septiembre 24, 2016

Capítulo 25. Del libro Los Detectives Salvajes. Roberto Bolaño





Jacobo Urenda, rue du Cherche Midi, París, Junio de 1996.


Es difícil contar esta historia. Parece fácil, pero si rascas un poquito te das cuenta enseguida de que es difícil. Todas las historias de allá son difíciles. Yo viajo a África por lo menos tres veces al año, generalmente a los puntos calientes y cuando regreso a París me parece que todavía estoy soñando y me cuesta despertar, aunque se supone, al menos en teoría, que a los latinoamericanos el horror no nos impresiona tanto como a los demás. Allí conocí a Arturo Belano, en la oficina de correos de Luanda, una tarde calurosa en que no tenía nada que hacer salvo gastarme una fortuna en llamadas telefónicas a París. Estaba en la ventanilla del fax luchando a brazo partido con el suplente del encargado que quería cobrarle de más y yo le eché una mano. Por esas cosas de la vida, los dos éramos del Cono Sur, él chileno y yo argentino, decidimos pasar lo que quedaba del día juntos, posiblemente fui yo quien lo sugirió, siempre he sido una persona sociable, me gusta conversar y conocer a otras personas, no se me da mal escuchar, aunque a veces parece que escucho pero en realidad estoy pensando en mis cosas. Pronto nos dimos cuenta que teníamos más en común de lo que creíamos, al menos yo me di cuenta, supongo que Belano también, aunque no dijimos nada, no nos felicitamos mutuamente, ambos habíamos nacido más o menos por las mismas fechas, ambos habíamos rajado de nuestras respectivas repúblicas cuando pasó lo que pasó, a los dos nos gustaba Cortázar, nos gustaba Borges, ninguno tenía mucha plata y los dos hablábamos un portugués de ahí te quiero ver. En fin, éramos los típicos muchachos latinoamericanos de cuarenta y pocos años que se encuentran en un país africano que está al borde del abismo o del colapso, que para el caso es lo mismo. La única diferencia estribaba en que cuando se acabara mi trabajo, soy fotógrafo de la Agencia La Luna, yo iba a volver a París y el pobre Belano cuando acabara el suyo iba a seguir en África. ¿Pero por qué, hermano?, le dije en algún momento de la noche, ¿por qué no te vienes conmigo a Europa? Incluso me tiré el carril de que si no tenía dinero para el pasaje yo le prestaba, esas cosas que se dicen cuando uno está muy borracho y la noche no sólo es extranjera sino grande, muy grande, tan grande que como te descuides un poco te traga, a ti y a todos los que estén a tu lado, pero de esas cosas ustedes no saben nada, ustedes no han estado nunca en África. Yo sí. Belano también. Los dos éramos free-lancer. Yo, como ya he dicho, de la Agencia La Luna, Belano de un periódico madrileño que le pagaba una miseria por cada artículo. Y aunque de momento no me dijo por qué él no se marchaba, seguimos juntos y en armonía y la noche o la inercia de la noche de Luanda (que es una forma de hablar: en Luanda la inercia sólo llevaba a meterse debajo del catre) nos arrastró al bulín de un tal João Alves, un negro de ciento veinte kilos, en donde encontramos a algunos conocidos, periodistas y fotógrafos, policías y cafiches, y en donde seguimos conversando. O tal vez no. Tal vez allí nos separamos, el humo de los cigarrillos me hizo perderlo de vista como tantas personas que uno conoce cuando sale a trabajar y habla con ellos y luego los pierde de vista. En París es distinto. La gente se aleja, la gente se va empequeñeciendo, y uno tiene tiempo, aunque no quiera, de decirle adiós. En África no, allí la gente habla, te cuenta sus problemas, y luego una nube de humo se los traga y desaparece, como desapareció Belano aquella noche, de golpe. Y uno ni siquiera se plantea la posibilidad de volver a encontrar a fulano o a zutano en el aeropuerto. Cabe la posibilidad, no digo que no, pero no te la planteas. Así que esa noche, cuando desapareció Belano, pues yo dejé de pensar en él, dejé de pensar en prestarle dinero, y bebí y bailé y luego me quedé dormido en una silla y cuando desperté (con un estremecimiento más fruto del miedo que de la resaca, pues temí que me hubieran robado, yo no frecuentaba establecimientos como el de João Alves) ya había amanecido y salí a la calle a estirar las piernas y allí me lo encontré, en el patio, fumándose un cigarrillo y esperándome. Todo un detalle, sí señor. A partir de entonces nos vimos cada día y a veces lo invitaba a comer y otras veces me invitaba él a cenar, salía barato, no era una persona que comiera mucho, se tomaba por las mañanas su infusioncita de manzanilla y cuando no había manzanilla pedía tila o menta o la hierba que hubiera a mano, no probaba el café ni el té y no comía nada que estuviera frito, parecía un musulmán, no probaba ni el cerdo ni el alcohol y siempre llevaba un montón de pastillas consigo. Che Belano, le dije un día, pero si pareces una botica ambulante, y él se rio como sin ganas, como si dijera no me embromes, Urenda, que no estoy para esas macanas. En el aspecto mujeres, que yo sepa, se arreglaba de lo más bien solo. Una noche Joe Rademacher, el periodista norteamericano, nos invitó a varios de nosotros a un baile en el barrio de Pará para celebrar el fin de su misión en Angola. El baile era en la parte de atrás de una casa particular, en un patio de tierra apisonada, y las hembritas abundaban que daba gusto. Como hombres modernos, todos llevábamos nuestras provisiones de preservativos bien surtidas, menos Belano, que se unió al grupo a última hora debido más que nada a mi insistencia. No les voy a decir que no bailó porque la verdad es que sí bailó, pero cuando le pregunté si tenía condones o si quería que yo le pasara alguno de los míos, él se negó en redondo y me dijo: Urenda, yo no preciso de esos artilugios o algo que sonaba parecido, por lo que presumo que se limitó a bailar. Cuando volví a París él se quedó en Luanda. Tenía pensado ir hacia el interior, en donde aún pululaban las bandas armadas e incontroladas. Antes de marcharme tuvimos una última conversación. Su historia era bastante incoherente. Por un lado saqué la conclusión de que la vida no le importaba nada, de que había conseguido el trabajo para tener una muerte bonita, una muerte fuera de lo normal, una imbecilidad de ese estilo, ya se sabe que mi generación leyó a Marx y a Rimbaud hasta que se le revolvieron las tripas (no es una disculpa, no es una disculpa en el sentido que ustedes creen, para el caso no se trata de juzgar las lecturas). Pero por otro lado, y esto resultaba paradójico, él se cuidaba, se tomaba cada día religiosamente sus pastillitas, una vez lo acompañé a una botica de Luanda buscando algo que se pareciera al Ursochol, que es ácido ursodeoxicólico y que era lo que más o menos le mantenía abierto su colédoco esclerosado o algo así, y Belano en estas lides se comportaba más bien como si su salud le importara mucho, yo lo vi meterse en la botica hablando un portugués del infierno, lo vi revisar las estanterías, primero por orden alfabético y luego al azar, y cuando salimos, sin el condenado ácido ursodeoxicólico, yo le dije che Belano, no te preocupes (pues le vi en la cara una sombra del demonio), yo te lo mando apenas llegue a París, y entonces él me dijo: sólo se consigue con receta médica, y yo me puse a reír y pensé este compadre tiene ganas de vivir, qué va a querer morirse. Pero de todas maneras el asunto no estaba tan claro. Necesitaba medicinas. Eso