agosto 17, 2016

Selección de poemas de Charles Baudelaire.



Prefacio

La necedad, el error, el pecado, la roñería,
Ocupan nuestros espíritus y trabajan nuestros cuerpos,
Y nosotros alimentamos nuestros amables remordimientos,
Al modo de los mendigos nutren su miseria
Nuestros pecados son tercos, nuestros arrepentimientos flojos,
Nosotros nos hacemos pagar cómodamente nuestras confesiones
Y nosotros volvemos alegremente dentro de los caminos fangosos,
Creyendo al través de viles llantos lavar nuestras faltas.
En la almohada del mal este Satán Trismegisto
El cual mece nuestro espíritu encantado,
Y el rico metal de nuestra voluntad
Lo ha evaporado totalmente este sabio químico.
¡Es este el Diablo quien tiene los hilos que nos mueven!
A los objetos repugnantes nosotros encontramos los encantos:
Cada día hacia el Infierno nosotros descendemos un paso,
Sin horror, a través de las tinieblas que apestan.
Así como un licencioso pobre que besa y muerde
El seno martirizado de una antigua ramera,
Nosotros robémosle al pasar un placer clandestino
Que exprimimos bien fuerte como una vieja naranja.
Apretadas, hormigueantes, como un millón de helmites,
Dentro de nuestro cerebro embriagamos un pueblo de Demonios,
Y, cuando respiramos, la Muerte a nuestros pulmones
Desciende, río invisible, con apagadas quejas.
Si la violación, el veneno, el puñal, el incendio,
Todavía no han bordado con sus agradables dibujos
El cañamazo banal de nuestro mísero destino,
Es que nuestras almas, ¡Ay! de ningún modo se atrevió bastante.
Más entre los chacales, las panteras, los linces,
Los monos, los escorpiones, los buitres, las serpientes,
Los monstruos chillones, aulladores, gruñidores, rampantes
Dentro de la casa de fieras infame de nuestros vicios.
¡En ella está uno más feo, más malo, más inmundo!
Que cuales quiera no brota ni grandes hechos, ni grandes gritos
Él haría de buen grado de la tierra un despojo
Y de un bostezo tragaría al mundo;
— ¡Es una pena!— El ojo cargado de un llanto involuntario,
Soñando patíbulos mientras fuma su pipa.
Tú le conoces, lector, a ese monstruo delicado,
— ¡Hipócrita lector, — mi semejante, — mi hermano!


Elevación.

Por encima de los estanques, por encima de los valles,
De las montañas, de los bosques, de las nubes, de los mares,
Más allá del sol, más allá de loe éteres,
Más allá de los confines de las esferas estrelladas,
Mi espíritu, tú te mueves con agilidad,
Y, como un buen nadador que se pasma dentro de la onda,
Surcas alegremente la inmensidad profunda
Con una indecible y viril voluptuosidad.
¡Vuela bien lejos de esta miasmas morbosas,
Vete a purificar en el aire superior,
Y bebe, como un puro y divino licor,
El fuego claro que llena los espacios limpios.
Detrás de los enojos y las vastas tristezas
Que cargan con su peso y la existencia brumosa,
Feliz aquel que puede con un ala vigorosa
Lanzarse hacia los campos luminosos y serenos!
Aquel cuyos los pensamientos, como de las alondras,
Hacia los cielos de la mañana emprende un libre vuelo,
— ¡Qué planea sobre la vida y comprende sin esfuerzo
El lenguaje de las flores y de las cosas mudas!


La musa enferma.

Mi pobre musa ¡Ay! ¿Qué tienes esta mañana?
Tus ojos huecos están poblados de visones nocturnas,
Y veo uno después de otro poner de muestra el tono teñido
La locura y el horror, fríos y taciturnos.
¿El súcubo verdoso y el rosa duende
Te han vertido el miedo y el amor de sus urnas?
¿La pesadilla, de un puño despótico y revoltoso,
Te han sumergido en el fondo de una fabulosa Miniatura?
Yo quisiera que exhalando el olor de la salud
Tu seno de pensamientos fuertes fuera siempre frecuentado,
Y que tu sangre cristiana fluya en oleadas rítmicas,
Como los sonidos numerosos de las sílabas antiguas,
Adonde reina uno después de otro el padre de las canciones,
Febo, y el gran Pan, el señor de las cosechas.


El enemigo.

Mi juventud fue una tenebrosa tormenta,
Atravesando aquí y allá por brillantes soles;
El trueno y la lluvia han hecho un tal estrago
Que le restan en mi jardín bien poco de los frutos bermejos.
He aquí que he tocado el otoño de las ideas,
Y que hace emplear la pala y los rastrillos
Para juntar de nuevo las tierras inundadas,
Donde el agua cava de los agujeros grandes como de las tumbas.
¿Quién sabe si las flores nuevas que yo sueño
Encontrarán dentro de este suelo lavado como una playa
El místico alimento que haría de ellas su vigor?
—¡Oh dolor! ¡Oh dolor! ¡El Tiempo como la vida,
Y el obscuro Enemigo que nos roe el corazón
De la sangre que nosotros perdemos crece y se fortalece!


