovar su encanto.


 La especie de locura con que vuela un anciano
 detrás de las palomas imitándolas
 me fue dada en lugar de servir para algo.


 Me condené escribiendo a que todos dudarán
 de mi existencia real,
 (días de mi escritura, solar del extranjero).


 Todos los que sirvieron y los que fueron servidos
 digo que pasarán porque escribí
 y hacerlo significa trabajar con la muerte
 codo a codo, robarle unos cuantos secretos.


 En su origen el río es una veta de agua
 -allí, por un momento, siquiera, en esa altura-
luego, al final, un mar que nadie ve
 de los que están braceándose la vida.


 Porque escribí fui un odio vergonzante,
 pero el mar forma parte de mi escritura misma:
 línea de la rompiente en que un verso se espuma
 yo puedo reiterar la poesía.


 Estuve enfermo, sin lugar a dudas
 y no sólo de insomnio,
 también de ideas fijas que me hicieron leer
 con obscena atención a unos cuantos psicólogos,
 pero escribí y el crimen fue menor,
 lo pagué verso a verso hasta escribirlo,
 porque de la palabra que se ajusta al abismo
 surge un poco de oscura inteligencia
 y a esa luz muchos monstruos no son ajusticiados.


 Porque escribí no estuve en casa del verdugo
 ni me dejé llevar por el amor a Dios
 ni acepté que los hombres fueran dioses
 ni me hice desear como escribiente
 ni la pobreza me pareció atroz
 ni el poder una cosa deseable
 ni me lavé ni me ensucié las manos
 ni fueron vírgenes mis mejores amigas
 ni tuve como amigo a un fariseo
 ni a pesar de la cólera
 quise desbaratar a mi enemigo.


 Pero escribí y me muero por mi cuenta,
 porque escribí porque escribí estoy vivo.