era un hecho. No sólo Ursochol, sino también Mesalazina, y Omeprazol, y las dos primeras eran de toma diaria, cuatro pastillas de Mesalazina para su colon ulcerado y seis de ácido ursodeoxicólico para su colédoco esclerosado. Del Omeprazol podía prescindir, ésas las tomaba no sé si por una úlcera duodenal o una úlcera gástrica o una esofagitis por reflujo, en cualquier caso no las tomaba a diario. Lo curioso del caso, a ver si me siguen, es que él se preocupaba por tener sus medicinas, se preocupaba por no comer nada que le fuera a provocar una pancreatitis, había tenido tres, no en Angola, en Europa, si las llega a tener en Angola se muere seguro, se preocupaba por su salud, digo, y sin embargo cuando hablamos, digamos cuando hablamos de hombre a hombre, suena horrible pero ése es el nombre de ese tipo de conversación crepuscular, me dejó entender que estaba allí para hacerse matar, que supongo no es lo mismo que estar allí para matarte o para suicidarte, el matiz está en que no te tomas la molestia de hacerlo tú mismo, aunque en el fondo es igual de siniestro. Al volver a París se lo conté a mi mujer, Simone, una francesa, y ella me preguntó cómo era el tal Belano, me dijo que se lo describiera físicamente sin ahorrarle detalles, y luego dijo que lo entendía. ¿Pero cómo puedes entenderlo? Yo no lo entendía. Fue la segunda noche después de mi llegada, estábamos en la cama, con las luces apagadas y entonces se lo conté. ¿Y las medicinas, las has comprado?, dijo Simone. No, todavía no. Pues cómpralas mañana mismo y mándaselas de inmediato. Lo haré, le dije, pero seguía pensando que la historia cojeaba por alguna parte, en África uno siempre se encuentra con historias raras. ¿Tú crees que es posible que alguien viaje a un lugar tan remoto buscando la muerte?, le pregunté a mi mujer. Es perfectamente posible, dijo ella. ¿Incluso en un tipo de cuarenta años?, dije yo. Si tiene un espíritu aventurero, es perfectamente posible, dijo mi mujer que siempre ha tenido una veta un poco romántica, algo raro en una parisina, que más bien son pragmáticas y ahorrativas. Así que le compré las medicinas, se las envié a Luanda y poco después recibí una postal en donde me daba las gracias. Calculé que con lo que le había mandado tenía para veinte días. ¿Qué iba a hacer después? Supuse que volvería a Europa o que se moriría en Angola. Y me olvidé del asunto. Meses después lo volví a ver en el Grand Hotel de Kigali, en donde yo paraba y adonde él iba cada cierto tiempo a utilizar el fax. Nos saludamos efusivamente. Le pregunté si seguía trabajando para el mismo periódico madrileño y me dijo que sí, aunque ahora lo simultaneaba con colaboraciones para un par de revistas sudamericanas, lo que engrosaba ligeramente sus emolumentos. Ya no quería morir, pero tampoco tenía dinero para volver a Cataluña. Aquella noche cenamos juntos en la casa donde vivía (Belano nunca se alojaba en hoteles, como los demás periodistas extranjeros, sino en casas particulares en donde solía alquilar por poco dinero un cuarto o una cama o un rincón en donde echarse a dormir) y hablamos de Angola. Me contó que había estado en Huambo, que había recorrido el río Cuanza, que había estado en Cuito Cuanavale y en Uige, que sus artículos tenían un cierto éxito y que había llegado a Ruanda viajando por tierra (algo en principio casi imposible, tanto por los accidentes geográficos como por la situación política), primero desde Luanda a Kinshasa y desde allí, unas veces por el río Congo y otras veces por las inhóspitas pistas forestales, hasta Kisangani, y luego hasta Kigali, en total más de treinta días viajando sin parar. Cuando terminó de hablar no supe si creerle o no creerle. En principio es increíble. Además, lo contaba con una media sonrisa que predisponía a no creerle. Le pregunté por su salud. Dijo que en Angola estuvo enfermo durante un tiempo, diarreas, pero que ya estaba bien. Yo le dije que mis fotos se vendían cada vez mejor y que si quería, y ésta vez creo que se lo dije en serio, le podía prestar dinero, pero él no quiso ni oír hablar de eso. Después, como quien no quiere la cosa, le pregunté por la gran muerte buscada y me dijo que ahora le daba risa pensar en eso y que la gran muerte de verdad, la más-más o la menos-menos, ya la iba a ver yo personalmente al día siguiente. Estaba, cómo diré, cambiado. Podía pasar días enteros sin tomar sus pastillas y no se le veía nervioso. Aunque cuando lo vi estaba contento porque acababa de recibir medicinas desde Barcelona. ¿Quién te las envió?, le pregunté, ¿una mujer? No, un amigo, me dijo, un tal Iñaki Echavarne con el que una vez tuve un duelo. ¿Una pelea?, dije. No, un duelo, dijo Belano. ¿Y quién gano? No sé si yo lo maté a él o él me mató a mí, dijo Belano. ¡Fantástico!, le dije. Sí, fantástico, dijo él. Por lo demás era notorio que dominaba o empezaba a dominar el ambiente, algo que yo nunca he conseguido, y que objetivamente es una meta que sólo está al alcance de los corresponsales de los grandes medios, de la gente superrespaldada y de unos pocos free-lancer que suplen la falta de dinero con amistades múltiples y con una sabiduría especial para moverse por el espacio africano. Físicamente estaba más flaco que en Angola, de hecho estaba en los huesos, pero su apariencia no era enfermiza sino saludable o eso me pareció a mí en medio de tanta muerte. Tenía el pelo más largo, probablemente se lo cortaba él mismo, y la ropa era la de Angola, sólo que infinitamente más sucia y estropeada. No tardé en comprender que había aprendido la jerga, el argot de aquellas tierras en donde la vida no valía nada y que en el fondo era la única llave —junto con el dinero— que servía para todo. Al día siguiente me marché a los campos de refugiados y cuando volví ya no estaba. En el hotel encontré una nota en donde me deseaba suerte y pedía que, si no era mucha molestia, le mandara medicinas cuando volviera a París. Junto con la nota estaba su dirección. Lo fui a ver, no lo encontré. Cuando se lo conté a mi mujer ésta no se sorprendió en lo más mínimo. Pero, Simone, le dije, si había una posibilidad entre un millón de que lo volviera a ver. Estas cosas pasan, fue su enigmática respuesta. Al día siguiente me preguntó si pensaba enviarle las medicinas. Ya lo he hecho, le dije. Esta vez no me quedé demasiado tiempo en París. Volví a África y volví con la certeza de que una vez más me encontraría con Belano, pero nuestros caminos no se cruzaron y aunque pregunté por él a los periodistas más veteranos del lugar, ninguno lo conocía y los pocos que lo recordaban no tenían idea de adonde se había marchado. Y lo mismo ocurrió con el siguiente viaje, y con el siguiente. ¿Lo has visto?, me preguntaba mi mujer cuando volvía. No lo he visto, le respondía, tal vez ha vuelto a Barcelona o a su país. O tal vez, decía mi mujer, está en otra parte. Puede ser, le decía yo, eso nunca lo sabremos. Hasta que me tocó viajar a Liberia. ¿Ustedes saben dónde está Liberia? Sí, en la costa oeste de África, entre Sierra Leona y Costa de Marfil, aproximadamente, bien, ¿pero saben quién gobierna en Liberia?, ¿la derecha o la izquierda? Eso seguro que no lo saben. Llegué a Monrovia en abril de 1996, procedente de Freetown, Sierra Leona, en un barco fletado por una organización humanitaria, ya no sé cuál, cuya misión era evacuar a cientos de europeos que esperaban en la embajada norteamericana —el