marzo 15, 2016

Paula Ilabaca (extracto del libro La Perla Suelta)



¿Era yo?
¿Esa era yo? 

En un territorio básico, en una cama, en un colchón naranjo, ella sueña con yeguas blancas que lamen y buscan dónde parir. Pero al despertarse piensa en él, en su amo, en un brusco intento de querer que permanezca. Piensa en él, en un montón de imágenes torpes que irrumpen transmutadas en artefactos sin color sin rabia sin daño ni penetración. Es entonces cuando irrumpen voces, coros, chirridos de cuerdas, óperas y canciones de rock; es entonces cuando su figura o la mujer de laque hablábamos cae rendida a los pies de la cama o podría ser de rodillas en el baño, murmurando una sola frase una sola oración:

“hace un mes que no jodo con nadie”.

Y luego entre el bullicio se escucha la letra de una canción:
“this bed has seen it all /  from the first time to the last”.
Y ella sigue bajando de peso. Y ella sigue bajando de peso, diciendo, recitando, diciendo:

“aunque me coma todo aunque me lo coma”.

Las yeguas pastan, patean felices. Las yeguas en la cama naranja, que es el territorio básico, el rictus de su boca cuando se alimenta, que es otro territorio básico; o la pena, el descalabro, el espanto. Que no son básicos, que no lo son.

Imagina que caen las cuencas de los ojos en las paredes y las formas. Imagina quede a poco siente que va surgiendo una pereza bélica de la cual no es posible sustraerse. Imagina que se quiere correr con el dorso de la mano. Imagina que le da flojera masturbarse sola. Imagina que camina por el espacio minúsculo del baño, que no hay ventana, que se toma el pelo y se mira al espejo. Se mira el corazón de oro que le cuelga en la mitad del pecho. Las yeguas. Pastan. Eso es. Las yeguas y esos ojos redondos, el sueño, la canción, la cama naranja, el rezo. Es así. De la manera que tú quieras, de la manera más rota y simple. Imagina que se mira al espejo y pronuncia una oración. Que lentamente se le cae la saliva porque se ha quedado un buen rato con la boca abierta. Piensa en él, en el eunuco, en sus cabellos tiesos, en sus músculos blandos. Luego se la limpia con un gesto meticuloso, con papel higiénico, con la toalla. Está sentada, luego. Está sentada en la taza del baño y vuelve a decir la misma oración, pero esta vez agrega:

“Hace un mes que no jodo con nadie.
Hace un mes que no me salta la liebre,
que no se me prenden los cachetes;
hace un mes que no veo la luz”.

Lo dice de la manera más rota y simple. Eso es. Un porcentaje breve, tenso de infecciones la ronda. Parece que una de las yeguas parirá esta tarde. Al hacerlo la cama comenzará a crujir, la cama y las formas que se estiran en la pared cuando el sol entra a través de las cortinas, sin que ella lo quiera, por supuesto. El sol molesta en los granos que le han salido esa mañana, unos granos en el coxis. Eso es nefasto, pues cuando los siente en su cuerpo, ella comienza a decir o a balbucear:
“feed mewhen i’m hungry / drink me till i’m dry” .
Luego pregunta en voz baja, mirándose en el reflejo del televisor, llevándose a la cara un antifaz:
“mi amo, ¿dónde quedó mi amo?”


Primera Persona Singular
o
la configuración la voz de la suelta. 

Es así mismo. Me toman del cuello y observan mi pera. Examinan lo que ya saben, la mueca de la suelta, el sabor de la que ya regresó. Hoy volveré a comer. El amo ya lo sabe. Hoy comienza una nueva tirada, hoy y después, hasta que ya no que den estupideces por recordar. Me veo a mí misma en el polvo del baño, el polvo de la pieza y el polvo que me gustaría en el sillón. Esta casa está llena de desidia, esta casa y la sombra de un miembro perturbándolo todo; esta casa, sus rincones limpios, el ruidito de la canción famosa de los picos gemelos.

