mayo 15, 2016

Tomás Godoy, El Empampado / Nicolás Ferraro.






Tomás camina por la llanura, solitaria, con la sed metida en él como una llama amarga. Una llama que es más caliente, más espesa, más árida en la lengua: una goma reseca, hinchada, dura. Perderse en cualquier desierto es malo, pero perderse en el desierto más seco del mundo es horripilante. Los ojos de Tomás, cansado de buscar bajo el sol un hito cualquiera, una señal cualquiera para orientarse, están rojos y en vez de lágrimas se le llenan de una pus verde, maloliente. Y sin embargo, peor que sus ojos, peor que su lengua, son para Tomás las piernas: dos absurdos cerros de plomo puro que apenas pueden arrastrarlo por el desierto largo, dos cerros de nervios vivos pesándole en la cintura. -¿cómo cresta me pude empampar?- se preguntaba Tomás una y otra vez. Y le da rabia. Pero no lo sabe. Su estúpida fe de baquiano, las esperanzas puestas en el cateo tienen, sin duda, la culpa. Pero, ¿qué putas lo hizo perderse?, ¿se durmió sobre la mula un par de horas?, confundió un cerro con otro?, una señal con otra?. No lo sabe. Si marchara hacia el poniente, hacia el oeste, llegaría a orillas del mar. ¡Lo que me mojaría la gran puta!- se relame Tomás. Se mojaría pero está a 300 kilómetros del mar y no puede, sin agua, caminar tantos kilómetros. Ni con la mula, si todavía pudiera contar con ella. Por lo demás, cree Godoy que el río Loa no puede estar a más de treinta o cuarenta kilómetros de distancia, ¿pero en qué dirección? ¿hacia dónde?.
A lo mejor la pregunta correcta que debe hacerse Tomás es ¿cómo llegar a cualquier parte? ¿alcanzo? porque ya hay tres buitres en cielo desde donde desciende el fuego que lo mata, deslizando a lo largo de tres invisibles espirales cónicas que concluyen en él. Cuando lo vio por primera vez, planeaba a gran altura. Ahora bajan ávidamente, con hosca y fría premura. ¿Cuánto, -se preguntaba Tomás aburrido- tardará en posarse aquí, a mi lado, el primero? y los tres participaron en el festín de carne de mula hace ya cuatro días. Deben tener hambre y sed. Hambre y sed como Tomás Godoy, el empampado.
-¡Pájaros malditos y re-malditos, hijos de perro y puta! - gruñe  entre dientes Tomás, amenazándolos con el puño impotente y resaca- ...de su madre! -solloza.
Mientras camina piensa: ¿como saben tanto de la muerte estos pájaros crestones?¿Por qué descienden en el momento preciso? Tomás se tendió sobre la arena salobre, seca, después de tambalearse por algunos minutos, inclinando el tronco para parecer vencido, impotente, moribundo. Aulló y blasfemó y cayó con los brazos en cruz como si hubiera, por fin, concluida su lucha contra el desierto. Como si ya no les restaran ni fuerzas ni aliento. Se quedó inmóvil, casi sin pestañar o pestañeando hacia dentro, con una mueca zorruna, también hacia adentro, mirando hacia lo alto sólo a través de dos delgadas ranuras confundidas con las arrugas de los ojos y su rostro. Semi-ocultas por la espesa barba. Esperando. No era difícil permanecer allí, tendido. El terrible cansancio, la sed, las ganas de morirse por fin, hacían leves las horas de espera. Los buitres tardaron horas en descender hasta unos cuantos metros por encima de Tomás. Uno hasta pisó la pampa y se elevó de inmediato. Lo midieron, lo pesaron. lo auscultaron y lo olieron. No percibieron a la muerte sin embargo olieron la trampa eso sí, los malditos y se elevaron otra vez, perezosamente, gasta la mitad de sus respectivos embudos,  enfurruñados, enojados con Tomás Godoy. La muerte es una cosa muy seria. ¡Ea! ¡ A no jugar con ella! ¿Quién puta se cree este carajo? ¿Cree engañarnos el jetón? Seguramente  recordar sin aprecio a la madre de Tomás como a una mal parada prostituta, hija de perra y otras cosas que ser pájaros decentes se callaron sin duda.