único lugar razonablemente seguro de Monrovia según la opinión de quienes habían estado allí o de quienes habían oído testimonios directos de lo que allí pasaba—, y que a la hora de la verdad resultaron ser paquistaníes, hindúes, magrebíes, y algún que otro inglés de raza negra. Los otros europeos, permítaseme la expresión, ya hacía mucho que se habían largado de aquel agujero y sólo quedaban sus secretarios. Para un latinoamericano pensar que la embajada norteamericana era un lugar seguro resultaba una paradoja difícil de digerir, sin embargo los tiempos han cambiado y, ¿por qué no?, tal vez yo también tuviera que refugiarme en la embajada norteamericana, pensé, pero de todos modos el dato me pareció de mal augurio, una señal inequívoca de que todo iba a salir mal. Un grupo de soldados liberianos, ninguno de los cuales tenía veinte años, nos escoltó hasta una casa de tres pisos, en la avenida Nueva África, que era el antiguo Hotel Ritz o el antiguo Crillón en versión liberiana y que ahora gestionaba una organización de periodistas internacionales de la cual hasta entonces yo no tenía noticias. El hotel, ahora llamado Centro de Enviados de Prensa, era una de las pocas cosas que funcionaba en la capital y a ello no era ajena la presencia de un grupo de cinco marines de los Estados Unidos, que a veces vigilaban pero que la mayor parte del tiempo se la pasaban en el salón principal, bebiendo con la prensa televisiva de su país y haciendo de intermediarios entre los periodistas y un grupo de jóvenes soldados mandingos que servían de guías y guardaespaldas en las salidas hacia los barrios calientes de Monrovia o, aunque esto era una rareza o un capricho, hacia las zonas fuera de la capital, las aldeas innombradas (aunque todas tenían un nombre y habían tenido gente, niños, actividad laboral) que, más que nada por lo que contaban otros o por los reportajes que cada noche veíamos en la CNN, eran una copia fiel del fin del mundo, de la locura de los hombres, del mal que anida en todos los corazones. El Centro de Enviados de Prensa, por lo demás, funcionaba como un hotel y como tal el primer día tuvimos que inscribir nuestros nombres en el libro de registro. Cuando me tocó mi turno, yo ya estaba bebiendo whisky y conversando con dos amigos franceses, no sé por qué tuve el impulso de volver atrás una de las páginas del libro y buscar un nombre. Sin sorpresa, hallé el de Arturo Belano. Estaba allí desde hacía dos semanas. Había entrado junto con un grupo de alemanes, dos tipos y una tipa de un diario de Frankfurt. Traté de ponerme en contacto con él de inmediato y no lo encontré. Un periodista mexicano me dijo que ya hacía siete días que no aparecía por el Centro y que si quería saber algo de él fuera a preguntar a la embajada norteamericana. Pensé en nuestra ya lejana conversación de Angola, en su deseo de hacerse matar y se me pasó por la cabeza que ahora sí lo iba a conseguir. Los alemanes, me dijeron, ya se habían marchado. A regañadientes, pero sabiendo en mi fuero interno que no podía hacer otra cosa, fui a buscarlo a la embajada. Nadie sabía nada pero el viaje me sirvió para tomar unas cuantas fotos. Las calles de Monrovia, los patios de la embajada, algunos rostros. De vuelta en el Centro encontré a un austríaco que conocía a un alemán que lo había visto antes de partir. Aquel alemán, sin embargo, pasaba todas las horas del día en las calles, aprovechando la luz solar y la espera se me hizo larga. Recuerdo que montamos, a eso de las siete de la tarde, una partida de póquer con unos colegas franceses y que nos proveímos de velas en previsión de los apagones de luz que algunos decían se producían generalmente al caer la tarde. Pero la luz no se fue y la partida pronto se hundió en un estado común de apatía. Recuerdo que bebimos y hablamos de Ruanda y de Zaire y de las últimas películas que habíamos visto en París. A las doce de la noche, cuando ya me había quedado solo en el salón principal de aquel Ritz de fantasmas, llegó el alemán, y Jimmy, un joven mercenario (¿pero mercenario de quién?) que hacía las veces de portero y de barman, me avisó que Herr Linke, el fotógrafo, ya estaba camino de su habitación. Lo alcancé en las escaleras. Linke apenas hablaba un inglés rudimentario, no sabía una palabra de francés y parecía un buen hombre. Cuando pude hacerle entender que lo que yo quería eran noticias sobre el paradero de mi amigo Arturo Belano, me pidió cortésmente (pero mediante muecas, lo que tal vez quitaba cortesía a su pedido) que lo esperara en la sala o en el bar, que él necesitaba darse una ducha y que de inmediato bajaría. Tardó más de veinte minutos y cuando lo tuve a mi lado olía a loción y a desinfectante. Hablamos, a trompicones, durante mucho rato. Linke no bebía alcohol, me dijo que fue esa característica la que lo llevó a fijarse en Arturo Belano, por aquellos días el Centro de Enviados de Prensa era un hervidero de periodistas, muchos más que ahora, y todos se emborrachaban a conciencia cada noche, incluidas algunas caras famosas de la televisión, gente que debería dar ejemplo de responsabilidad, de seriedad, según Linke, y que acababan vomitando desde los balcones. Arturo Belano no bebía y eso lo llevó a entablar conversación con él. En total recordaba que había pasado tres días en el Centro, saliendo cada mañana y volviendo al mediodía o al caer la tarde. Una sola vez, pero esto lo hizo en compañía de dos norteamericanos, pasó la noche fuera tratando de hacerle una entrevista a George Kensey, el general más joven y más sanguinario de Roosevelt Johnson, de la etnia krahn, pero el guía que llevaban era un mandingo que razonablemente sintió temor y los dejó abandonados en los barrios del este de Monrovia y tardaron toda la noche en volver al hotel. Al día siguiente Arturo Belano durmió hasta muy tarde, según Linke y dos días después se marchó, con los mismos norteamericanos que intentaron entrevistar a Kensey, fuera de Monrovia, presumiblemente hacia el norte. Antes de marcharse Linke le regaló un paquetito de caramelos para la tos, fabricado por unos laboratorios naturistas de Berna, o eso creí entender, y luego ya no lo volvió a ver más. Le pregunté por el nombre de los norteamericanos. Sabía el de uno: Ray Pasteur. Creí que Linke bromeaba y le pedí que me lo repitiera, tal vez me reí, pero el alemán hablaba en serio y además estaba demasiado cansado para hacer bromas. Antes de irse a dormir se sacó un papelito del bolsillo trasero de sus jeans y me lo escribió: Ray Pasteur. Creo que es de Nueva York, dijo. Al día siguiente Linke se trasladó a la embajada norteamericana para tratar de salir de Liberia y yo lo acompañé para ver si allí alguien sabía algo del tal Pasteur, pero el caos era total y me pareció inútil insistir. Al marcharme dejé a Linke en el jardín de la embajada sacando fotos. Le tomé una a él y él me tomó una a mí. En la que yo tiré aparece Linke con la cámara en la mano, mirando el suelo, como si de pronto algo brillante escondido entre el pasto hubiera llamado poderosamente su atención desviando sus ojos de mi lente. La expresión de su rostro es tranquila, triste y tranquila. En la que él me tomó a mí aparezco (eso creo) con mi Nikon colgando del cuello y mirando fijamente el objetivo. Posiblemente estoy sonriendo y haciendo con mis dedos la V de la victoria. Tres días después intenté, a mi vez, marcharme, pero no pude salir. La