Bohemios en viaje.

La tribu profética con pupilas ardientes
Ayer se puso en marcha, llevando a sus pequeños
Sobre sus espaldas, o entregando hasta sus fieros apetitos
El tesoro siempre dispuesto de las tetas colgantes.
Los hombres van a pie con sus armas lucientes
Al largo de los carros donde los suyos están agazapados,
Paseando bajo el cielo de los ojos apesadumbrados
Por la triste añoranza de las quimeras ausentes.
Del fondo de su reducido arenal, el grillo
Los miró pasar, redoblando su canción;
Cibeles, que los ama, aumentó sus verduras,
Haciendo fluir el peñasco y florear el desierto
Delante de estos viajeros, para los cuales está abierto
El imperio familiar de las tinieblas futuras.


La belleza.

¡Soy bella, oh mortales! Como un sueño de piedra,
Y mi seno, adonde cada uno se está magullado uno después de otro,
Está hecho para inspirar al poeta amor
Eterno y mudo así cuanto la materia.
Reino en el azul como una esfinge incomprendida;
Unida a un corazón de nieve en la blancura de los cisnes;
Hacemos el movimiento que desplaza las líneas,
Y jamás yo no lloro y jamás yo no río.
Los poetas, delante de mis grandes actitudes,
Que parecen tomadas de los más fieros monumentos,
Consumarán sus días en austeros estudios;
Más hago, para fascinar estos dóciles amantes,
De puros espejos que hacen todas las cosas más bellas;
Mis ojos, ¡mis liberales ojos a las calamidades eternas!


Perfume exótico.

Cuando, los dos ojos cerrados, en una tarde calurosa del otoño,
Respiré el olor de tu seno caluroso,
Vi desarrollarse las riveras dichosas
Que deslumbrar los fuegos de un sol monótono:
Una isla perezosa donde la naturaleza da
De los árboles singulares y de los frutos sabrosos:
De los hombres cuyos cuerpos están delgados y vigorosos,
Y de las mujeres cuyas miradas por su franqueza asombran.
Guiado por tu olor hacia encantadores climas,
Vi un puerto repleto de velas y mástiles
Aún todos fatigados por la oleada marina,
Durante que el perfume de los verdes tamarindos,
Que circularán en el aire y me hinchará la nariz,
Se mezcló dentro de mí alma el canto de los marineros.


La serpiente que danza.

Cuando amarte, querida indolente,
En tu cuerpo tan bello,
Como una estrella vacilante,
¡Reflejando la piel!
Sobre tu cabellera perfumada
De acres perfumes,
Mar oloroso y vagabundo
De olas azules y morenas.
Como un navío que se despierta
Al viento de la mañana,
Mi alma soñadora apareja
Por un cielo lejano.
Tus ojos, adonde no se revela
De dulce ni amargo,
Son dos joyas frías donde se mezcla
El oro con el hierro.
Al verte andar cadenciosamente
Bella de abandono,
Se diría una serpiente que danza
A la extremidad del cabo de un bastón;
Bajo el fardo de tu pereza
Y tu cabeza de infanta
Se balancea con la suavidad
De un joven elefante,
Y tu cuerpo se inclina y se alarga
Como una fina nave
Que rueda de borda a borda, y sumergida
Sus vergas en el agua.
Como una ola engrosada por la fundición
De los glaciares reprensores,
Cuando el agua de tu boca remonta
Al borde de tus dientes,
Yo creo beber un vino de Bohemia,
Amargo y vencedor,
¡Un cielo líquido que siembra
Se estrellas mi corazón!


Remordimiento póstumo.

Cuándo dormirás, mi bella tenebrosa,
Al fondo de un monumento construido de mármol negro,
Y cuando tú no tendrás por alcoba y mansión
Que una cueva lluviosa y que una fosa ahondada;
Cuando la piedra, oprima tu pecho temeroso
Y tus flancos que suavizarán una encantadora negligencia,
Impedirán a tu corazón de latir y de querer,
Y tus pies de correr su carrera aventurada.
La tumba, confidente de mi sueño infinito,
—Con tal que la tumba siempre comprenda el poeta, —
Durante estas largas noches de adonde el ceño está desterrado;
Te dirá: “¿Qué sirves a vos, cortesana imperfecta,
De no haber conocido estos que lloran los muertos?”
—Y el gusano roerá tu piel como un remordimiento.


Un fantasma.

