diciembre 18, 2016

Selección de poemas de Bob Dylan.






I. Elegía.

Demasiado altivo para morir, murió ciego y vencido
del modo más sombrío, sin mirar hacia atrás,
un hombre amable y frío en su mezquino orgullo
el día más sombrío.
Oh que siempre yazga luminoso
por fin en la colina final llena de cruces,
bajo la hierba, enamorado
y que joven se vuelva
entre los largos rebaños,
y nunca yazga perdido o quieto
en todos los innumerables días de su muerte
aunque por sobre todo él suspiraba por el pecho materno
que era descanso
y polvo
y en la tierra benévola
la más oscura justicia de la muerte ciega y profana.

Dejad que no encuentre otro descanso
que ser hallado y protegido
yo rezaba en el cuarto agazapado,
junto a su cama ciega,
en la casa ya muda,
un minuto antes del mediodía
y de la noche y de la luz.
Los ríos de los muertos
veteaban su pobre mano que sostenía yo
mientras veía las raíces del mar a través de sus ojos sin vida.

Un viejo atormentado, tres cuartas partes ciego.
No soy tan altivo para gritar que Él y él
nunca nunca se irán de mi mente.
Todos sus huesos lloraban y pobre
en todo salvo en el dolor,

aunque fuera inocente,
él temía morir odiando a Dios,
pero en verdad era simple:
un viejo manso y valeroso en su quemante orgullo.

Suyos eran los postes de la casa,
poseía sus libros.
Nunca había llorado, ni siquiera de niño
y no lloraba ahora,
salvo ante su secreta herida.

Yo vi la última luz, que resbalaba de sus ojos.
Aquí entre las luces del altivo cielo
un viejo está conmigo dondequiera que voy
camina en las praderas del ojo de su hijo
sobre el que males infinitos cayeron como nieve.
Él gritó ante su muerte, temiendo al fin el último sonido
de las esferas, el mundo que se iba sin un suspiro
demasiado altivo para llorar,
demasiado débil para aguantar las lágrimas,
y preso entre dos noches: la ceguera y la muerte.

Oh, la herida más profunda de todas, era que debía morir
en día tan sombrío.
Oh, pudo al fin esconder las lágrimas fuera de sus ojos,
demasiado altivo para llorar.
Hasta que muera yo, él estará a mi lado.


II. La fuerza que por el verde tallo impulsa a la flor.

La fuerza que por el verde tallo impulsa a la flor
impulsa mis verdes años; la que marchita la raíz del árbol
es la que me destruye.
Y yo estoy mudo para decirle a la encorvada rosa
que la misma fiebre invernal dobla mi juventud.
La fuerza que impulsa el agua entre las rocas
impulsa mi roja sangre; la que seca los arroyos parlantes
vuelve cera los míos.
Y yo estoy mudo para contarle a mis venas
cómo la misma boca bebe del manantial de la montaña.
La mano que arremolina el agua del estanque
remueve las arenas; la que amarra las ráfagas del viento
iza mi vela de sudario.
Y yo estoy mudo para decirle al ahorcado
que el barro del verdugo está hecho de mi arcilla.
Los labios del tiempo sorben del manantial;
el amor gotea y se acumula, mas la sangre vertida
calmará sus pesares.
Y yo estoy mudo para decirle al viento en la intemperie
cómo ha trazado el tiempo un cielo entre los astros.
Y yo estoy mudo para decirle a la tumba de la amada
que en mi sábana avanza encorvado el mismo gusano.


III. Donde una vez las aguas de tu rostro.

Donde una vez las aguas de tu rostro
giraron impulsadas por mis hélices, sopla tu áspero fantasma,
los muertos alzan la mirada;
donde un día asomaron el pelo los tritones
a través de tu hielo, el viento áspero navega
por la sal, la raíz, las huevas de los peces.
Donde una vez tus verdes nudos hundieron su atadura
en el cordón de la marea, allí camina ahora
el vegetal destejedor,
con tijeras filosas, empuñando el cuchillo
para cortar los canales en su origen
y derribar los frutos empapados.