situación, me informó un funcionario de la embajada, estaba mejorando ostensiblemente, pero el caos en el transporte corría de forma inversa a la clarificación política del país. No salí muy convencido de la embajada. Busqué a Linke entre los cientos de residentes que campeaban a sus anchas por los jardines y no lo encontré. Me topé con una nueva partida de periodistas recién llegados de Freetown y algunos que, sepa Dios cómo, habían llegado a Monrovia en helicóptero procedentes de algún lugar de Costa de Marfil. Pero la mayoría, como yo, ya pensaban en marcharse y acudían a diario a la embajada a ver si había sitio en alguno de los transportes que salían hacia Sierra Leona. Fue entonces, en aquellos días en que no había nada que hacer, cuando ya habíamos escrito y fotografiado todo lo imaginable, que me propusieron, a mí y a unos cuantos más, una gira hacia el interior. La mayoría, por supuesto, declinó la oferta. Un francés del ParisMatch, un italiano de la agencia Reuter y yo la aceptamos. La gira estaba organizada por uno de los tipos que trabajaba en la cocina del Centro y que además de ganarse unos billetes deseaba ir a echar una mirada a su pueblo, distante de Monrovia tan sólo veinte kilómetros, tal vez treinta, pero al que no iba de visita desde hacía más de medio año. Durante el viaje (íbamos en un Chevy destartalado que conducía un amigo del cocinero, armado con un fusil de asalto y dos granadas) éste nos dijo que pertenecía a la etnia mano y que su mujer era de la etnia gio, amigos de los mandingas (el conductor era mandinga) y enemigos de los krahn, a quienes tachó de caníbales, y que no sabía si su familia estaba muerta o aún estaba viva. Mierda, dijo el francés, lo mejor sería que regresáramos, pero ya habíamos recorrido más de la mitad del camino y tanto el italiano como yo íbamos felices tirando los últimos carretes que todavía nos quedaban. De esta manera, y sin toparnos ni una sola vez con un control de carretera, pasamos por el pueblo de Summers y por la aldea de Thomas Creek, de vez en cuando aparecía el río Saint Paul a nuestra izquierda, otras veces lo perdíamos, la carretera era de las malas, a veces el camino discurría en medio del bosque, tal vez antiguas plantaciones de caucho, y otras veces en medio del llano, un llano desde donde se adivinaban más que se veían las colinas de suaves pendientes que se alzaban en el sur. En una sola ocasión cruzamos un río, un afluente del Saint Paul, a través de un puente de madera en perfectas condiciones, y lo único que se nos ofrecía para el ojo de nuestras cámaras era la naturaleza, no diré una naturaleza exuberante, ni siquiera exótica, a mí no sé por qué me recordó un viaje que hice de chico por Corrientes, incluso lo dije, le dije a Luigi: esto parece Argentina, se lo dije en francés, que era el idioma en que los tres nos entendíamos, y el tipo del Paris-Match me miró y opinó que ojalá sólo se pareciera a Argentina, lo que francamente me desconcertó, porque además yo no hablaba con él, ¿verdad?, ¿y qué había querido decir con eso?, ¿que Argentina era más salvaje y peligrosa que Liberia?, ¿que si los liberianos fueran argentinos ya estaríamos muertos? No sé. En cualquier caso su observación me rompió de golpe todo el embrujo y de buena gana le hubiera pedido explicaciones allí mismo, pero por experiencia sé que nada se gana metiéndose en discusiones de ese tipo, además de que el franchute ya iba un poco picado por nuestra mayoritaria negativa a volver y el hombre tenía que desfogarse por alguna parte, amén de renegar a cada rato contra los pobres negros que sólo querían ganarse unos pesos y volver a ver a la familia. Así que me hice el desentendido aunque mentalmente le deseé que se lo culeara un mono y seguí hablando con Luigi, explicándole cosas que hasta ese momento había creído olvidadas, no sé, los nombres de los árboles, por ejemplo, que en mi visión parecían los viejos árboles de Corrientes y tenían los nombres de los árboles de Corrientes, aunque no eran evidentemente los árboles de Corrientes. Y bueno, el entusiasmo que sentía supongo que me hizo parecer brillante, en cualquier caso mucho más brillante de lo que soy, incluso divertido a juzgar por las risas de Luigi y por las ocasionales risotadas de nuestros acompañantes y así fuimos dejando atrás los árboles tan correntinos, en una atmósfera de relajada camaradería, menos el francés, claro, Jean-Pierre, cada vez más enfurruñado, y entramos en una zona sin árboles, sólo maleza, arbustos como enfermos y un silencio de tanto en tanto rasgado por el grito de un pájaro solitario, un pájaro que llamaba y llamaba y nadie le respondía, y entonces nos empezamos a poner nerviosos, Luigi y yo, pero ya estábamos demasiado cerca de nuestro objetivo y seguimos adelante. Poco después de que el poblado apareciera comenzaron los disparos. Fue todo muy rápido, en ningún momento vimos a los tiradores y los balazos no duraron más de un minuto, pero cuando dimos la vuelta al recodo y entramos en lo que propiamente era Black Creek mi amigo Luigi había muerto y el tipo que trabajaba en el Centro sangraba de un brazo y se lamentaba ahogadamente, agachado bajo el asiento del copiloto. Nosotros también, automáticamente, nos habíamos tumbado sobre el piso del Chevy. Recuerdo perfectamente lo que yo hice: traté de reanimar a Luigi, le hice la respiración boca a boca y luego un masaje cardíaco, hasta que el francés me tocó el hombro y me indicó con un índice tembloroso y sucio la sien izquierda del italiano en donde había un agujero del tamaño de una aceituna. Cuando comprendí que Luigi estaba muerto ya no se oían los disparos y el silencio sólo era roto por el aire que desplazaba el Chevy en su marcha y por el ruido de los neumáticos aplastando las piedras y guijarros del camino que llevaba al pueblo. Nos detuvimos en lo que parecía la plaza mayor de Black Creek. Nuestro guía se volvió y nos dijo que se iba a buscar a su familia. Una venda hecha con jirones de su propia camisa le taponaba la herida en el brazo. Supuse que se la había hecho él mismo o el chofer, pero no puedo ni siquiera imaginar en qué momento, a menos que para ellos el tiempo se hubiera transformado en un fenómeno distinto, ajeno a nuestra propia percepción del tiempo. Poco después de que el guía se marchara aparecieron cuatro viejos, seguramente atraídos por el ruido del Chevy. Sin decir una palabra, protegidos bajo el alero de una casa en ruinas, se nos quedaron mirando. Eran flacos y se movían con la parsimonia de los enfermos, uno de ellos estaba desnudo como algunos de los guerrilleros krahn de Kensey y Roosevelt Johnson, aunque era evidente que el viejo aquel no era guerrillero de nada. Parecía como si se acabaran de despertar, igual que nosotros. El chofer los vio y siguió sentado delante del volante, sudando y fumando mientras de vez en cuando echaba miradas a su reloj. Al cabo de un rato abrió la portezuela y les hizo una seña a los viejos, que éstos respondieron sin moverse de la protección que les brindaba el alero, y después se bajó y se puso a examinar el motor. Cuando volvió se explayó en una serie de explicaciones incomprensibles, como si el coche fuera nuestro. En resumen lo que quería decir era que la parte de adelante estaba más agujereada que un colador. El francés se encogió de hombros y cambió a Luigi de posición, de tal manera que le permitiera sentarse a su lado. Me