Y se queda abajo Tomás, un larga rato se quedó todavía tendido sobre la tierra áspera, frustradas sus esperanzas de coger por el cuello pelado a uno de los malditos con su puño fuerte de minero y baqueano, para acuchillarlo luego, abrirle la garganta y beber esa sangre emponzoñada con la carroña, esa sangre pestilente, nauseabunda, escasa, pero sangre fresca al final para durar un par de días más. Maldijo a su vez a los pájaros Tomás Godoy. Se levantó y siguió su la lento camino por la pampa inmóvil,  metido en un largo aire o plomo derretido, fantasmal: un aire que se hacía visible con el lento intercambio térmico de las capaz de diferentes temperaturas, o con el contacto - con la tierra que arroja el calor a borbollones.
Por eso camina apenas, soñando con llegar, de pronto, a la orilla de una quebrada honda, al fondo de la cual,  como un milagro podría aparecer el agua del rio, el verde de las yerbas, el rumor de agua azul, helada y dulce. Y hasta, ¿por qué no? algunas trampas para camarones. Esas trampa que le indicarían la vecindad de otro ser humano. Pero no llega a quebrada alguna, ni llegará jamás a quebrada alguna: a los lejos, como un signo final, como si estuviéramos viviendo sus últimos días en un infierno circular, infinito, reconoce a través del pus verdoso que le cubre los ojos, el esqueleto de la mula. Y a un par de buitres más, disputándose algún pedazo de cartílago, algún pequeño trocito de tripa caído en la tierra, algún segmento de musculo oculto entre los huesos y una piedra. Esperan sin duda. Sabían los malignos , que Tomás Godoy regresaría. Y ahora sí, Tomás pierde su obstinada calma, su resignación de minero, la fe en sí mismo, la fe en el cielo, el optimismo llano y puro de su temperamento pampino. Blasfema, se insulta , se maldice, aullando hacia su interior reseco porque la sed no le permite aullar hacia el exterior. Lágrimas purulentas corren por sus mejillas. Estamos jodidos Tomás hombre, brama su corazón fatigado. Esta vez no te salvas, Tomás Godoy, por la cresta.
Hace caso dos semanas que no ve un signo humano; un poste telefónico, un sendero o una huella, la nieve despedazada de un tiro; alzándose hacia el cielo como una gigantesca seta blanca; una luz. Ni oye un ruido que pueda asociarse a los seres humanos: el rumor lejano de un avión el ronronear de una automóvil, el metálico chaca-chaca-chaca de un tren. Solo el viento se mueve, en un signo, suspira, relincha y silba entre las cicatrices del terreno.
Tomás Godoy levanta un puño cansado hacia el cielo, hacia los buitres. Enseña los dientes como un animal acosado. Llora. Busca una piedra cualquiera. Son todas iguales ahora, Se tiende con el cansancio propio de una acto final y se duerme de inmediato con el sol encima - un sol que no cesa de lacrar su fuego- de su rostro de hombre en derrota, casi muerto, la cabeza apoyada en la piedra.
Despierta, sin embargo, Tomás, casi al amanecer, sorprendido aún de estar con vida, bajo un cielo que se tiñe de rosa en el horizonte de piedra lejano, apagada su sed, desaparecidas el cansancio y la desesperación, su lengua reducida a su tamaño natural: ya no la siente en la boca. Despierta Tomás Godos sin dolores en las piernas, sin hambre, de modos que se despereza y se sienta en el borde de una zanja, moviendo los pies tan descansados, teniendo a rededor el desierto oscuro, los diamantes atenuados de las estrellas, el viento leve de la madrugada. Y entonces ve a la mujer, también sentada, en el otro extremo de la zanja, que lo observa en silencio.