Invisibles, tus mareas medidoras del tiempo
irrumpen en las camas galantes de las algas;
el alga del amor se vuelve mustia;
allí en torno a tus piedras
sombras de niños van, que desde su vacío
lloran ante el mar colmado de delfines.
Secos como la tumba, tus coloreados párpados
no serán aherrojados mientras la magia se deslice
sabia sobre el cielo y la tierra;
habrá corales en tus lechos,
habrá serpientes en tus mareas,
hasta que mueran todos nuestros juramentos del mar.


IV. Cuando, como una tumba veloz.

Cuando el tiempo te alcance, como una tumba veloz,
cuando tu calma y tu ternura sean una guadaña de cabellos
cuando el amor en su atavío se demore por la casa,
al subir por desnudas escaleras, paloma en coche fúnebre,
remolcada hacia el techo.

Cuando llegue el momento, como un sastre de acechantes tijeras,
entregadme que, tímido en mi tribu,
me hallo más desnudo de amor que la trampa del Cadáver
despojado de la lengua del zorro, su metro calibrado a medida del hueso,
entregadme, maestros míos, cerebro y corazón,
el corazón de la vela del Cadáver se funde
cuando la sangre con manos como pala y el tiempo de la lógica
hacen surgir los niños a golpes de pulgar
de la doncella y el cerebro.

Porque con rostro endomingado y plumeros en el guante,
casto y cazador, hombre con vista de fusil,
yo, a quien la capa del tiempo o el abrigo del hielo
tal vez no logren apresar con un círculo virgen
en la tumba precisa,
ando con fuerza propia por la comarca del Cadáver
mis maestros machacadores del cerebro teclean en la piedra
la desesperación de la sangre, la fe en el barro de la doncella,
la alarma entre castrados y la mancha de ácido
en la horquilla y el rostro.

El tiempo es una tonta fantasía, tiempo y tonto.
No, no, tú calavera amante, el martillo descendente
desciende, oh mis maestros, sobre la honra traspasada.
Tú, calavera héroe, el Cadáver guardado
ordena que el bastón se quiebre.

El gozo no es una nación que llama, señor y señora,
ni la fusión del cáncer, ni la pluma del verano
encendida en el árbol abrazado, ni la cruz de la fiebre,
ni el alquitrán de la ciudad, ni el túnel horadado para nutrir al hombre
a través del asfalto.

Apago las velas en tu torre del techo
el goce es el llamado del polvo, la bala del Cadáver
del retoño de Adán tras su envoltura,
el amor es una patria con luces de crepúsculo y el cráneo del estado
señor, es tu propia condena.

Todo termina, se termina la torre
(abandona la casa de los vientos) y la oscilante escena,
la pelota de pie que depende del sol
(tu verano se esfuma) con la piel de cemento
y el final de la acción.

Todos, hombres, mis hombres dementes, el viento insalubre
contagia la tos del silbador, el tiempo en acecho
prepara una muerte de ceniza; el amor con sus tretas,
es el hambre gozoso del Cadáver, mientras vosotros alcanzáis
el mundo a prueba de besos.


V. Al principio.

Al principio era la estrella de tres puntas,
única sonrisa de luz a través de la cara vacía;
única rama de hueso a través del aire enraizado
la sustancia partida que fue la médula del sol primero;
y ardientes cifras en el curvo espacio
iban mezclando el cielo y el infierno en su ronda.
Al principio era la firma pálida,
trisílaba y estrellada como la sonrisa;
y vinieron después las huellas sobre el agua,
el sello de la cara acuñada en la luna;
la sangre que tocaba el árbol de la cruz y el cáliz
tocó la primera nube y en ella dejó un signo.

Al principio era el fuego ascendente
que encendía con una chispa las atmósferas,
chispa de ojos rojizos, chispa de triplicados ojos,
brusca como una flor;
se irguió la vida a chorros de los mares rodantes,
estalló en las raíces, arrancó de la tierra y la roca
los aceites secretos que impulsan la hierba.