pareció que tenía un ataque de asma, pero por lo demás parecía tranquilo. Se lo agradecí mentalmente pues si hay algo que yo odio es a un francés histérico. Más tarde apareció una adolescente que nos miró sin dejar de caminar y a la que vimos desaparecer por una de las tantas callecitas estrechas que desembocaban en la plaza. Cuando hubo desaparecido el silencio se hizo total y sólo afinando mucho el oído podíamos escuchar algo semejante a la reverberación del sol sobre el techo de nuestro vehículo. No corría ni una brizna de aire. Vamos a palmarla, dijo el francés. Lo dijo con simpatía, así que yo le hice notar que los disparos hacía mucho que habían cesado y que probablemente quienes nos tendieron la emboscada eran pocos, tal vez un par de bandidos tan asustados como nosotros. Mierda, dijo el francés, esta aldea está vacía. Sólo entonces me di cuenta de que no había nadie más en la plaza y comprendí que eso no era nada normal y que al francés no le faltaba razón. No tuve miedo sino rabia. Me bajé del coche y oriné largamente sobre la pared más cercana. Luego me acerqué al Chevy, le eché una mirada al motor y no vi nada que nos impidiera salir de allí tal como habíamos entrado. Tomé varias fotos del pobre Luigi. El francés y el chofer me miraban sin decir nada. Después JeanPierre, como si se lo hubiera pensado mucho, me pidió que le tomara una foto a él. Cumplí su orden sin hacerme de rogar. Lo fotografíe a él y al chofer y luego le pedí al chofer que nos fotografiara a Jean-Pierre y a mí, y luego le dije a Jean-Pierre que me fotografiara junto a Luigi, pero se negó aduciendo que aquello ya era el colmo del morbo y la amistad que empezaba a crecer entre nosotros volvió a resquebrajarse. Creo que lo insulté. Creo que él me insultó. Después los dos volvimos a entrar al Chevy, Jean-Pierre junto al chofer y yo junto a Luigi. Debimos de estar allí más de una hora. Durante ese tiempo JeanPierre y yo propusimos en varias ocasiones la conveniencia de olvidarnos del cocinero y largarnos del pueblo con viento fresco, pero el chofer se mostró inflexible a nuestros argumentos. Creo que en algún momento de la espera caí en un sueño breve y agitado, pero sueño al fin y al cabo, y probablemente soñé con Luigi y con un dolor de muelas inmenso. El dolor era peor que la certeza de la muerte del italiano. Cuando desperté, cubierto de transpiración, vi a Jean-Pierre que dormía con la cabeza reclinada en el hombro de nuestro chofer mientras éste fumaba otro cigarrillo con la vista clavada al frente, en el amarillo mortuorio de la plaza desierta, y el fusil cruzado sobre las rodillas. Finalmente apareció nuestro guía. Junto a él caminaba una mujer flaca que al principio tomamos por su madre pero que resultó ser su esposa y un niño de unos ocho años, vestido con una camisa roja y unos pantalones cortos de color azul. Vamos a tener que dejar a Luigi, dijo Jean-Pierre, no hay sitio para todos. Durante unos minutos estuvimos discutiendo. El guía y el chofer estaban de parte de Jean-Pierre y finalmente tuve que transigir. Me colgué las cámaras de Luigi en el cuello y vacié sus bolsillos. Entre el chofer y yo lo bajamos del Chevy y lo pusimos a la sombra de una especie de toldo de paja. La mujer del guía dijo algo en su idioma, era la primera vez que hablaba, y Jean-Pierre se la quedó mirando y le pidió al cocinero que tradujera. Éste al principio se mostró reacio, pero luego dijo que su mujer había dicho que era mejor meter el cadáver en el interior de cualquiera de las casas que rodeaban la plaza. ¿Por qué?, preguntamos al unísono JeanPierre y yo. La mujer, aunque estragada, tenía una presencia de reina, tanta era o nos pareció en aquel momento su quietud y su serenidad. Porque allí se lo comerán los perros, dijo señalando el sitio del cadáver con un dedo. JeanPierre y yo nos miramos y nos reímos, claro, dijo el francés, cómo no se nos había ocurrido, normal. Así que volvimos a levantar el cadáver de Luigi y mientras el chofer abría a patadas la puerta que le pareció más frágil, nosotros introdujimos el cadáver en una habitación de suelo de tierra, en donde se amontonaban esterillas y cajas de cartón vacías y cuyo olor nos resultó a tal grado insoportable que dejamos al italiano tirado y salimos tan rápido como nos fue posible. Cuando el chofer puso en marcha el Chevy todos dimos un salto, menos los viejos que nos seguían mirando desde el alero. ¿Por dónde vamos?, dijo JeanPierre. El chofer hizo un gesto que quería decir que no lo molestáramos o que no lo sabía. Por otro camino, dijo el guía. Sólo en ese momento me fijé en el niño: se había abrazado a las piernas de su padre y estaba dormido. Vamos por donde ellos digan, le dije a Jean-Pierre. Durante un rato vagamos por las desiertas calles de la aldea. Cuando salimos de la plaza nos internamos por una calle recta, luego torcimos a la izquierda y el Chevy avanzó muy despacio, casi rozando las paredes de las casas, los aleros de los tejados de paja, hasta salir a una explanada en la que se veía un gran galpón de zinc, de un solo piso, grande como un almacén industrial y en cuyo frontispicio pudimos leer «CE-RE-PA, Ltd.», en grandes letras rojas, y en la parte inferior: «fábrica de juguetes, Black Creek & Brownsville». Este pueblo de mierda se llama Brownsville, no Black Creek, oí que decía Jean-Pierre. El chofer, el guía y yo disentimos sin desviar nuestra mirada del galpón. El pueblo era Black Creek, Brownsville debía de estar un poco más al este, pero Jean-Pierre incomprensiblemente siguió diciendo que estábamos en Brownsville y no en Black Creek como era el trato. El Chevy atravesó la explanada y se internó por un camino que discurría a través de un bosque cerrado. Ahora sí que estamos en África, le dije a Jean-Pierre, tratando vanamente de insuflarle ánimo, pero éste sólo me contestó algo incongruente referido a la fábrica de juguetes que habíamos dejado atrás. El viaje sólo duró quince minutos. El Chevy se detuvo tres veces y el chofer dijo que el motor, con suerte, sólo tenía vida para llegar a Brownsville. Brownsville, como no tardaríamos en saber, apenas eran unas treinta casas en un claro. Llegamos después de atravesar cuatro colinas peladas. El pueblo, como Black Creek, estaba semidesierto. Nuestro Chevy, con la palabra «prensa» escrita en el parabrisas, llamó la atención de los únicos habitantes que nos hicieron señas desde la puerta de una casa de madera, alargada como un taller, la más grande del pueblo. Dos tipos armados aparecieron en el umbral y se pusieron a gritarnos. El coche se detuvo a unos cincuenta metros y el chofer y el guía bajaron a parlamentar. Mientras avanzaban hacia la casa recuerdo que Jean-Pierre me dijo que si queríamos salvarnos teníamos que correr hacia el bosque. Yo le pregunté a la mujer quiénes eran los hombres. Ella dijo que mandingas. El niño dormía con la cabeza apoyada en su regazo y un hilillo de saliva se le escurría de entre los labios. Le dije a Jean-Pierre que, al menos en teoría, estábamos entre amigos. El francés me dio una respuesta sarcástica, pero yo noté físicamente cómo la tranquilidad (una tranquilidad líquida) se esparcía por cada arruga de su rostro. Lo recuerdo y me siento mal, pero entonces me sentí bien. El guía y el chofer se reían con los desconocidos. Después salieron tres tipos más de la casa alargada, también armados hasta los dientes, que se nos quedaron mirando