Es penas una silueta negra contra el rosa viejo del horizonte. Ese rosa que avanza hacia el centro de la bóveda,  estrellada aún en ramalazos de un verde acuoso, diluido casi transparente. Es apenas una silueta de una mujer, pero su presencia se impone a Tomás:  la siente encima, oye su respiración campesina, percibe sus hondos, negros ojos  clavados en los suyos; vislumbra el cuerpo grande, y sin embargo, esbelto. Tomás recoge en su pecho, en su vientre y en sus muslos, casi como el aire,  la caricia de las grandes manos de hueso largos, delgados y palmas anchas y amigas de la mujer próxima. Mientras el alba avanza, Tomás Godoy, silencioso y terco como una mula, como su padre, rehúsa preguntarse qué es lo que quiere a esa hora y en ese lugar la mujer; cómo pudo quitarle la fatiga y la sed nada más que apareciendo frente al cielo que recibe los torrentes de luz multicolor y clara de un sol nuevo, que todavía asoma.
Es un macho sombrío Tomás Godoy, de modo que rehúsa hablar, ¿no podría regresarle la sed? Rehúsa moverse; ¿no podría retornar las piedras de plomo, los inmensos cerros de plomo y nervio vivo, la respiración asmática por esfuerzo y la falta de agua, los ojos purulentos? ¿no podría desvanecerse la mujer?
Pero cuando ella perfectamente visible, estereométrica en mitad de la pampa, y no silueta simple en el cielo, Tomás vence la timidez de su hombría y le dice: "buenos días". Ella asiente en silencio. Viste de negro; lleva una manta gris en la que se arrebuja,  protegiéndose contra el viento del alba. Su pelo es liso, y lo peina tirándoselo hacia la nuca, tirante las sienes, y se recoge en la parte posterior de su cabeza aplastándose allí en un pequeño rodete. Su boca es ancha, sus labios gruesos y simples, casi sin dibujo ni relieve. Sus mejillas se hunden bajo los pómulos salientes y sobre los pómulos los ojos son inmensos, inmóviles, verdes, bajo unas cejas anchas y ariscas. Tiene grandes senos sobre un torso delgado, casi indefenso, piernas largas, de muslos gruesos y delgadas pantorrillas morenas, piernas que emergen de caderas anchas, de madre reciente o matrona dulce, casi romana.
Tomás no quiere preguntarse que hace ella aquí, a su lado. Se avergüenza de haberse empampado, de haber estado girando en torno a una mula,  solo en la llanura infinita y caliente rodeado de grandes cerros azules todavía, apenas visibles en la mañana nueva, confundidos con el azul del cielo casi recién pulimentado.  No se pregunta ni le pregunta a ella si también está empampada pero no lo parece. Simplemente siente en sus riñones el deseo de tenerla más próxima pero sin moverse él porque también es bueno y parece recién pulido. Estira su mano apenas, volviendo la palma hacia el cielo, en una súplica muda y expresiva.
La mujer se arrodilla en la zanja y pone una de sus largas manos frías, increíblemente frías, sobre la mano que Tomás le tiende. Ahora está Tomás con ella como la deseaba. Los ojos profundos, impenetrables, esos dos pozos de tristeza verde, increíble, inagotable, perforándole los suyos, que ya no supuran ni le arden ni le desbordan de luces brillantes, multicolores, como ocurría el día anterior, luces que se destrozaban en agujas dolorosas aún estando los parpados bien apretados bajo la luz implacable del desierto:
- ¿Quién eres tú? -pregunta Tomás.
Ella escruta ahora el rostro de Tomás, su barba hirsuta, sus mandíbulas cuadradas de mula.
- Me he curado la sed -le dice Tomás- . Me has curado el dolor de las piernas. No me duelen. Tampoco los ojos. Has hecho huir a los buitres, quien eres?
La mujer se pone de pie. El silencio cae entre ella y Tomás Godoy como un largo cuchillo. Tomas también se pone de pie ahora, estirando los brazos en el tranquilo aire ventoso de la mañana.
- ¿De dónde vienes?
El largo cuchillo del silencio se alza moviéndose apenas y cae otra ve con pereza. La mujer hace un gesto amplio con su mano izquierda. De cualquier parte, dice el gesto, de todas partes.
