enero 24, 2017

Selección de poemas del libro Vuelo de Rodrigo Arroyo.








¿Qué melancolía es libre del cuerpo que la gesta?

El exilio es un duelo para beber en copas sin fondo, la herida se extiende.
El desamparo del tórax es el precio de andar solo.
mientras mayor sea el tamaño de la sombra en el muro, mayor la soledad.

Nos consolamos con municiones, máquina de guerra,
                                                y sistemas narrativos;
es así, en la parte externa de la vida encontramos la belleza de las armas,
como sonido tibio del tórax cayendo dentro de la muerte.

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Los últimos años de un boxeador transitan entre el dolor de los golpes
recibidos y los golpes que, arrojados, imitaban a los aviones que arrojaban
cuerpos al mar.
En sus últimos años el sabe que debe incomunicarse, sabe que aquello es un
lenguaje muy distinto a todo lo que conoció en el cuadrilátero.
Debe olvidar así que las cuerda que encieran el cuadrilátero se tornan
irregulares al recibir los cuerpos pero guardan en su anomalía el dolor del
cuerpo derribado, guardan también un golpe ausente y presente
dibujado en el aire
una caída por venir.

Nos sentamos en la orilla como un viejo boxeador recordando el extravió,
o aquellos vaivenes que entran y salen de nosotros, como cuerpos en el mar,
Un barco con cuerpos enterrando en altamar es la violación de una metáfora
algo así como rocas encallando en un barco
o la ficción de un golpe en una noche que no acaba
pájaros movidos por el viento aparecen como tatuajes del cielo al momento
de colgar los guantes. Así, no es necesario hablar, Así. el silencio se guarda a si
mismo como gesto de ausencia.
                                  -El humo es una reescritura del silencio-

En los últimos años de un boxeador las caídas son
una alegoría de la derrota que llevas acuestas, persiste, más que nada
por abandono y ficción.
Un día tras salir del maco de su casa, un viejo boxeador olvida avisarnos de
su muerte, se pierde con al hambre de los golpes y el recuerdo.
de sus amigos muertos, mirando la frontera.
Te miro y lo único que hiciste fue dejarlo seguir en la pelea, callabas
y el imaginaba que el silencio le decía aquello que deseaba escuchar
el tiempo que pasó recibiendo golpes lo alejaba más de su cuerpo,
hasta que el rio un día tuvo otros significado dentro de sus aguas.
Su vida fuera del cuadrilátero era una camino cercado de paisajes
que remitían a un centro lleno de grafitis. Recordaba a Mordo Nohum
diciendo: siempre estamos en guerra, y seguía perdido mirando las cuerdas
del cuadrilátero, ondeándose como olas de un mar que chocan
con el puerto que le contiene. Ensuciaba las ventanas para no caer en la red
secreta de una transparencia vulnerada.
Este boxeador exiliado recibe los golpes escondido de las olas
porque entre la pose que debe mantener y la pose que debe derribar
se ha interpuesto lo desconocido,
¡Sabes cuál es la posición de tu voz ahora que no llueve?
Vamos, oxidémonos juntos, caigamos en linea recta hacia la lona
como si fuésemos un viejo boxeador habitado por incógnitas
un peleador que se excede al eludir, al mover los pies.
¿Entiendes ahora que no trata solo de golpes en la cara?
                 Una pelea es algo solitario, es pura ausencia;
un vuelo en cambio no se sino una sumo de transparencias saliendo
de tus ojos, tachaduras a una voz que se calla a si misma por no saber
cuál es su lugar en la memoria.
Vamos, guárdame el aire,
                              sabemos que hay espacio ahí.
Sabemos que solo un viejo boxeador tiene derecho a la violencia,
a decirte adiós sin palabras,
moviendo su guante como testimonio,
como linea invisible guardada en el viento;
el sacrificio estrecha el horizonte, estira la entrega de su muerte.

No llego a la revolución ni a sus recuerdos, no tomó jamás un libro
y las heridas que veíamos a través de la televisión eran en blanco y negro
igual a los arboles que interrumpían el trayecto de las bombas
que iluminaban esas noches.

Odiabas a quien decidía callar por no tener qué decir
¿Y si te mirase nada más, desde el color sucio del silencio?