mientras el guía y el chofer volvían al coche acompañados de los dos primeros. Sonaron unos balazos lejanos y Jean-Pierre y yo agachamos la cabeza. Después me levanté, salí del coche y los saludé y uno de los negros me saludó y el otro apenas me miró ocupado como estaba en levantar el capó del Chevy y revisar el motor irremisiblemente muerto y entonces yo pensé que no nos iban a matar y miré hacia la casa alargada y vi a seis o siete hombres armados y entre ellos vi a dos tipos blancos que caminaban hacia nosotros. Uno de ellos tenía barba y llevaba dos cámaras en bandolera, uno de la profesión, como resultaba fácil deducir, aunque en ese momento, todavía lejos de mí, yo desconocía la fama que precedía en todas partes a ese colega, es decir, conocía, como todos en la profesión, su nombre y sus trabajos, pero nunca lo había visto en persona, ni siquiera en fotografía. El otro era Arturo Belano. Soy Jacobo Urenda, le dije temblando, no sé si te acuerdas de mí. Se acordaba. Cómo no se iba a acordar. Pero yo entonces lo vi tan fuera de este mundo que dudé que se acordara de nada, y menos de mí. Con esto no quiero decir exactamente que estuviera muy cambiado, de hecho no estaba nada cambiado, era el mismo tipo que yo había visto en Luanda y en Kigali, tal vez el que había cambiado era yo, no sé, lo cierto es que pensé que nada podía ser igual que antes y eso incluía a Belano y su memoria. Por un momento mis nervios casi me traicionaron. Creo que Belano se dio cuenta y me palmeó la espalda y luego dijo mi nombre. Después nos estrechamos las manos. Las mías, lo noté con horror, estaban sucias de sangre. Las de Belano, y esto también lo percibí con una sensación parecida al horror, estaban inmaculadas. Le presenté a Jean-Pierre y él me presentó al fotógrafo. Era Emilio López Lobo, el fotógrafo madrileño de la agencia Magnum, uno de los mitos vivientes del gremio. No sé si JeanPierre había oído hablar de él (JeanPierre Boisson, del Paris-Match, dijo Jean-Pierre sin inmutarse, por lo que es presumible que no lo conociera o que en las circunstancias en las que nos hallábamos le importara un rábano conocer a tan eminente figura), yo sí, yo soy fotógrafo y para nosotros López Lobo era como Don DeLillo para los escritores, un fotógrafo magnífico, un cazador de instantáneas de primera página, un aventurero, un tipo que había ganado en Europa todos los premios posibles y que había fotografiado todas las formas de la estupidez y de la desidia humanas. Cuando me tocó a mí estrechar su mano, dije: Jacobo Urenda, de la agencia La Luna, y López Lobo sonrió. Era muy flaco, debía de andar por los cuarenta y tantos, como todos nosotros, y parecía bebido o agotado o a punto de volverse loco, o las tres cosas a la vez. En el interior de la casa se congregaban soldados y civiles. Resultaba difícil distinguirlos a primera vista. El olor ahí era agridulce y húmedo, olor a expectación y a cansancio. Mi primer impulso fue salir a respirar un aire menos viciado, pero Belano me informó que era mejor no exhibirse con demasía, en las colinas había tiradores krahn apostados que podían volarnos la cabeza. Por suerte para nosotros, pero eso lo supe después, no soportaban estar todo el día al acecho y además no tenían buena puntería. La casa, dos habitaciones alargadas, exhibía como único mobiliario tres largas hileras de estanterías irregulares, algunas de metal y otras de madera, todas vacías. El suelo era de tierra apisonada. Belano me explicó la situación en que estábamos. Según los soldados, los krahn que rodeaban Brownsville y los que nos habían atacado en Black Creek eran la avanzadilla de la fuerza del general Kensey que estaba posicionando a su gente para asaltar Kakata y Harbel y luego marchar hacia los barrios de Monrovia que aún dominaba Roosevelt Johnson. Los soldados pensaban salir a la mañana siguiente rumbo a Thomas Creek en donde, según decían, había un grupo de hombres de Tim Early, uno de los generales de Taylor. El plan de los soldados, como no tardamos en convenir Belano y yo, era inviable y desesperado. Si era verdad que Kensey estaba reagrupando a su gente en la zona, los soldados mandingos no iban a tener ni una sola oportunidad de regresar con los suyos. El plan de los civiles, que parecían estar liderados por una mujer, algo inusual en África, era considerablemente mejor. Algunos pensaban quedarse en Brownsville y esperar los acontecimientos. Otros, la mayoría, pensaban marchar hacia el noroeste con la mujer mandingo, cruzar el Saint Paul y alcanzar la carretera de Brewerville. El plan, en lo que concernía a los civiles, no era descabellado, aunque en Monrovia había oído hablar de matanzas en la carretera que une Brewerville con Bopolu. La zona letal, sin embargo, estaba más al este, más cerca de Bopolu que de Brewerville. Después de escucharlos, Belano, Jean-Pierre y yo decidimos irnos con ellos. Si lográbamos llegar a Brewerville, según Belano, estaríamos salvados. Nos aguardaba una caminata de unos veinte kilómetros a través de antiguas plantaciones de caucho y de selva tropical, amén de cruzar un río, pero para cuando arribáramos a la carretera estaríamos a sólo diez kilómetros de Brewerville y ya allí a sólo 25 kilómetros de Monrovia por una carretera que seguramente aún seguiría en manos de los soldados de Taylor. Partiríamos a la mañana siguiente, poco después de que los soldados mandingos salieran en dirección contraria a enfrentarse con una muerte segura. Aquella noche no dormí. Primero hablé con Belano, después estuve un rato hablando con nuestro guía y después volví a hablar con Arturo y con López Lobo. Eso debió ocurrir entre las diez y las once y ya entonces era difícil moverse por aquella casa sumida en la más estricta oscuridad, una oscuridad sólo rota por el rescoldo de los cigarrillos que algunos fumaban para aplacar el miedo y el insomnio. En la puerta abierta vi las sombras de dos soldados que hacían guardia acuclillados y que no se volvieron cuando yo me aproximé a ellos. También vi las estrellas y la silueta de las colinas y volví a recordar mi infancia. Debe de ser porque asocio mi infancia con el campo. Después regresé hacia el fondo de la casa, tanteando las estanterías, pero no encontré mi lugar. Serían las doce cuando encendí un cigarrillo y me dispuse a quedarme dormido. Sé que estaba contento (o que creía que estaba contento) porque al día siguiente emprenderíamos el regreso a Monrovia. Sé que estaba contento porque me encontraba en medio de una aventura y me sentía vivo. Así que me puse a pensar en mi mujer y en mi casa y luego me puse a pensar en Belano, en lo bien que lo había visto, la buena pinta que tenía, mejor que en Angola, cuando quería morirse y mejor que en Kigali, cuando ya no quería morirse pero tampoco podía largarse de este continente dejado de la mano de Dios, y cuando acabé el cigarrillo saqué otro, éste sí que el último, y para darme ánimos hasta me puse a tararear muy bajito, ¡o mentalmente!, una canción de Atahualpa Yupanqui, Dios mío, Atahualpa Yupanqui, y sólo entonces comprendí que estaba nerviosísimo y que lo que me hacía falta, si es que quería dormirme, era hablar con alguien, y entonces me levanté y di unos pasos a ciegas, primero un silencio mortal (pensé, durante una fracción de segundo, que todos estábamos muertos, que la esperanza que nos mantenía era sólo una ilusión y tuve el impulso de salir huyendo