No estoy enamorada. Una yegua no se enamora. Es solo que hay momentos en que una voz que está muy dentro mío y que a veces circula entre los rincones de esta casa, entre la sangre de mi montura blanca, me dice que llame, que busque, que hostigue. Pero luego todo sigue igual, las mismas noches, las mismas batallas, las mismas rutinas, el mismo espejo que me devuelve la imagen de quién soy yo en concreto, de quien soy en la mitad de mi corazón de oro, ese que regaló, ese que no me dejó sacar más. O yo entre el maquillaje que pocas veces uso, para que no se vea el rostro de la enfermedad, el rostro del amor. No estoy enamorada no lo estoy, ya no me enamoro; una yegua no puede estarlo. Entonces pienso en mi amo, en mi señor. Elaboro mi rostro en el espejo, un rostro fiero, terso, de dientes alargados y amarillos. Pienso cuando como sin lograr saciarme; cuando pasan por esta cama y no se encuentran, y yo, y yo no. Luego pienso que quizás debiera tener la mitad de un corazón de oro para el reinicio, para intentar olvidar.

Se acaba la fiesta, se acaba, y no importa cuán brilloso era el vestido ni el maquillaje, tampoco cuántos quisieron joder o intentar agarrar, siempre queda el mismo rostro, el mismo desgano y la idea del vacío a un alto voltaje. Es por eso que hay un espejo en la improvisada pista de baile, para que me recuerde la cara de la desidia, lo voluptuosa que puede ser la maldad o mejor aún, lo bella que se ve una mujer cuando ha pasado la noche en la tirantez de los que no conoce, en el hastío de las veces que se pierde y no hay hacia dónde, no hay.

Cuando el instrumento suyo se volvió flácido y no había cómo empinarlo; cuando una vez la sentí blanda, desanimada, minusválida casi, y lloré y lloré. Cuando no entendía que no quisiera un beso de buenas noches, cuando no tuvo el valor de decirme que no. Cuando engañó, cuando dijo que me amaba, cuando todo lo que quería era salir a agarrar. Ahora todo tiene un sentido, ahora es mucho más simple: debo asumir la resurrección. Y esto es mucho decir, es mucho dedicar líneas a uno que no se le paraba y que había que aguantarlo todo el día toda la noche con sus maneras mustias, su desprecio, su follón triste, sus idas rápidas. Como diciendo, como esa canción:ligero iba de prisa, pensaba solo en llegar. Porque o si no decaía rápido, y con una mentira daba la vuelta y seguía ordenando.

Y la perla pensó que podía quedarse
con algo pero lo botaba todo.

El amo ha desaparecido. Se ve en la forma en que se ennegrecen estos papeles, en cómo las quemadas se recomponen, en la aparición del rey. El amo y el eunuco, que son lo mismo, con su estela, su lata, su desprecio, su flacidez, colapsaron en el instante perfecto. Las yeguas ya no pastan. Están tiradas por ahí, con las fauces abiertas y las ancas torcidas entre las madejas de la cama anaranjada hecha hilachas, fragmentos de las partidas, de las aberturas, de las corridas de la mujer que cantaba en un primer momento. Esa que decía algo como hace un mes que no jodo con nadie o podría haber dicho además estoy hecha pedazos, retazos parezco en esta constelación o cuando cantaba this bed has seen it all o feed me when i’mhungry, etcétera, etcétera. Ahora, esta mujer adoptó un nombre: la suelta. Y tiene una homóloga, que es ella misma, que es otra, que son todas, que le sigue los berrinches y las formas que adopta para agarrarse a los que le tincan, para luego deshacerse de ellos: la perla.