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Y así, de cuando en cuando vemos dibujos de los muertos
guardando el aire de la última palabra que no sabemos pronunciar.
Quizá no sepa decirte adiós sin perder el vuelo,
quizá seas un golpe que da en el centro de una brisa retirada
o quizá yazgo sobre el cuadrilátero
y soy un texto sobre la lona
un hipertexto sobre una lona invadida por curiosos.

El aire atraviesa la sangre que chorrea el cuadro blanco,
¿cómo elevarme si no soy más que un puñado de letras rojas espaciándose?
¿que aprendí al no mirar las vitrinas?

De cuando en cuando recuerdo los paseos circulares
que dábamos en la ciudad,
perdidos, como escabullendo el golpe que venía directo hacia nosotros.
A tientas buscamos el residuo de tantas lagrimas que arrojamos por ahí
creyendo que todo era un pozo, una noche
sin estrellas al fondo de un agujero.
A ojos cerrados buscábamos el jardín  que escondía la ciudad
los dos envueltos en una guerra silenciosa
de la cual no lográbamos escabullirnos
a pesar de nuestra altura
                         de seguir huyendo sin saber qué hacer.

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Llorarás,
romperás la esquina de mis ojos
cuando descubras el dibujo oculto tras la puerta.
Llorarás cuando la casa que habitamos deje caer sus cimientos,
las nubes entren por debajo de la puerta y la llovizna cubra las habitaciones;
te veré venir desde la cocina trayendo en tus ojos el olvido incierto del adiós,
el paladar húmedo será un pozo de palabras cubriéndose de cierto negro,
de cierto olvido;

tu boca será un archivo cercado por la tristeza,
palabras amordazadas que perderán de a poco sus recuerdos
y serán luego pura imagen
un tiempo al menos, para caer luego fuera de los dominios de tu voz.
Llorarás y no podre esquivar los golpes al oír el recorrido de tus lagrimas
caeré al espejo que toda lona,
todo cuadrilátero mantiene oculto en su interior.
Al otro lado de la lona no hay viento ni llovizna,
una briza de tierra suelta nada mas
un jardín lleno de hojas secas, de los libros que leímos tantas veces,
de los muros que tantas veces cayeron encima de nosotros
tardíamente, como las frutas maduras que nos pasábamos de voz en voz
para ver si en ellas guardábamos algo de la humedad que origino esta vuelo
para ver si en las semillas que arrojábamos al plato quedaba algo por recordar.

Dime una vez que llores si recordaras la mano que guardaba tu olor,
tu sonido; o las palabras que encerrabas para entregármelas
en un temblor interminable
llorarás y no habrá literatura para ellos;
esperaras que la voz sea que no puede ser,

y con lagrimas veras que no habrá mano para recoger tu voz
al momento del caer.

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¿Basta acaso atravesar el rio para hallar un desierto
lleno de huellas, de signos ocultos en la voz?
Al final una vitrina no resiste el vuelo de una piedra,
¿qué paseo podremos dar entonces en una ciudad
donde el viento las arrastra,
un país donde las piedras son el brillo de la modernidad?
La derrota es una herencia que guarda sus secretos en el meado de los muros;

es ahí, en los muros, en el chorreado de un grafiti que vi el dibujo de tus ojos.

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Decir tornadura es pensar en grietas que ignoran el pasar del agua,
verla correr es una oportunidad para que cada fisura sepa de su condición
o aquella lucha entre el hombre y su cuerpo;
el castigo de una grieta es permitirle al rio que su cuerpo
sea cauce y desembocadura
de todas las palabras que no quisiste decirme al momento del adiós.

Decir boxeador cayendo es cobijarnos en cierta anomalía que el paisaje oculta,
en la luz que reside en los materiales propios de la estética:
      fresnos, cactus, ramas torcidas
      que un queltehue ignora
      paginas guardadas  para un reencuentro imaginado.

¿Prefieres grietas o craquelado?
¿o te vas creyendo que la indiferencia la hacen las palabras nada mas?
¿crees en la ausencia de agujeros?

Te meces en una realidad que toda noche guarda e grietas invisibles
lo haces solo porque dije que seriamos puntos perdidos,
porque te recordaría junto a las ruinas.



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