- ¿Sabes cómo se llega desde aquí a los ojos del salado?
Ella asiente.
- ¿Sabes cómo puedo llegar al rio?
Ella le aprieta la mano y como amantes quinceañeros dan algunos pasos por la pampa, unos pasos livianos, larguísimos, fluidos. Dejan el esqueleto de la mula atrás, arpa sobre el desierto silencioso, terrible y ya están al borde de una quebrada profunda, cuyos muros verticales descienden treinta metros hasta el agua inmóvil, retozona, que centellea entre las yerbas y los arbustos verdinegros. Un agua con espumas transitorias, efímeras.
Tomas Godos se exalta. "Estaba aquí, al lado mío, casi tocándome, la gran puta. Y tiene que venir de no se donde una mujer a decírmelo, a mí, a Tomás Godoy, el baqueano" piensa. Con el rio a sus pies ya nada puede temer. Descenderá a lo largo del rio hasta Toconao. Podrá beber, comer camarones, bañarse. Dando gritos baila a orillas de la quebrada una jota demencial, furibunda, terrible.
-¡El río, el río! -solloza de júbilo. Brincando- ¡El río!
La mujer lo contempla en silencio, con asombro creciente. Su rostro serio, triste, brilla aceitosamente: el sol está naciendo.
- ¡El río, mujer, el río! -grazna Tomás.
Trata de tomarla por la cintura para que lo acompañe  en su danza extravagante, infernal, pro su mano solo recoge aire y no cintura estrecha. Ella ha retrocedido un par de pasos para evitar el contacto.
Tomás Godoy se lanza contar el suelo pedregoso y áspero y rueda como un perro que aplasta a sus pulgas en un pozo de arena. Y como un perro, continua aullando. "¡Llegar al río. Putas la suerte grande!", piensa, mientras su voz grita: " el río, mierda, el río" y se muere de la risa, con sus viejas carcajadas de hiena, golpeando la arena con sus puños. ¡Ea!, ¿Golpeando qué con sus puños? Porque no siente la dureza firma de la costra en sus manos. No la siente. Ni siente las aristas de los pequeños guijarros. El filo de algún trocito de mica. Sus manos golpean el suelo, pero no lo golpean, como si fueran transparentes a l dureza, al dolor. Tomás Godoy recién comprende y sabe por qué  amó a la mujer desde el momento mismo en que le puso los ojos encima, pero se resigna. Todavía da un último golpe desganado a la costra que recorriera durante tantos años pero es inútil. Con un sollozo turbio de frustraciones y de miedo se mira los gruesos dedos crispados, ahora limpios y perfectos. Se mira las palmas que tenían callos, pero que en este momento terrible aparecen limpias, suaves, pulidas...
-¡Oh, no! -llora Tomás Godoy.
Porque sus palmas ya no poseen líneas, Las líneas donde la vieja Anicota pudo haber leído su destino. Ya no posee destino Tomás. Son manos más delicadas que los jefes de la pulpería en "Anita", "Cecilia", "María" o la "Pinto". Las de ellos estaban trisadas, resquebrajadas por esos surcos donde la suerte había depositado sus semillas. Ya no hay semillas de suertes en la manos de Tomás. Sus manos son perfectos guantes de cristal opaco, liso, llano, sin surcos.
Se arroja sobre sus rodillas Tomás Godoy, el empampado. Ante la mujer imposible. Ante sus enormes ojos verdes, profundos, adoloridos, tan lejanos, tan inaccesibles. Se pone sus hinojos Tomás Godoy ante la mujer que hizo doler sus riñones animales cuando la vio sentada en la zanja, hace un momento, hace un minuto. Con ese fuego quemante transformado en odio cruel, amargo iracundo.
-¡Eres la muerte, mierda, eres la muerte! - grita.
-¡Oh, no, eso no!- replica la mujer en voz baja.
La oye por primera vez Tomás: es una voz solitaria, interior, preñada de negrura.
-¿Quien puta eres, entonces? ¿Dios acaso?¿O la virgen?
La mujer encoge sus hombros. No me importan las preguntas.