I.  Las tinieblas.

En las cuevas de insondable tristeza
A donde el Destino ya me ha relegado;
Donde jamás entra un rayo rosa y alegre;
Adonde, solo con la Noche, mazorral huésped,
Soy como un pintor que un Dios burlón
Condenó a pintar, ¡Ay! entre las tinieblas;
Adonde, cocinó a los apetitos fúnebres,
Hago hervir y como mi corazón,
Por instantes brilla, y se alegra, y se muestra
Un espectro hecho de gracia y de esplendor;
Tiene su pensativo paso oriental.
Cuando él alcanza su total grandeza,
Reconozco mi bella visitante:
¡Es ella! Sombra y no obstante luminosa

II.  El perfume.

¿Lector, has alguna vez respirado
Con embriaguez y lenta gula
Este grano de incienso que llena una iglesia,
O de un saquito el almizcle inveterado?
¡Encanto profundo, mágico, donde nos embriaga
En el presente el pasado restaurado!
Así el amante sobre un cuerpo adorado
De recuerdos coge la flor exquisita.
De sus cabellos elásticos y pesados,
Viviente saquito, incensario de alcoba,
Un olor subía, salvaje y fiero.
Y de los vestidos, muselinas o terciopelos
Todos impregnados de su juventud pura,
Se despedía un perfume de guarnecer con pieles.

III.  El marco.

Como un bello marco añade a la pintura,
Bien que ella sea de un pincel muy alabado,
No sé que de extraño y de encantado
En el aislamiento de la inmensa naturaleza,
Así joyas, muebles, metales, dorado,
Se adaptan justo a su rara belleza;
Nada ofuscaba su perfecta claridad,
Y todo semejable le servía de orla.
Hasta que se hubiera dicho alguna vez que ella creía
Que toda la voluntad le amara; ella ahogada
En los besos de raso y lienzo
Su bello cuerpo desnudo, lleno de escalofríos,
Y, lenta o brusca, en todos sus movimientos,
Mostraba la gracia infantil del mono.

IV.  El retrato.

La Enfermedad y la Muerte hacen de las cenizas
De todo el fuego que para nosotros brillara.
De estos grandes ojos tan fervientes y tan tiernos,
De esa boca adonde mi corazón se ahoga,
De estos besos poderosos como el bálsamo,
De estos transportes más vivos que de los rayos,
¿Qué resta a él? ¡Es esto horroroso, oh mi alma!
Nada que un dibujo fuerte pálido, a los tres lápices,
Quién, como yo, muero en la soledad,
Y que el Tiempo, injurioso anciano,
Cada día flotando con su ala ruda...
¡Negro asesino de la Vida y del Arte,
No matarás jamás en mi memoria
Esta que fue mi placer y mi gloria!


Conversación.

¡Vos eres un bello cielo de otoño, claro y rosado!
Más la tristeza en mí sube como el mar,
Y deja, en refluir, sobre mi labio taciturno
El recuerdo acerbo de su limo amargo.
—Tu mano se resbaló en vano sobre mi pecho que se pasmó;
Esto que ella busca, amigo, es un lugar saqueado
Por la garra y el diente feroz de la mujer.
No busques más mi corazón; las bestias lo han comido.
Mi corazón es un palacio marchito por la baraúnda;
Ahí se emborracha, ahí se mata, ahí se prenden los cabellos.
—¡Un perfume nada al derredor de vuestro cabello desnudo!...
¡Oh belleza, duro azote de las almas! ¡Tú lo quieres!
¡Con tus ojos de fuego, brillantes como las fiestas,
Calcina estos despojos que han respetado las bestias!


El espectro.

Como los ángeles con el ojo fiero,
Regresaré a tu alcoba
Y hacia ti escurriré sin ruido
Con las sombras de la noche;
Y te daré, mi morena,
De los besos fríos como la luna
Y de las caricias de serpientes
Que se arrastran alrededor de una fosa.
Cuando venga la mañana lívida
Encontrarás mi lugar vacío,
Adonde hasta la noche hará frío.
Cono de otros por la ternura,
Sobre tu vida y sobre tu juventud,


Soneto de Otoño.

Me dicen, tus ojos, claros como el cristal:
“¿Para ti, bizarro amante, cuál es por consiguiente mi mérito?”
— ¡Sé encantadora y cállate! Mi corazón, que todo irrita,
Excepto el candor del antiguo animal,

¡No quiero mostrarte su secreto infernal,
Balancín de la cual la mano a los largos sueños invita,
Ni a su negra leyenda con la llama escrita,
Aborrezco la pasión y el espíritu me hace mal!

Amémonos dulcemente. El amor en su garita,
Tenebroso, emboscado, tira su arco fatal.
Conozco los ingenios de su viejo arsenal:

¡Crimen, horror y locura! — ¡Oh pálida margarita!
¿Cómo yo no eres tú más qué un sol otoñal,
Oh mi tan blanca, oh mi tan fría Margarita?


Sepultura de poeta maldito.

Si por una noche pesada y sombría
Un buen cristiano, por caridad,
Tras cualquier viejo escombro
Entierra vuestro cuerpo alábale,
En la hora donde las castas estrellas
Firmemente sus ojos pesan,
La araña allí hierra sus telas,
Y la víbora sus pequeños;
Vosotros oiríais todo el otoño
Sobre vuestra cabeza condenada
Los gritos lamentables de los lobos
Y de las brujas famélicas,
Los holgorios de los viejos lascivos
Y de los complots de los negros rateros.