Al principio era la palabra, la palabra
que de las sólidas bases de la luz
le sustrajo todas las letras al vacío;
y de las bases nubladas del aliento
la palabra fluyó, y al corazón tradujo
los primeros indicios de nacimiento y muerte.
Al principio era la mente secreta,
la mente estaba encarcelada y soldada al pensamiento
antes que la pendiente se bifurcara rumbo a un sol;
antes que las venas se sacudieran en sus cedazos
se disparó la sangre y esparció hacia los vientos de la luz
la costilla original del amor.




 

VI. El demonio encarnado.

El demonio encarnado en una serpiente parlante,
con los planos centrales del Asia en su jardín,
despertó y azuzó al mundo que nacía,
dividió la barbada manzana en formas del pecado,
y Dios andaba allí, violinista de guardia
y al tocar su instrumento derramaba el perdón desde el cerro del cielo.

Cuando los mares explorados eran desconocidos
—una luna hecha a mano, a medias santa en una nube—
cuentan los sabios que las deidades del jardín
enroscaron el mal y el bien sobre un árbol de oriente;
y cuando la luna se alzó llena de viento fue
negra como la bestia y más pálida que la cruz.

En nuestro Edén supimos del secreto guardián
en las aguas sagradas que ninguna escarcha podía endurecer,
y en las pujantes mañanas de la tierra;
el infierno en un cuerno de azufre y el mito tronchado,
todo el cielo en un eclipse del sol,
una serpiente tocaba su violín cuando el mundo nacía.



 

VII. De los suspiros.

De los suspiros algo nace
que no es la pena, porque la he abatido
antes de la agonía; el espíritu crece
olvida y llora:
algo nace, se prueba y sabe bueno,
todo no podía ser desilusión:
tiene que haber, Dios sea loado, una certeza,
si no de bien amar, al menos de no amar,
y esto es verdadero luego de la derrota permanente.

Después de esa lucha que los más débiles conocen.
hay algo más que muerte;
olvida los grandes sufrimientos o seca las heridas,
él sufrirá por mucho tiempo
porque no se arrepiente de abandonar una mujer que espera
por su soldado sucio con saliva de palabras
que derraman una sangre tan ácida.

Si eso bastase, bastaría para calmar el sufrimiento,
arrepentirse cuando se ha consumido
el gozo que en el sol me hizo feliz,
qué feliz fui mientras duró el gozar,
si bastara la vaguedad y las mentiras dulces fueran suficiente,
las frases huecas podrían soportar todo el sufrimiento
y curarme de males.

Si eso bastase: hueso, sangre y nervio,
la mente retorcida, el lomo claramente formado,
que busca a tientas la sustancia bajo el plato del perro,
el hombre debería curarse de su mal.
Pues todo lo que existe para dar yo lo ofrezco:
unas migas, un granero y un cabestro.



 

VIII. Acaso porque el ave del placer silbe.

¿Acaso porque el ave del placer silbe luego de las púas candentes en los ojos,
será más dulce el canto del caballo ciego?
Se refugian a tiempo el pájaro y la bestia
para sufrir la cena y los cuchillos de una emoción cualquiera.
En la nieve olfateada y vertida sobre la punta de la lengua del año
que remienda la saliva como burbujas con quebrados cuartos,
un hombre enamorado, solitario, junto a los tendones de sus ojos, dos fuegos,
acampado en el chaparrón color droga del alimento y de los nervios
saborea el lengüetazo de los años
a través de un débil bosque de cabello
en un viento que desplumaba gansos,
y nunca, cuando las lenguas salvajes quiebran sus tumbas
se vuelve a contemplar la agitada raíz roja.
Porque allí hay una historia fuera de la ciudad maldita,
la esposa helada cuyos jugos erraban como un mar estático
esculpido en secreto.
Herido por la calle veloz y ardiente
¿no debo acaso detener mi gira por quedarme mirando un año viejo
tropezando y quemándome en el fango de torres y galerías
como un ajado retrato de muchacho?
Yo atavié a la persona de sal y al lugar condenado
con carne de una fábula;
si los muertos sucumben, sus estómagos tumban
a un hombre vertical en las antípodas
como el mar con cimientos de espuma y pecho de roca;
sobre la mesa del pasado yo repito esta gracia presente.
 