-¿Puedes darme otra vez las líneas de mis manos, mi sed?
-No, no puedo, Tomás Godoy.
-Quien puede, por la madre.
-Ahora, yo no creo, nadie en el mundo ya.
Está llorando la mujer cuando lo dice. Sus brazos cuelgan como badajos sin campanas. Las lágrimas ruedan por la hosquedad de sus mejillas, su cabeza cae hacia la tierra, desamparada, desconsolada, hasta que su barbilla se apoya en el nacimiento de sus opulentos senos.
-¡Quien puta puede!
El alarido de Tomás no tiene eco.
- Creo que nadie puede ya- replica la mujer. Tomás Godoy se pone de pie lentamente. Se toma la cabeza entre las manos. No entiende. Si la mujer no es la muerte ni la Virgen, ¿Quién es? Si le pudiera regresar las líneas de la manos...se siente fuerte Tomás. Vivo. Por sus piernas de nuevo poderosas, infatigables, casi percibe la circulación de una sangre roja, entera, sana. Y este deseo que regresa. Si he de morir, se dice Tomás, el empampado, o si ya he muerto que sea acostado con la última mujer que puedo ver. Si, está vivo. Quiere las líneas de las palmas, es todo lo que le falta.
-¿Quién eres?
-No lo sé- Dice la mujer-. Hasta anoche era margarita Guzmán. Estaba en el hospital regional, en Antofagasta. Tuve un hijo, después le dijeron a Oscar, mi marido que tuve septicemia. Era una fiebre horrible. Oí la medianoche antes de dormirme. Sé que Oscar estaba en el pasillo, cerca de mi puerta. A lo mejor no estaba. Debe ser infecciosa la septicemia. No sé. Me despertó un viejo desdentado (dijo llamarse Aliro Munizaga). Tenía un cuello arrugado y rojo y ojos muy tristes. También miré la palma de mis manos. estaban lisas. Como las tuyas. ¿Eres la muerte Aliro Munizaga? le pregunté. No, me dijo, no soy la muerte. Como tú a mí, le pregunté a él: ¿entonces quien eres?. Aliro Munizaga era hasta hoy, para servirla, me dijo. De pronto llegó a mi casa una pequeña niña, delgada, con una gran vientre hinchado. Ojos horribles. Dulces, pero horribles. Solo me rozó con su mano en el muslo. Yo vivía en pueblo hundido. Nunca había visto una niña como esa me dijo Aliro Munizaga. Te espera Margarita Guzmán, dijo la niña. Esa soy yo y aquí estoy. No sé quien me trajo, como cinc, adonde iré ahora, dijo Aliro Munizaga. Te espera Tomás Godoy empapado a unos metros del Loa y llegué a la zanja. Estaba ahí Tomás. Amanecí contigo.
Tomás aúlla igual que lobo sin loba en una noche de primavera y ventisca.
-¿Es mi turno?
La mujer asiente sin hablar.
-¿Quién es?
- Luis Valenzuela. Cogido entre dos trenes en la estación de ferrocarriles de Calama.
Tomás Godoy llora sobre la llanura silenciosa. Se aproxima a los vagones del ferrocarril sin hacer caso a los gritos de la gente que mira, donde, por fin: Luis Valenzuela deja de quejarse y de gruñir. Cuando Luis Valenzuela se pone de pie, a su lado, ya Tomás Godoy lo sabe.
-Te espera Juana Aguirre en Baquedano, Lucho Valenzuela.
Valenzuela gime y comienza a desaparecer. Sombra en la claridad del día pampino, camino a Baquedano. Llegará también ahora mismo y sabrá de golpe el nombre que enseñará a Juana Aguirre. Y Juana Aguirre llevará en los labios o en la memoria cuando Valenzuela lo diga y Juana Aguirre irá a su destino, acarreando el nombre y algo que puede ser una fruta o el agua que le quitó la sed y el cansancio a Tomás Godoy y le curó los ojos. Algo como el agua que le borró de las manos los surcos del destino y en cambio depositó en ellas un nombre, solo un nombre y el huevo de la muerte.

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