desaforadamente de aquella casa que apestaba), después oí el ruido de los ronquidos, los murmullos apenas audibles de los que aún estaban despiertos y conversaban en la oscuridad en lengua gio o mano, en lengua mandinga o krahn, en inglés, en español. Todas las lenguas, entonces, me parecieron aborrecibles. Decirlo ahora, lo sé, es un despropósito. Todas las lenguas, todos los murmullos sólo una forma vicaria de preservar durante un tiempo azaroso nuestra identidad. En fin, la verdad es que no sé por qué me parecieron aborrecibles, tal vez porque de forma absurda estaba perdido en alguna parte de aquellas dos habitaciones tan largas, porque estaba perdido en una región que no conocía, en un país que no conocía, en un continente que no conocía, en un planeta alargado y extraño, o tal vez porque sabía que debía dormir y no podía. Y entonces tanteé en busca de la pared y me senté en el suelo y abrí los ojos desmesuradamente tratando de ver algo, sin conseguirlo, y luego me ovillé en el suelo y cerré los ojos y le rogué a Dios (en el que no creo) que no me fuera a enfermar, que mañana me esperaba una larga caminata, y después me quedé dormido. Cuando desperté debía de faltar poco para las cuatro de la mañana. A unos metros de donde me hallaba Belano y López Lobo estaban hablando. Vi la lumbre de sus cigarrillos, mi primer impulso fue levantarme, acercarme a ellos para compartir la incertidumbre de lo que el día siguiente nos traería, sumarme aunque fuera gateando o de rodillas a las dos sombras que entreveía detrás de los cigarrillos. Pero no lo hice. Algo en el tono de sus voces me lo impidió, algo en la disposición de las sombras, a veces densas, achaparradas, belicosas, y a veces fraccionadas, desintegradas, como si los cuerpos que las proyectaban ya hubieran desaparecido. Así que me contuve y me hice el dormido y escuché. López Lobo y Belano hablaron hasta poco antes de que amaneciera. Transcribir lo que se dijeron es de alguna manera desvirtuar lo que yo sentí mientras los escuchaba. Primero hablaron de los nombres de la gente y dijeron cosas incomprensibles, parecían las voces de dos conspiradores o de dos gladiadores, hablaban bajito y estaban de acuerdo en casi todo, aunque la voz cantante la llevaba Belano y sus argumentos (que escuché fragmentados, como si en el interior de aquella casa alargada una corriente de sonido o unos paneles interpuestos al azar me privaran de la mitad de lo que decían) eran de naturaleza provocadora, sin pulir, imperdonable llamarse López Lobo, imperdonable llamarse Belano, cosas de ese estilo, aunque puede que me equivoque y el tema de la conversación estuviera en las antípodas. Después hablaron de otras cosas: nombres de ciudades, nombres de mujeres, títulos de libros. Belano dijo: todos tenemos miedo de naufragar. Después se quedó callado y sólo entonces me di cuenta que López Lobo casi no había hablado y que Belano había hablado demasiado. Por un instante pensé que se iban a dormir, me dispuse a hacer lo mismo, me dolían todos los huesos, el día había sido abrumador. Justo en ese momento volví a sentir sus voces. Al principio no entendí nada, tal vez porque había cambiado de postura o porque ellos hablaban más bajito. Me di la vuelta. Uno de ellos fumaba. Distinguí la voz de Belano otra vez. Decía que cuando él llegó a África también quería que lo mataran. Relató historias de Angola y de Ruanda que yo ya conocía, que todos los que estamos aquí más o menos conocemos. Entonces la voz de López Lobo lo interrumpió. Le preguntó (lo oí con total claridad) por qué quería morir entonces. La respuesta de Belano no la escuché pero la intuí, lo que carece de mérito pues de alguna manera ya la conocía. Había perdido algo y quería morir, eso era todo. Luego oí una risa de Belano y supuse que se reía de aquello que había perdido, su gran pérdida, y de él mismo y de más cosas que no conozco ni quiero conocer. López Lobo no se rio. Creo que dijo: vaya, por Dios, o algún comentario de ese tipo. Luego ambos se quedaron en silencio. Más tarde, pero cuánto más tarde no lo puedo precisar, oí la voz de López Lobo que decía algo, tal vez preguntaba la hora. ¿Qué hora es? Alguien se movió junto a mí. Alguien se revolvió inquieto en medio de su sueño y López Lobo pronunció unas palabras guturales, como si volviera a preguntar qué hora era, pero esta vez, estoy seguro, preguntó otra cosa. Belano dijo son las cuatro de la mañana. En ese momento supe con resignación que no iba a poder dormir. Entonces López Lobo se puso a hablar y su parlamento, sólo muy de tanto en tanto interrumpido por preguntas ininteligibles de Belano, se prolongó hasta el amanecer. Dijo que había tenido dos hijos y una mujer, como Belano, como todos, y una casa y libros. Luego dijo algo que no entendí. Tal vez habló de la felicidad. Mencionó calles, estaciones de metro, números de teléfono. Como si buscara a alguien. Luego silencio. Alguien tosió. López Lobo repitió que había tenido una mujer y dos hijos. Una vida más bien satisfactoria. Algo así. Antifranquismo militante y una juventud, en los setenta, en donde no escaseó el sexo ni la amistad. Se hizo fotógrafo casi por azar. No le daba ninguna importancia a su fama o a su prestigio o a lo que fuera. Se había casado enamorado. Su vida era lo que suele llamarse una vida feliz. Un día, por casualidad, descubrieron que el hijo mayor estaba enfermo. Era un niño muy listo, dijo López Lobo. La enfermedad del niño era grave, una enfermedad de origen tropical y por supuesto López Lobo pensó que había sido él quien había contagiado al niño. Sin embargo, tras hacerse las pruebas pertinentes, los médicos no encontraron ni rastro de la enfermedad en su sangre. Durante un tiempo López Lobo persiguió a los posibles emisores de la enfermedad en el reducido entorno del niño y no encontró nada. Finalmente López Lobo enloqueció. Su mujer y él vendieron la casa que tenían en Madrid y se fueron a vivir a los Estados Unidos. Se marcharon con el niño enfermo y con el niño sano. El hospital en donde ingresaron al niño enfermo era caro y el tratamiento largo y López Lobo tuvo que volver a trabajar, así que su mujer se quedó con los niños y él se puso a hacer fotografías a destajo. Estuvo en muchos lugares, dijo, pero siempre volvía a Nueva York. A veces encontraba al niño mejor, como si estuviera ganándole la partida a la enfermedad, y otras veces su salud se estacionaba o decaía. A veces López Lobo se quedaba sentado en una silla en la habitación del niño enfermo y soñaba con sus dos hijos: veía sus caras muy juntas, sonrientes y desamparados, y entonces, sin saber por qué, sabía que era necesario que él, López Lobo, dejara de existir. Su mujer había alquilado un piso en la 81 Oeste y el niño sano estudiaba en un colegio cercano. Un día, mientras esperaba en París un visado para un país árabe, lo llamaron por teléfono y le dijeron que la salud del niño enfermo había empeorado. Dejó los trabajos pendientes y cogió el primer vuelo a Nueva York. Cuando llegó al hospital todo le pareció sumergido en una especie de normalidad monstruosa y entonces supo que había llegado el final. Tres días después el niño murió. Los trámites de la incineración los llevó a cabo personalmente, pues su mujer se hallaba destrozada. Hasta aquí la narración de López Lobo fue más o menos inteligible. El resto es una sucesión de frases y de paisajes que trataré de ordenar. El