Ya que venga otra cosa

Contando los días que pasan, la suelta se pasea por el territorio básico, murmurando una canción. Mira su cama naranja, piensa en los días en los que el sudor bordaba las sábanas, los besos lo mismo, la pura y santa piedá. Lo mismo y lo mismo. Babear. Hostigar. Correr. Llegar. La cama. Repleta de oraciones. Bajo la almohada hay unas llaves, sujetas por una cadena con un corazón de oro, que la suelta mira arrobada, porque ella no tiene corazón. Más allá, en otro espacio o bajo otro estado, el rey está profundamente dormido. Y no escucha. Y no siente. Y no sabe que la suelta espera y espera el momento justo en el que se hará la linda, para luego escapar. Como siempre lo ha hecho, porque no puede, porque no sabe quedarse o porque simplemente le irrita, le irrita todo lo que parece ir en serio.

Y la perla tomó todos esos polvos viejos
y a la basura los tiró

Ya verán cuando esto se me pase, dice la perla mientras se arregla en secreto, en un ritual repetido, malvado, interno. O en todas esas pajas que se pega a solas, porque lo sabe, porque ya lo descubrió. Mientras tanto, la suelta se acicala y se acicala. Y no pasa nada. Por aquí, por esta cama naranja, por esta casa revuelta, no pasa nada. Y para qué debería pasar, pronuncia o murmura la suelta en medio de su gesto repetido y constante de mirarse al espejo. Esto es así, recita en un enjambre de palabras mielosas que se le pegan al cuerpo, esto es así, lo dice cuando camina en pelotas, pensando en la perla y en los ojos del rey; inevitablemente arranca. Así es esto, así será. Le dice la suelta a la perla mientras ve cómo la otra se corre.

Y mientras tanto lo hacían 
una y otra vez.

Y la suelta pensó que venirse era la mejor forma de expulsar a la perla, mientras el joyero las manipula a ambas como si fueran pedazos regios de su sensualidad alzada, de sus ojos, su canto al oído melindroso, su penetración. Y es así como ambas se relamen pensando en los destellos verdes; a lo lejos unas óperas rechinan aturdidas, repletas de miel, repletas de trastes dislocados por las maneras en que tiran, en que se aplastan y mesan los cabellos o las crines, revueltas, desmayadas, irregulares, ajenas. Y se les ocurre que así se debe agarrar, así se debe sentir cuando desean, cuando coagulan, cuando sangran por los labios, por las hendiduras, por la tirantez de la muesca opaca, magna, violácea, por su tirantez.

Será por constancia o no que la perla jode y jode sin cesar. Será porque le han pasado por encima tantas veces, será porque no puede dejar de ser como sí. Y ahora le ha dado por joder a la suelta, para que esté atenta, para que observe. Y en cada embestida, mientras chillan las yeguas por el traste blanco y terso de la perla, ésta se estira y dice cómo me gusta terminar así, cómo me gusta que me la den. Y la suelta la mira de lejos, con el semblante aterido de tanto llorar. Y por cada lágrima que le cae, se ve en el rostro de la perla, con esa singularidad, con esa misma patudez.

Instalada en el umbral que la lleva hacia sí, instalada en las mareas que le suben la miel y el jugo, hasta terminar en cuatro y rechinando a la par de las yeguas, las que suben sus coros en vigilia, las que pesan y montan papeles, directrices, acciones. Esta perla sabe lo que quiere. Lo sabe y distrae a la suelta, que no ha dejado de lloriquear, plantada en una de las quemadas, en una de las esquinas de su quejumbre añosa, en vano, latera. Estoy harta de ti, le dice la perla, la que fue concebida en una de esas noches, en uno de esos vacíos hambrientos, melosos, en los que la suelta se iba jodiendo por la ciudad. Tuvo que ser penetrada la suelta. Tuvo que serlo. Se la tuvieron que meter para que en una de esas empalagosas tiradas, se constituyera la perla, se redondeara, se hiciera a sí misma, así no más, como las cosas que pasan a veces, como ese joyero que se la pudo con la suelta, el propio que le paró en seco el llanto, el que se internó en ella hasta que juntos en una relamida de gemidos y espasmos la engendraron, a ella, a quién más, a la perla.




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