IX. Cuando desperté.

Cuando desperté, la ciudad habló.
Se alborotaron, los relojes, los campanarios y los pájaros
junto a la retorcida muchedumbre,
el reptil corrompe en una llama,
a los intrusos y ladrones del sueño,
el mar vecino dispersó a las ranas
a los demonios a la dama-suerte
mientras un hombre afuera
hasta la cabeza, en su propia sangre,
arrancaba a navajazos la mañana,
el doble del tiempo con sus cálidas venas
y la barba florida, que aparece en un libro
acuchillaba la última serpiente
como a una vara o una rama tenue
su lengua deshollada en la piel de una hoja.

Luego de un paseo color agua, cada día
hago en el lecho a dios, el bien y el mal,
el fósil que vacila de muerte y dispersa su aliento
y una lluvia de gorriones
en la tierra de todos.
Donde los pájaros andan como hojas y los botes como patos
oí esta mañana despertar una voz
una voz en el enhiesto aire,
ninguno de mis proféticos linajes
me anunció a gritos que mi ciudad marina se quebraba.
No existe el Tiempo, hablaron los relojes,
ni Dios, tañeron las campanas,
la blanca sábana tiré sobre las islas
y las monedas de mis párpados cantaron como caracolas.

 

X. E n mi oficio o arte sombrío.

En mi oficio o arte sombrío
ejercido en la noche silenciosa
cuando sólo la luna se enfurece
y los amantes yacen en el lecho
con todas sus tristezas en los brazos,
junto a la luz que canta yo trabajo
no por ambición ni por el pan
ni por ostentación ni por el tráfico de encantos
en escenarios de marfil,
sino por ese mínimo salario
de sus más escondidos corazones.
No para el hombre altivo
que se aparta de la luna colérica
escribo yo estas páginas de efímeras espumas,
ni para los muertos encumbrados
entre sus salmos y ruiseñores,
sino para los amantes, para sus brazos
que rodean las penas de los siglos,
que no pagan con salarios ni elogios
y no hacen caso alguno de mi oficio o mi arte.


XI. Ceremonia despues de un bombardeo.

I
Los seres que soy
los pesarosos
penad
entre calles quemadas por la muerte incansable
por el niño nacido hace unas horas
con la boca aplastada
carbonizada sobre el pecho negruzco de la tumba
el pezón de la madre y sus brazos cruzados por los fuegos.

Comenzamos
cantando
cantad
la oscuridad replegó su incendio hacia el comienzo
cuando la lengua presa asintió enceguecida.
Un astro se rompió
en los siglos del niño
los seres que ahora soy penamos y los milagros nada expían.

Perdonad
nos perdonad
nos vuestra muerte que los seres que soy los creyentes
tal vez la sostengamos en un diluvio inmenso
hasta que brote sangre,
y el polvo cante como un pájaro
mientras se expanden las semillas y vuestra muerte crece por nuestro corazón.

Llorando
vuestra muerte
llorad,
niño tras el canto del gallo, junto a la calle con enanos de fuego
cantamos al mar que huye
en el cuerpo saqueado.
La última luz hablada es el amor.
Oh semilla de hijos en el lomo de la cáscara negra abandonada.

II
No sé si Adán o Eva
o el toro sagrado en su atavío
o las blancas corderas
o la elegida virgen
tendida en su nieve
sobre el altar de Londres,
murió antes que los otros
en la ceniza de la breve calavera,
oh novia y novio
oh Adán y Eva unidos
que en calma yacen
bajo el pecho triste de la losa
blanca como los huesos
del jardín del Edén.

Yo sé que la leyenda
de Adán y Eva nunca es para un segundo
silencioso en mi oficio
sobre los niños muertos
sobre el único niño
que fue a la vez el sacerdote y los sirvientes,
la lengua, la palabra y los cantores
en la ceniza de la breve calavera,
que fue el anochecer de la serpiente
y el fruto como un sol,
el hombre y la mujer sin hacer todavía,
el comienzo que hacia la oscuridad se desmorona
desnudo como los viveros
del jardín del desierto.

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