mismo día de la muerte del niño o un día después llegaron los padres de la mujer de López Lobo a Nueva York. Una tarde tuvieron una discusión. Estaban en el bar de un hotel de Broadway, cerca de la calle 81, todos juntos, los suegros, el hijo menor y la mujer, y López Lobo se puso a llorar y dijo que quería a sus dos hijos y que el culpable de la muerte del hijo mayor había sido él. Aunque tal vez no dijera nada ni hubiera ninguna discusión y todo sólo sucediera en la mente de López Lobo. Después López Lobo se emborrachó y dejó las cenizas del niño olvidadas en un vagón del metro de Nueva York y volvió a París sin decirle nada a nadie. Un mes después supo que su mujer había regresado a Madrid y quería el divorcio. López Lobo firmó los papeles y pensó que todo había sido un sueño. Mucho más tarde oí la voz de Belano que preguntaba cuándo había ocurrido «la desgracia». Me pareció la voz de un campesino chileno. Hace dos meses, contestó López Lobo. Y después Belano preguntó qué pasaba con el otro hijo, el niño sano. Vive con su madre, respondió López Lobo. A esa hora ya podía distinguir sus siluetas recostadas contra la pared de madera. Los dos estaban fumando y los dos parecían cansados, pero tal vez esta última impresión fuera debida a mi propio cansancio. López Lobo ya no hablaba, sólo hablaba Belano, como al principio y, cosa sorprendente, estaba contando su historia, una historia sin pies ni cabeza, una y otra vez, con la particularidad de que a cada repetición resumía la historia un poco más, hasta que finalmente sólo decía: quise morirme, pero comprendí que era mejor no hacerlo. Sólo entonces me di cuenta cabal que López Lobo iba a acompañar a los soldados al día siguiente y no a los civiles, y que Belano no lo iba a dejar morir solo. Creo que me dormí. Al menos, creo que dormí algunos minutos. Cuando desperté la claridad del nuevo día empezaba a filtrarse al interior de la casa. Oí ronquidos, suspiros, gente que hablaba en sueños. Luego vi a los soldados que se preparaban para salir. Junto a ellos vi a López Lobo y a Belano. Me levanté y le dije a Belano que no fuera. Belano se encogió de hombros. La cara de López Lobo estaba impasible. Sabe que ahora va a morir y está tranquilo, pensé. La cara de Belano, por el contrario, parecía la de un demente: en cuestión de segundos era dable ver en ella un miedo espantoso o una alegría feroz. Lo cogí de un brazo e irreflexivamente salí con él a dar un paseo por el exterior. Era una mañana hermosísima, de una levedad azul que erizaba los pelos. López Lobo y los soldados nos vieron salir y no dijeron nada. Belano sonreía. Recuerdo que caminamos en dirección a nuestro inservible Chevy y que le dije varias veces que lo que pensaba hacer era una barbaridad. Oí la conversación de anoche, le confesé, y todo me obliga a conjeturar que tu amigo está loco. Belano no me interrumpió: miraba hacia los bosques y las colinas que circundaban Brownsville y de vez en cuando asentía. Cuando llegamos al Chevy recordé a los francotiradores y tuve un repentino principio de pánico. Me pareció absurdo. Abrí una de las portezuelas y nos instalamos en el interior del coche. Belano se fijó en la sangre de Luigi pegada en la tapicería, pero no dijo nada ni yo consideré oportuno darle una explicación a esas alturas. Durante un rato permanecimos ambos en silencio. Yo tenía la cara oculta entre las manos. Después Belano me preguntó si me había dado cuenta de lo jóvenes que eran los soldados. Todos son jodidamente jóvenes, le contesté, y se matan como si estuvieran jugando. No deja de ser bonito, dijo Belano mirando por la ventanilla los bosques atrapados entre la niebla y la luz. Le pregunté por qué iba a acompañar a López Lobo. Para que no esté solo, respondió. Eso ya lo sabía, esperaba otra respuesta, algo que resultara decisivo, pero no le dije nada. Me sentí muy triste. Quise decir algo más y no encontré palabras. Luego bajamos del Chevy y volvimos a la casa alargada. Belano cogió sus cosas y salió con los soldados y el fotógrafo español. Lo acompañé hasta la puerta. JeanPierre iba a mi lado y miraba a Belano sin entender nada. Los soldados ya comenzaban a alejarse y allí mismo le dijimos adiós. Jean-Pierre le dio un apretón de manos y yo un abrazo. López Lobo se había adelantado y Jean-Pierre y yo comprendimos que no deseaba despedirse de nosotros. Luego Belano se puso a correr, como si en el último instante creyera que la columna se iba a marchar sin él, alcanzó a López Lobo, me pareció que se ponían a hablar, me pareció que se reían, como si partieran de excursión, y así atravesaron el claro y luego se perdieron en la espesura. Por nuestra parte, el viaje de regreso a Monrovia transcurrió casi sin incidentes. Fue largo e ingrato, pero no nos cruzamos con soldados de ningún bando. Llegamos a Brewerville al caer la noche. Allí nos despedimos de la mayoría de los que habían venido con nosotros y a la mañana siguiente una furgoneta de una organización humanitaria nos trasladó a Monrovia. Jean-Pierre no tardó más de un día en marcharse de Liberia. Yo aún permanecí dos semanas más. El cocinero, su mujer y su hijo, de quienes me hice amigo, se instalaron en el Centro de Prensa. La mujer trabajaba haciendo camas y barriendo el suelo y a veces yo me asomaba a la ventana de mi habitación y veía al niño que jugaba con otros niños o con los soldados que guardaban el hotel. Al chofer no lo volví a ver más, pero llegó a Monrovia vivo, lo que de alguna manera es un consuelo. Por descontado, durante los días que permanecí allí intenté localizar a Belano, averiguar qué había pasado en la zona de Brownsville-Black CreekThomas Creek, pero en claro apenas saqué nada. Según algunos, aquel territorio estaba ahora dominado por las bandas armadas de Kensey, según otros, una columna del general Lebon, creo que ése era su nombre, un general de diecinueve años, había conseguido restablecer el poder de Taylor en todo el territorio comprendido entre Kakata y Monrovia, lo que incluía a Brownsville y Black Creek. Pero nunca supe si aquello era cierto o falso. Un día asistí a una conferencia en un local cercano a la embajada norteamericana. La conferencia la daba un tal general Wellman y a su manera trataba de explicar la situación del país. Todo el mundo, al final, pudo preguntarle lo que quiso. Cuando ya se habían ido todos o todos se habían cansado de hacer preguntas que sabíamos de alguna manera inútiles, yo le pregunté por el general Kensey, por el general Lebon, por la situación en la aldea de Brownsville y de Black Creek, por la suerte corrida por el fotógrafo Emilio López Lobo, de nacionalidad española y por el periodista Arturo Belano, de nacionalidad chilena. El general Wellman me miró fijamente antes de responder (pero eso lo hacía con todos, tal vez tenía un problema de miopía y no sabía dónde conseguir un par de anteojos). Con parsimonia dijo que según sus informes el general Kensey ya llevaba una semana muerto. Lo habían matado las tropas de Lebon. El general Lebon, a su vez, también había muerto, esta vez a manos de una banda de salteadores, en uno de los barrios del este de Monrovia. Sobre Black Creek dijo: «En Black Creek reina la calma.» Literalmente. Sobre el poblado de Brownsville, aunque fingió lo contrario, jamás había oído hablar. Dos días después me marché de Liberia y no volví nunca más.

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